viernes, 28 de diciembre de 2012

La despedida

Podríamos decir que por la línea A continuarán circulando por muy corto tiempo los antiquísimos coches La Brugeoise. Podríamos decir que fueron construidos entre 1912 y 1919 por una empresa belga y que han transportado pasajeros de todas las épocas. Podríamos decir, pero no decimos, porque en estos días el patrimonio histórico ha pasado a convertirse en chatarra, en "los viejos de más de 100 años" o "los que afectan el servicio". 
En estas épocas modernas los antiguos coches tiene que desaparecer, hay que destruirlos, venderlos por un muy buen precio al exterior o condenarlos a un reducto estéril e inmóvil de museo. Pero mientras los funcionarios se regordean desde sus oficinas los trenes aún sobreviven y circulan las vías en un andar persistente. Sublevados continúan atrapando pasajeros. Como le pasó hoy a la redactora de este blog, es decir, yo, que decidí hacer mi último viaje atemporal. Mi única intención era sacar algunas fotos para publicarlas. 




Fui hasta la estación Perú y esperé que llegara alguno de esos antiguos trenes, poco a poco la nostalgia me fue venciendo y comencé a recordar. Todo lo que viví ahí adentro... como cuando las luces se van apagando y prendiendo los recuerdos se me volvían intermitentes. Y me subí rumbo a Plaza de Mayo para después retornar hacia Primera Junta, me subí en uno de los vagones del medio pero recordando los privilegios del primer vagón. Me cambié entonces y me ubiqué frente a la ventanilla. Seguí sacando fotos y el conductor me miró riéndose (sin recordar en ese momento otra entrada de este blog). 
Unas paradas más adelante subió un nene de unos cinco años. Sentía que su asombro era también el mío aunque él lo expresara ante sus padres con un "Guaguuuu mamá mirá el tren que viene ahi. ¡Mirá, mirá!".
Y pensé en inventar alguna historia, algún personaje que deambule por estos coches. Pero me di cuenta de que cualquiera de esos personajes iba a ser yo. Yo con esta angustia de pérdida, con ese duelo persistente y la necesidad de decir que estos trenes que se van son tan míos como tuyos, nuestros. Y así nos van destruyendo de a poco dejándonos sin identidad, vacíos de historia pero tan modernos, relucientes, nuevitos.

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martes, 25 de diciembre de 2012

Petit Colón

"Yo tengo tantos hermanos, que no los puedo contar". Elsa cantaba habitualmente el tema de Atahualpa Yupanqui en cualquier parte de la ciudad de Buenos Aires. Oriunda de Chascomús había venido para quedarse pero con las reminiscencias de un pasado que la perseguía, que la rodeaba y que, a veces, por algunos segundos, lograba desaparecer en alguna vereda, colgado de algún semáforo.

Elsa en realidad no cantaba, relataba, y su voz no llamaba la atención de todos. No era como esos locos que van hablando y todos lo miran, a Elsa la miraban unos pocos. Pero Elsa miraba atentamente. Miraba al que la miraba, miraba al que pedía limosna, a los que se besaban en los bancos de los parques y a los que lloraban. Porque son muchos los que lloran en las calles y pocos los que se animan a apropiarse del dolor para sentir la historia lejana como herida lacerante. Elsa hablaba poco, casi nada.

Juan José estaba sentado frente a un local, era apenas visible en medio de la nube de humo que producía su cigarrillo rubio. Nube que no opacaba los zapatos negros de charol ni el traje que parecía recién estrenado. Quizás fue la actitud de Juan José la que hizo que Elsa examinara con minuciosidad el local. Ventanas de madera, vidrios pintados de blanco y obreros yendo y viniendo. En esa mirada detallada que pareció de unos pocos segundos habían transcurrido cinco cigarrillos. Elsa quería preguntar pero no se animaba y Juan José con la mirada apenas la pudo notar. 

Juan José era una figura inerte en medio del paisaje. Cigarrillo, banco de cemento, zapatos. Elsa siguió mirando el local hasta que el ir y venir de la gente fue disminuyendo y los colores se fueron volviendo opacos hasta extinguirse. Adentro del local, en la más absoluta oscuridad, Juan José todo iluminado pedía un café.

"Los hombres son dioses muertos,
de un tiempo ya derrumbao,
ni sus sueños se salvaron
sólo la sombra ha quedado."

Guitarra, Dímelo tú - Atahualpa Yupanqui





domingo, 16 de diciembre de 2012

Injusticias

Se quedan sin palabras. Deambulan bajo las sombras. Marita Verón. Quizás pasen a nuestro lado bajo la vigilancia del matón de turno. Marita Verón. A cada paso uno de los tantos locales. Marita Verón. Los que extienden la mano y los que agarran el papel. Marita Verón. Las que lloran. Marita Verón. Sufren. Marita Verón. La inoperancia gubernamental. Marita Verón. La inoperancia judicial. Marita Verón. Connivencias. Marita Verón. Pactos. En esta infinitud de silencios la ciudad te invoca. En cada mujer. En cada lucha. 

JUSTICIA



miércoles, 5 de diciembre de 2012

Dialogando con Roberto Arlt - Todas las calles


Un calor agobiante, ya lo sabemos. El pronóstico de la tele lo informa, el vecino nos lo dice: “Pucha qué calor, no se va más. Pero lo que mata es la humedad”; nosotros lo sentimos; en la radio anuncian 38 grados centígrados; el pronóstico lo vuelve a informar; otro vecino nos anuncia que “la ola de calor llegó para quedarse”; un transeúnte hablando por celular advierte que mejor andar con ropa cómoda y fresca. Lo sabemos y caminamos apresuradamente por la calle Florida. Sí, la misma Roberto:


“Hay mujeres que van todos los días a Florida. Digo todos los días, porque cada tres meses paso por allí y me encuentro a las mismas paseantes, con los mismos vestidos, la misma mirada, el mismo cansancio, igual paso, semejante rumbo. Grupos de tres, de cuatro, que al que va por primera vez le da la impresión de ser provincianas que están estudiando arquitectura y que para el que las ve todos los días, le dejan en el entendimiento una pregunta flotante: ¿Qué diablos vienen a buscar todos los días estas mocitas a la calle? Porque se explica un día, dos ¿pero todos los días: invierno, verano, otoño? Se necesita paciencia y plata, sobre todo plata, para atender al desgaste de material rodante quiero decir, de zapatos y medias.”

Roberto Arlt, Aguafuertes porteñas: Buenos Aires, vida cotidiana


Te  digo Roberto que ahora me resulta más difícil distinguir precisamente quiénes están en medio del tumulto que avanza a paso rápido. Intento buscar a las mujeres pero se me cruza un grupo de turistas, intento aminorar la marcha pero un hombre me golpea con un portafolios. Tengo que doblar por Avenida Corrientes, ¿cómo hago? Extiendo mi mano derecha y me siento automóvil sin luz de giro. Casi me llevo puesta a una mujer ¿será una de esas?

Roberto, está difícil detenerse en las vidrieras de Florida, ni mujeres ni hombres se animan a tamaña ventura. Corrés el riesgo de que te puteen con mil insultos diferentes que pueden incluir alusiones a la detención del paso, al impedimento de una marcha constante que reduce a dos minutos la llega tarde al trabajo o quizás a un tropezón por culpa de un movimiento no calculado.

Además, Roberto, muchos se quedaron sin la confitería Richmond, vos imagináte cuánta alma en pena de tu época anda deambulando por Florida. Los vivos, los muertos.




domingo, 25 de noviembre de 2012

Memorias

Alubias. El único nombre que se le cruzaba por la mente. Las imágenes en la pantalla le resultaban insuficientes para llenar ese vacío con plenitud lingüística.

Ahí estaba la que se autodenominaba su amiga mostrándole su muro en Facebook, mostrándole sus tweets. "Tuit" eso le sonaba a bebida o ruido de campo. "Tuit" iba rebotando en su cabeza con las frases que aparecían. La amiga se las leía con una entonación muy particular, como si recuperara el instante, el segundo, los minutos, en que fueron escritas: "No está muerto quien pelea, #FuerzaPedro, siempre en nuestros corazones". "Hoy me levanté con sueño pero me recibe este amanecer increíble". "Calor en Buenos Aires quiero mi pelopincho YAAAA". Ella la escuchaba pacientemente, trataba de recuperar algo de todo eso que ya no estaba ni que tenía ganas de que vuelva. Esa absoluta quietud la sumergía en un estado de paz absoluta que no se veía alterado ni en lo más mínimo por las insistentes intervenciones de la amiga.

Fotos y más fotos. Un asado con mucha gente alrededor. Muchas fiestas. Un perro lindo, muy lindo, que a medida que pasaban las fotos parecía que iba corriendo en la pantalla. Una mujer rubia de pelo largo que saludaba y estaba siempre contenta. Carteles de Feliz Navidad, Mi mejor amiga, Feliz Año Nuevo.  Algunos videos, música que le gustaba, música que le parecía horrible. La voz de una mujer que le daba muchas ganas de llorar y un título: De cara a la pared - Lhasa de Sela. Debe ser la melodía le dijo la amiga. Pero para ella venía de más adentro, acuático, entre frutillas como alubias. 

Una de las fotos quedó como tildada, no le llamó la atención, al contrario, la aburría.




De la Feria de Mataderos la foto. Poco importaba, seguía ahí y se iba a quedar unos cuantos minutos más hasta que la amiga reiniciara la máquina. La canción. Ahora la tarareaba mientras la amiga le preguntaba por la foto, insistía con que una señal del destino la había dejado ahí: ¿No te suena? Mirá además eso de color, que rico che, ¿no sería que ese día te querías comer todo eso dulce? Nada. 

La amiga se sentaría esa noche para escribir un nuevo tweet: "Otro día sin éxito. Te extraño amiga del alma. ¿Por dónde andarás?". Ella se quedaría dormida mirando televisión.

domingo, 18 de noviembre de 2012

La paz

Endemoniado. La ira no se desató completamente en la clase de boxeo. Ni bien llegué comencé por destruir uno a uno los sillones. Desgarré los almohadones y el living se fue cubriendo de goma espuma. No estaba satisfecho así que salí afuera y atravesé el jardín destruyendo cada una de las flores, la mayor cantidad posible. Cuando llegué al cuartito del fondo la busqué desesperadamente. Tornillos, martillos, destornilladores. Nada. Finalmente el filo brilló entre la mugre así que la agarré y salí.

El ruido de la madera destruyéndose generó cierta inquietud de los vecinos que insistieron varias veces con el timbre. Insuficiente. Tenía que dejar la madera hecha aserrín, tenía que destruirla por completo. Comencé a sentir el sabor del sudor persistente, salía de mi cabeza como un manantial incontenible. El sabor se fue transformando en dulzor y comencé a percibir como los ojos se me teñían. 

Me dirigí hacia la heladera y empecé a tirar la acelga para la noche, los yoghurts, la mayonesa, la carne podrida. Arranqué el cable y me dispuse a llevarla hasta el jardín. Con mucho esfuerzo logré pasarla por la puerta y una vez que encontré la ubicación perfecta la tiré y empecé a saltar arriba. A todo esto empecé a escuchar ruidos raros afuera, golpes en la puerta, alguna sirena, no sé. Lo importante es que había llegado el momento de arrancar uno a uno los estantes, de romper la puerta. Estaba muy entusiasmado con mi tarea cuando apareció un pibe con un celular, dos policías y las dos viejas de al lado gritando como locas, balbuceando palabras ininteligibles. Ahí estaba yo, como siempre, en la más absoluta quietud.




domingo, 11 de noviembre de 2012

La ronda

Te lo voy a decir, sí. Ese día algo cambió en mi vida cuando vos y Mary me llevaban en brazos, cuando bailábamos en el centro de la ronda mientras sonaba la música. Mamá linda pensé, estabas más linda que nunca porque estabas feliz, ese era el día que tanto habías esperado, habíamos preparado el gorro y la remera que te ibas a poner ¿te acordás?

Algunos recuerdos ya están medios difusos ¿sabés? Tengo como alguna que otra imagen que se me aparece y la junto con otra cosa, termino sin saber de dónde salió, qué es exactamente eso que recuerdo. Pero sí el color, los colores, muchos colores. La gente feliz, divirtiéndose, posando, bailando. Nosotras, las tres, ahí en el medio. ¿Ves? Es esa la imagen que me vuelve continuamente, la de la ronda, la de nosotras en el centro, la de alguien sacando fotos quizás. Y hoy, quince años después, vos estás jodida y Mary como siempre cuidándote, pero yo quería volver acá, volver así para mostrarte cómo está todo ahora. Mirá mamá, mirá, yo te quería decir lo que sentí ese día, cómo nacíamos las tres.




domingo, 4 de noviembre de 2012

Sábado

Las lucecitas de los puestos de Liniers que están al lado de las vías se vuelven apenas visibles con el humo de los parrillas. Entre ascensos y descensos de colectivo dos amigos toman cerveza en la barra. Una joven se saca los auriculares y mueve uno de sus pies al ritmo de la música de la rockola: 

Y esto es cumbia callejera
y se baila
¡con los parlante en la vereda!

¡De la calle!
¡De la calle!

Toma este Rajatán, que traigo ese chack que hace falta,
Quítate la cara de santa,
Toma este Rajatán, que tengo lo tuyo en la ronda...
Dale terminamo en mi casa.


Del otro lado de la General Paz, al lado del bingo, un bar. Una mujer está parada justo al lado de la parrilla y un hombre se le acerca. Hablan. Él extiende la mano para acariciarla. Ella se resiste. Se pierden en las calles laterales. 

Desde un un auto viejo, prácticamente destartalado, suena un tema de Creedence. El auto desaparece en medio de un grupo de jóvenes que bailan con cerveza en mano.

De acá. Ella vuelve semidormida en un colectivo. Alguien espera durante media hora el tren que nunca va a llegar. Él siente que le acaban de robar el celular. Ella llora una muerte. El tren que no viene. De allá. La música que no cesa en un ir y venir frenético. Los cuerpos. El sudor que no interrumpe a las bocas. Los que olvidan. Cantan. 

Que ninguna lucecita
que ningún tema
que ningún choripan
impida
la transición 
de los que ya no ven
ni lloran
continuamente
buscándose



jueves, 18 de octubre de 2012

Alucinaciones



“Yo me marcho
Tú te quedas:
Dos otoños.”
Haiku de Buson


Foto de Carolina Sosa


Le costaba respirar en el más explícito de los sentidos. Un cuello ortopédico le dividía el cuerpo en dos, parte superior y parte inferior. La falta de movimientos laterales de cabeza predisponía el movimiento de las extremidades.
Hilda salía con la bolsita de análisis del hospital y todo le parecía lejano. Se había distanciado del mundo mucho tiempo antes cuando decidió chocar contra el paredón. Había elegido durante meses el que más le gustaba. Graffitis por todos lados y una ramita con hojas que había logrado nacer en un resquicio de cemento. Amarillos, rojos y verdes, sus colores favoritos.
La salida de Hilda se vio interrumpida por la presencia de dos personas. La avenida Córdoba desprendía toda una serie de contrapuntos sonoros y la corriente continua de transeúntes los incrementaba aún más. Hilda había dejado de escuchar hace tiempo así que todo ese caos era un bálsamo para su existencia, aletargaba sus sensaciones y las redimensionaba. Las dos personas que se interponían en su camino imprimieron en Hilda las sensaciones adormecidas por el ambiente exterior.

—¿Qué carajo te pasó ahora? — Le preguntó a los gritos una joven.
—Dejála tranquila, no la atosigues, esperá— Interrumpió un hombre mayor de traje que tenía un cigarrillo en la mano.

Hilda comenzó a llorar. El hombre le ofreció un cigarrillo e inmediatamente Hilda comenzó a fumar. La cadencia de su mano iba desde las lágrimas de su cara hasta las pitadas del cigarrillo. Las cenizas se iban acumulando y el viento las adhería a su cara humedecida. Hilda lloraba y comenzó a balbucear una serie de palabras inentendibles.

—¿Qué que carajo te pasó ahora? ¿Me podés decir? Me hiciste salir otra vez antes del laburo. ¿Vos querés que me echen a mí? ¿Y quién te va a pagar la pocilga esa en que vivís? ¿Decíme a ver? ¿Vos vas a salir a trabajar? ¿eh? ¿eh? — Gritaba con cada vez más ímpetu la joven.

El hombre posó una de sus manos en la espalda de Hilda y la acarició. Trataba de consolarla sin saber muy bien qué era lo que estaba pasando en ese preciso instante. Hilda fumaba y el color de las cenizas le recordó una imagen que se le presentó segundos después de haber chocado. Esa misma imagen contrastaba con los colores de ropa de los transeúntes y le daba a Hilda una alegría desbordante que le hacía llorar aún más y fumar casi frenéticamente.

***

Se podría decir que era un día lluvioso, que pasábamos por avenida Córdoba con el colectivo 132. Dos jóvenes escuchaban música y otra pasajera les reclamaba que bajen el volumen. Un hombre mayor cantaba en voz baja y comentaba qué era lo que iba pasando en el colectivo, quién subió, quién bajaba. Afuera una escena nos cautivó a casi todos, una mujer joven y dos personas mayores, hombre y mujer, fumando. La mujer tenía un cuello ortopédico y lloraba. El colectivo se demoró más de lo habitual y pudimos percibir esta escena con mayor detenimiento. Una escena más de las tantas que se dimensionan por la ventanilla del colectivo.
Para el pasajero cantante la mujer acaba de recibir un diagnóstico fatal en el hospital.
Para los jóvenes que escuchaban música había que bajarse en la próxima parada.
La pasajera que les había reclamado que desciendan el volumen dormía.
Para mí Hilda.

jueves, 11 de octubre de 2012

Baila en tus manos





Subo al colectivo y me voy al fondo, elijo uno de los pocos asientos disponibles en la fila de cinco, quedo ubicada en el medio. Saco de mi mochila mi nuevo libro, Uruguayita. Las tapas de cartón llaman la atención de los pasajeros. 

Al lado mío la veo a ella. Siempre me llamó la atención esa mirada perdida, unos movimientos corporales delicados y mecánicos al mismo tiempo, la vestimenta, pareciera estar al borde de la locura. Esta vez me mira leyendo, siento su mirada lateral. Lleva una flor en la mano, una flor blanca, parece una flor silvestre. Las frenadas abruptas y los giros no alteran la posición de la flor. Erguida. La flor, la mujer y el libro conforman el escenario de un nuevo pasaje de la ciudad al conurbano bonaerense. Logro darme cuenta que tengo que bajarme, reconozco mi barrio pero me descubro sin la flor, sin el poema:


 Sombras 

No vivo de la poesía.
Quiero decir: no escribo por dinero
Por publicar versos.

Sólo escribo palabras
a la mujer de sombras
que en la noche
danza sobre las nubes de la luna. 


***

El poema pertenencen al libro "Uruguayita" de Manuel Podestá editado por Eloísa Cartonera: http://www.eloisacartonera.com.ar/home.html

viernes, 5 de octubre de 2012

Luminarias



I

El colectivo lleno por inconvenientes en el tren Sarmiento. Pasajeros que entran por la puerta trasera, golpes, quejas. Las ventanillas se abren. Embarazadas y nenes que suben. Pasajeros que se levantan. Quejas. Él permanece quieto. La mirada pareciera dirigirse hacia los asientos de atrás. No. El niño ojos de noche no mira. ¿A dónde van las penas?

II


Un sonido más de subte se añade a la banda sonora completa de frenadas, chillidos, charlas, auriculares. Una joven toca el violín mientras los pasajeros van y vienen. Van y vienen. Van. Van. Vienen. Línea A para la derecha, combinación con línea D para la izquierda. ¿No tiene una monedita? Alguien mira hacia arriba, descubre a la violinista. Ríen. La pequeña cabecita va girando. Mamá apresura la marcha y la tira del brazo. La violinista y la niña. Ríen. Se pierden en el túnel. Ellas. El sonido que persiste. 

III

Están acostados en los bancos al lado de las rejas del zoológico. Duermen. Los ojos apenas se abren. El bullicio insoportable. Están ahí. Los turistas corren para mirar entre las rejas. Se levantan. Deambulan por Palermo. Caminan con dificultad. Se escapan de las miradas que marcan la rutina de sus vidas. Llegan al refugio de la casa abandonada. ¿Qué comemos hoy?



miércoles, 26 de septiembre de 2012

La vida

Ni bien se subieron al colectivo comenzaron a escuchar la elevada voz del pasajero del primer asiento. A su lado una mujer permanecía inmóvil, siempre mirando para adelante. Detrás de ellos, por el contrario, una familiaridad espontánea esbozaba conclusiones acerca de la situación que se les ofrecía ese sábado por la noche.

Flavia, ¿esto no da para más? decímelo decímelo, pero decímelo de una vez. ¿Me escuchás? ¡Te estoy hablando! Decíme, decímelo. Qué manera de apretar vos y yo eh... No te podés quejar te di todo, todo, todo este cuerpito ardiente.

Los pasajeros empiezan a reírse. Comienzan a mirarse unos con otros, comentan. El pasajero no parece percibir el murmullo de voces a su alrededor.

—¿Será verdad que habla con la mina?
Para mí que está loco el tipo...
Fijáte el celular, ¿no estará apagado?

Flaviaaaaaaa, ¿me oís? ¿Flavia? ¡Ahhhhhhhhh estás con tu macho? ¿estás ahí con tu macho no? ¿Para qué te llamo entonces? ¿Por qué me contestás?

—Que le corte de una vez Flavia por favor.
—Debe ser re fea esa mina.

Suena el celular y los pasajeros redoblan el murmullo.

—A que la atiende, siiiii.
—¿Para qué lo llamó?

Flavia, ¿qué querés? ya fue, ya fue, dejálo así. Ya está. Mirá, vos quedáte con tu macho, que él te lleve a pasear, que él te compre cosas, que él haga todo ahora a mí, a mí ¡¡¡¡DEJÁME DE ROMPER LAS PELOTASSSS!!!!

El colectivero marca un boleto de 1,10 y aprovecha para mirar al pasajero. La pasajera de al lado sigue inmóvil mientras a su alrededor nadie puede contener la tentación. A medida que fueron subiendo y bajando adquirieron su propia parte de la historia. Algunos se resistían a bajarse antes de ver si Flavia volvía a llamar. 

Otro colectivo comenzaba a balancearse al ritmo de los cánticos y saltos de la hinchada de Independiente. La unidad avanzaba en un de microclima acústico que apenas permitía un intercambio entre pasajeros. Algunos, indignados, pedían mayor responsabilidad del chofer que podría haber impedido el ingreso. Otros se apretaban los auriculares tratando de escuchar sus canciones favoritas. En medio de la hinchada y con una botella rellena de vino en mano una chica atiende su celular.


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miércoles, 12 de septiembre de 2012

Raíz


Cerca del escenario nos disponíamos a escuchar otro de los grupos que tocaban ese día.
Unos pocos puestos. Pocas personas. Llovizna. No era una jornada prototípica de la Feria de Mataderos. Resistíamos a la adversidad climática.

Poco a poco se iba yendo gente a nuestro alrededor y nosotros también sentíamos que las condiciones no estaban dadas para permanecer. Nosotros, los que sentíamos, empezamos a escuchar una melodía atrapante. Y ese sentimiento de abandono progresivamente se fue transformando en otro que nos atrapaba, que nos dejaba ahí inmóviles, ensimismados con el canto.

Pero para María no hay madrugadas

Creímos escuchar que alguien se nos acercaba para preguntarnos quién era esa chica.

pero para María no hay mediodía,

La lluvia comenzó a volverse intensa pero apenas la divisábamos, no nos molestaba, por el contrario, estaba a tono con ese clima tan particular que se abría ante nosotros. Transforma. Crea. Revive.

pero para María ninguna luna,
alza su copa roja sobre las aguas...

El bombo leguero que se hace piedra, árbol, roce de zapatilla sobre asfalto quebrado por el pasto que brota. Vaivén de cuerpos. Guitarra que anuncia voces de un pasado lejano latente. La voz que pena, grito, río.  

María no tiene tiempo
de alzar los ojos
María de alzar los ojos
rotos de sueño
María rotos de sueño  
de andar sufriendo,
María de andar sufriendo
sólo trabaja
María sólo trabaja, sólo trabaja, sólo trabaja
María sólo trabaja
y su trabajo es ajeno

En el mismo lugar donde alguna vez anduvo don Atahualpa Yupanqui se alzan nuevas voces. Ayer, como hoy, nos reunimos para disfrutar de la música alejándonos un poco de la ciudad. Desde adentro nos vamos hacia afuera y somos vuelo rasante sobre los campos.

La vuelta al hogar nos pide colectivo. Nos vamos agradecidos por esa voz que aún resuena y nos mantiene alejados, sin saber bien dónde. Se llama Melisa Lamione. Para nosotros persistencia, vibración, latencia.


La madrugada estalla como una estatua
Como estatua de alas que se dispersan por la ciudad




miércoles, 29 de agosto de 2012

Las lluvias

  


El clima perseveraba en humedad. Ni bien salió pensó que sus planes se verían afectados por un fuerte temporal que mantenía a la gente refugiada. Pensó en la otra ciudad, la de sol, las tardes de verano, esa ciudad que era considerada como ideal para la caminata. Esta, en cambio, era prácticamente invisible. ¿Qué hago? Se preguntó. La respuesta planteaba otra pregunta acerca de los paisajes que se podían transitar y aquellos que requerían un alejamiento repentino en el medio de transporte público más cercano: colectivo o subte. 
Las imágenes se alternaban en una especie de montaje paralelo: la 9 de Julio transparente, la 9 de Julio llena de charcos, los semáforos apenas visibles, el auto pasando en rojo con un color brillante y límpido.
Uno, dos, tres pasos y ya estaba en medio del diluvio. A medida que avanzaba observaba todo en detalle y reafirmaba la idea de que ese era el día para el encuentro. Las botas de lluvia comenzaron a inundarse y el pantalón se le fue adhiriendo. El agua se escurría por su cuerpo y ella intentaba en vano impedir la corriente con el paraguas. A su lado la gente iba hacia las vidrieras o esperaba cualquier colectivo, el primero que llegara. Estar a salvo. Ella no pensaba en refugiarse, primaba la necesidad de llegar. Hacer suyo al paisaje, fundirse en él.
Llegó. La bibliotecaria la recibió con una familiaridad maternal y antes de posibilitar el primer encuentro le preguntó quién era Alejandra Pizarnik. La pregunta se amplificaba en la lejana visualización de la biblioteca. Su intención era efectivamente intentar crear nuevos interrogantes a partir de esa pregunta, buscar en las lecturas a una Pizarnik hasta ahora desconocida que avanzaría con lápices y marcadores. Cada obra una nueva obra, cada línea, cada color. Lo que no esperaba era esa interpelación, un señalamiento directo a sí misma:

Afuera es de noche y llueve tanto,
(…)
hoy tu palabra es como un manto,


Pensó: "Alejandra nombrándome. Yo sintiéndome tan cerca de ella. Vivificadas."

Decidió abrir un nuevo ejemplar de Octavio Paz. A medida que avanzaba en la lectura descubrió algo que luchaba por salir a fuerza de nueva tinta. Releyó únicamente los subrayados, notó que había ciertas palabras que desaparecían creando la significación del espacio en blanco. Nuevos poemas Alejandra reescribe:




En esta metamorfosis constante de escrituras, su propia historia. Una joven que lee en una biblioteca se encuentra con Alejandra Pizarnik, los colores de un nuevo día se filtran por la ventana. 
¿Afuera llovizna? El pantalón está casi seco. 
Tenía que atravesar el temporal, tenía que redescubrir una Buenos Aires ahogada. Y pasar a través de una última cita porque ya era hora de emprender el regreso:

llévame al otro lado de esta noche,
adonde yo soy tú somos nosotros,
al reino de los pronombres enlazados

***


*Aclaración: Las biblioteca personal de Alejandra Pizarnik se encuentra en la BibliotecaNacional de Maestros. Las obras mencionadas en este post son: Tangos (letras de tangos compiladas por Idea Vilariño) y Libertad bajo palabra: obra poética : 1935-1958 de Octavio Paz.


jueves, 16 de agosto de 2012

Dialogando con Arlt - Bares

Roberto anduvo por los bares porteños:
                      
"Los cafés están repletos de gente que hace filosofía al margen de una tacita de achicoria. Los mozos parecen conocer a todo el mundo, porque veo que la gente se levanta de las mesas sin pagar y, en vez de ocurrir una tragedia como ocurría en esta ciudad de filisteos, el mozo exclama:
    ¡Hasta luego, don Joaquín, o hasta luego don Noy!
Y eso es todo."

Roberto Arlt "Cafés y vigilantes"


Si vos supieras Roberto, cada vez se complica más irse sin pagar. Actualmente invade la ciudad ¿una cafetería? No sabría bien cómo decirle porque fomenta que vos te lleves tu café y sigas caminando. Y primero se paga, antes de consumir hay que pagar. Si supieras lo desabrido que es el café, pero no te digo únicamente por el gusto en sí, sino porque no se comparte y se crea una falsa ilusión de familiaridad que consiste en que te llamen por tu nombre. Ojo, como te decía, siempre tenés que pagar primero y después te piden el nombre y lo anotan en el vaso de café. Sí, vaso, nada de taza, unos vasos térmicos, de tergopol, que lucen el logo del local. Y bueno, mientras se evita la tragedia de no pagar se van generando otras tragedias mayores como la desaparición de una antigua confitería, L´Aiglon.

Pero no te preocupes Roberto que nos quedan algunos cafés donde el mozo conoce a los clientes. Una vez en me tocó presenciar una de estas situaciones que relativizan al espacio como puramente comercial. Estaba en el bar Los Galgos y veo que alguien se aproxima al mostrador, elige una medialuna y se la lleva a la mesa. Poco tiempo después me entero que se trata de "Miguelito" el sastre que trabaja en la galería de en frente y que elige personalmente sus medialunas. Miguelito va a Los Galgos desde hace muchos años, tantos que se familiarizó con el lugar, con el dueño del bar y con el mozo del turno mañana. Este bar es la casa de Miguelito, es el anexo de su living, es la respiración que lo hace levantarse todas las mañanas de lunes a viernes a las seis de la mañana.




Afuera del bar también hay unas mesas donde los barrenderos descansan unos minutos y reciben algo para tomar mitigando el clima agobiante o resistiendo al frío. Y todos ellos están ahí, en la esquina de Callao y Lavalle. Están como estuvieron tantas personalidades célebres como Enrique Santos Discépolo o Enrique Cadícamo. Está el barrendero, el sastre, el estudiante, el turista, el escritor, la dama desconocida, el transeúnte sediento, el curioso. Estamos. 

Lo que para vos era habitual Roberto se transformó en excepcional, pero esta excepcionalidad añeja es una forma de resistencia. Un pasado que resiste, como Miguelito, a los embates de lo moderno. 






miércoles, 8 de agosto de 2012

Sanca

No nos falte el pan y el trabajo de cada día


Podría decirse que lo que al santo se le pide, el santo lo cumple. Y al santo se le pide trabajo y el santo da trabajo. No son pocos los escépticos que se abandonan por unos instantes a la súplica -que no necesariamente requiere de la tradicional oración- y le piden un laburito, una changuita, algo, trabajar para darle de comer a los chicos, un futuro mejor, salir adelante.

La iglesia que lo alberga está ubicada justo en el límite entre provincia y Capital, esa zona intermedia e indefinida, de transición. La mayoría de sus adeptos está del otro lado, en el Conurbano bonaerenese. Al menos eso creía hasta que lo vi al propio santo viajando desde Caballito hasta Liniers. Estaba envuelto en una bolsa plástica blanca a punto de tomar el tren Sarmiento. Porque si la gente no va al santo, el santo va a la gente. 

Cuando el santo bajó en la estación Liniers ingresó un aluvión de gente con espigas atadas con estampitas. Cuando arrancó el tren pude divisar la calle de la iglesia repleta de gente.

Y el tren, también lugar de transición entre provincia y ciudad guarda en su memoria un accidente que se llevó a muchos trabajadores. El santo tampoco olvida.




lunes, 30 de julio de 2012

Famosos

"Y el quisiera, ¿no es cierto?, de tanto en tanto,
que algo fuese posible."
Fragmento de "Glosa" de Juan José Saer



Los sueños sueños son, pero a algunos se le cumplen. Mi sueño, por ejemplo, siempre fue bailar en el Colón pero no se me dio, como no se me dieron otros tantos y acá me ves tomando mate en mi barrio, Lugano. ¿Que qué hago? Chusmeo a los vecinos, casi todo el día mirando la vereda y ahí te vas enterando de todo lo que pasa, de los problemas familiares, los amoríos. Pero algo se me escapó, algo importante y me enteré gracias a Doña Pirucha.


Yo estaba comprando en la verdulería lo de siempre, la ensaladita para el churrasco, algo de papas para el puré, unas frutas de postre y ahí me entero por primera vez del rumor de la tele. Nosotros no somos un barrio de gente famosa, en cambio el barrio de provincia de mi cuñada, Ramos Mejía, tiene a Badía, María Elena Walsh y Araceli González. Incluso parece que la veían a Araceli con Suar, en la época en que estaban juntos claro. Nosotros nada, con suerte alguno que canta pero que nunca llega a una final. Pero esta vez llegamos a la pantalla grande. Como te decía la Pirucha me dijo que el viernes vea el programa de Tinelli, me lo dijo como si yo si no lo mirara, como si no fuera fanática, como si no mandara los mensajitos de texto. Pero lo de los mensajes me trajo problemas porque Pepe dejó de hablarme y casi me saca el celular, vinieron como trescientos pesos para pagar y como te imaginarás para nosotros -yo diría que para cualquiera- es mucha plata. 


Tomá un mate y acercáte ¿ves ahí? Mirá, prestá atención, el albañil de en frente se la pasa paveando, no trabaja. Pero cuando viene mi vecino no sabés, es una luz, de acá para allá, hace de todo, muy rápido. Y eso que yo me la paso mirándolo, no se siente controlado ni nada. Pero bueno, te decía ¿la Pirucha no? Sí, pero antes agarrá una facturita, son riquísimas, mirá las medialunas con almíbar, una delicia total. ¿Vos? ¿De qué barrio sos?


Bueno, yo lo miro siempre a Marcelo, me encanta su programa y como bailan todos, la bioesfera es hasta ahora mi ritmo favorito. Pero el día que me dijo Pirucha pasó algo especial, yo la vi -y calculo que la Pirucha también- a ella, nuestra vecina. Me di cuenta cuando Marcelo se le acercó, ella tenía un perrito, un cachorro de no sé que raza, creo que salchicha. Y ella tan simpática, le daba besitos al perro y pensar que a mí me ve en la vereda y ni me saluda, de chiquita siempre saludaba pero después se volvió una maleducada... 


Y al otro día me levanto temprano, voy para la farmacia a comprar los remedios del mes y me la encuentro a ella, ahí me agarraron unas ganas de saludarla para felicitarla, imagináte, no es cosa de todos los días. Y entonces me le acerco para saludarla y ella me da un beso, agarra y me dice: "¿Cómo anda Doña Pirucha?". Y ahí me agarró una indignación que ni te cuento, di media vuelta y me fui. 



miércoles, 18 de julio de 2012

A quien no se nombra

Alejandra: 
"Hay que salvar al viento"
Alejandra
Las palabras queman en el viento
hay que salvarlas


Fugitiva de la palabra. Conocedora de los recovecos del lenguaje que oculta. Iluminadora pronominal. Desarticula. Rompe. Crea.

En las fotos se te ve tan Alejandra. Jugando entre figuras de papel. En la libreta universitaria.    Frente a la máquina de escribir. Y todo lo que queremos saber de vos se resiste.

"Pero el silencio es cierto. Por eso escribo. Estoy sola y escribo. No,
no estoy sola. Hay alguien aquí que tiembla." (1)


Tu poesía es percepción, nos atraviesa el cuerpo hiriéndolo y enfrentándolo a la opacidad de un mundo repulsivo. Desvela. Atormenta.

"Te alejas de los nombres
que hilan el silencio de las cosas" (2)

Dicen que los poetas sobreviven. "Su" poesía. Biografía. Te fuiste sin ánimo de perdurar, dejando un otro yo poético que no te nombra. Estás preservada, vos sos olvido y resistencia a una memoria que pretende actualizarte. Que te dejen Alejandra. Nunca nadie te entendió. Aunque pretendamos encontrarte:

"explicar con palabras de este mundo
que partió de mí un barco llevándome" (3)

"Este canto arrepentido,
vigía detrás de mis poemas,
este canto me desmiente,
me amordaza" (4)
"Silencio
yo me uno al silencio
yo me he unido al silencio
y me dejo hacer
me dejo beber
me dejo decir" (5)


***


Las fotos corresponden a la Exposición Homenaje a Alejandra Pizarnik "El deseo y la palabra" que se llevó a cabo en el Museo de arte español Enrique Larreta. Ver álbum de fotos completo en: 


Las citas corresponden a la edición "Alejandra Pizarnik Poesía completa" a cargo de Ana Becciu, Editorial Lumen:

1. Extracción de la piedra de la locura
2 , 3 y 4. Árbol de Diana
5. Otros poemas

lunes, 9 de julio de 2012

Terapia

De los múltiples cables no hay uno solo que te una a mí. Trato de desistir de mi inmovilidad inicial, trato de desdoblar mi cuerpo de la escena. Al lado tuyo a la señora la abrazan y le dicen que se despierte, que vuelva, que la están esperando. 

En la sala de espera me ataca una señora, me comenta que la que estaba recién sentada al lado nuestro bailaba el twist: "Ella y el novio, no sabés cómo bailaban, una maravilla. Después se casó con otro, no con ese. Y enviudó muy joven pero ya estaba separada eh, antes de enviudar. Y mi hija, un desastre, diecisiete años de su vida desperdiciados, él muy celoso, hijo de italianos, le metió los cuernos y estuvo tres años con la división de bienes. Ella tenía una finca a nombre de ella y todo pero él se la vendió y se quedó con toda la plata. Pero yo que soy muy frontal, soy de no callarme nada ¿viste? Yo lo agarré y le dije a él en la cara, que cómo había hecho todo eso. ¿Y cómo se llamaba el otro? El que estuvo casado con la que después se hizo homosexual. Lugano del lado de Capital, yo la acompañé a Lily varias veces".

La que bailaba el twist le pide que entre, que la madre la quiere ver.

Una familia charla en voz alta.

—Pero mi mamá tuvo uno negro, Labrador no, Caniche, no Labrador.
—El mío es color azabache, se la pasaba haciendo lío, todo el tiempo ladrando, no lo podíamos calmar. 
—El mío no se calmó, a los diez años despareció pero él era Labrador, no de los petisos gordos. Tres veces lo encontramos, la última ya no.

La que hablaba conmigo sale diciendo que no la había reconocido, que recorrió la sala mirando los pacientes hasta que escuchó que le decían "Vení, acá estoy Valentinaaaa". La que hablaba conmigo, Valentina, le habla sin parar al marido, le explica que estaba más rubia, que por eso la reconoció. El marido permanece callado. Valentina se levanta para hablar con otra parienta, el marido le pide que se quede ahí. 


La ciudad se me escapa, la atravieso a las corridas pensando en las escenas hospitalarias. Estoy cansada, tengo sueño y respiro. Pienso en el pecho que se te infla, en la mecanicidad de los movimientos. Respiro. 


  

sábado, 23 de junio de 2012

Con vos


Juli tiene doce años y todas las mañanas ingresa corriendo a la estación Uruguay de la línea B de subterráneos. El ingreso consiste en mamá Thema pasando por los molinetes y Juli ingresando por la puerta del costado. Juli nunca le confesó a Thema que le gustaría entrar como los otros chicos por los molinetes, se limita a seguir la rutina con rapidez para que no se de cuenta el guarda. Después bajan corriendo las escaleras e ingresan a las apuradas en el subte con miedo de que las puertas se cierren ante la inminencia de la señal sonora. Juli tiene miedo de entrar y que Thema se quede del otro lado, no quiere viajar sola pese a que le advirtieron que a partir del próximo año ya no la acompañarán más. “Estás en un periodo de adaptación” le dijo un día la abuela Elsi pero para ella la adaptación significaba una eterna y dolorosa despedida de mamá, de las charlas en el vagón. ¿Cómo iba a bajar entre tanta gente? ¿Quién le iba a dar la mano salvadora?

La abuela Elsi era chueca, había quedado con una pierna más corta después de una artritis infecciosa que tuvo cuando era chiquita. Juli recién se dio cuenta a los diez años, había naturalizado su estilo de caminar a tal punto que no le parecía diferente de los demás. Y preguntó, preguntó desde un profundo amor por Elsi, por Elsi chueca, por Elsi abuela. No supo entender bien lo de la enfermedad pero inmediatamente comenzó a comparar el andar de todas las personas tratando de distinguir algún paso característico, algo que los distinguiera o asemejara de la abuela.

Que la mamá se llame Thema tampoco fue algo que le llamara la atención, era mamá Thema. Las otras mamás se llamaban María, Susana, Victoria, Virginia, Liliana, Sandra, Claudia, pero ninguna Thema. Quizás podrían decirle “Zema” pero todos preferían decirle “Tema”. Y el mundo de Juli era Thema, era Elsie, era recorrer las calles que le resultaban peligrosas, avanzar entre la gente alta, los gritos de los vendedores ambulantes. Ese mundo comenzó a agrietarse el día que entró por primera vez al subte por los molinetes, ese día se sintió grande, se sintió feliz. Thema pasó por un molinete y Juli por otro, entraron corriendo al vagón y las puertas la golpearon a Juli pero apenas le dolió. Un hombre se acercó a Thema y la miró a Juli. Thema lloró, lloró como nunca antes había llorado, lloró como nunca antes la había visto llorar Juli. Y Juli pensó que esa era la despedida, que mañana iba a volver al cole sola, que no sabía bien en donde bajarse y ¿cómo iba a ver los carteles si estaban tan altos?