Mostrando entradas con la etiqueta Liniers. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Liniers. Mostrar todas las entradas

viernes, 3 de abril de 2015

Los atardecidos

Están casi ocupando la totalidad de la calle. Padre, sobrino, nieto e hijos prolijamente sentados detrás del mostrador de madera con mantel de plástico. Los hay chiquitos, los hay más grandes, por cuarenta pesitos nomás madre. 

¿Dónde están? Depende, si se mira de acá para allá o de allá para acá. La General Paz pareciera ser la referencia precisa e ineludible. El que pasa la zona liminar tomando una cerveza, el que la cruza con los brazos repletos de carteras, el que se duerme en el colectivo y el que se despierta en el Sarmiento con un golpe de pasajero que es treinta. Y ahí, ellos, en una calle más.

Se hacen las diez de la noche y hay que seguir vendiendo, sea como sea, aguantar. El padre cabecea en su banco improvisado pero el nieto le pega un golpe en la pierna y lo despierta. Se dice que no hay que dormir, que hay que vender, más, algunos más. Levanta la vista para despabilarse e intenta reconocer en ese cielo todos sus cielos. Cochabamba, Sarco, La Chimba. Pero son pocas estrellas, casi imperceptibles. Se niega a dormir, teme despertar en ese lugar que no es nada suyo y que lo retiene, lo asfixia. Inevitablemente los ojos se entrecierran, las extremidades se aflojan y la cabeza se inclina hasta que una luz lo enceguece.

Mirando las gotitas que bajan por el tubo hasta su brazo padre siente más pena todavía. Dirige la mirada a su alrededor, los busca. El silencio es denso y lo alivia. Recuerda gritos y siente el sabor tibio de la sangre, ve fogonazos y otro silencio que no es ese porque ahoga. Desconoce cuánto cielo cabe en ese dolor.




domingo, 9 de junio de 2013

Perdida



La mirada baja, la mano aferrándose a la pierna de mamá y la sensación de movimiento infinito. Me voy a caer, me voy a caer, me mareoooo. Así se volvía del centro. Se volvía desde un lugar desconocido y en un tiempo para nada preciso, pero la memoria se empeña en volver a esa vuelta.
Alguna vez mamá pidió un asiento, alguien se lo tenía que dar, alguien. Sintió vergüenza. Había que sentarse sola, no pedir el asiento porque las piernas eran cada vez más largas y quedaba desparramada de forma incómoda a upa de mamá. La vergüenza volvía pero estaban las dos sentadas y cómodas hasta Primera Junta.
Alguna vez tenía que viajar sola. Levantar la mano, subir, pedirle al colectivero el boleto según el destino (Porque si es otro ramal andá a saber a dónde te lleva y te vas a perder), bajar en la parada precisa. Caminar, llegar a destino y volver.
La ceremonia se fue repitiendo hasta volverse natural e imprescindible. Se viaja, en ese medio de transporte, no otro. No hay plata para taxi y todo queda lejos, así de simple.
Idas y venidas durante años le fueron imprimiendo al trayecto ciertas particularidades. La espalda reconocía las posturas más confortables para lograr el sueño. Se deslizaba todo el cuerpo hacia abajo mientras la cervical iba inclinándose en el respaldo. La cabeza podría inclinarse hacia la ventanilla pero el temblor propio de los baches provocaba golpes dolorosos. 
Con los ojos cerrados percibía aún el movimiento, los giros bruscos, el mantenimiento de una dirección fija. Las coordenadas precisas acompañadas por la variación auditiva indicaban cuándo había que despertar. Despertar y bajarse con todo el sueño adentro sublevado. Con las rodillas entumecidas. Con la espalda crujiente.
Nunca pensó en la variante de peligro. Su integridad física y psicológica estaba protegida por años de conocimientos, por kilómetros recorridos. Nada podría quebrantar ese pacto silencioso que había contraído con el medio de transporte.
Y fue un miércoles nocturno en el que un pasajero se le acercó. El pasajero no era en ese momento pasajero sino torso agarrado del asiento. Un pedazo de cuerpo inerte que configuraba parte del paisaje inanimado que tanto conocía. ¿Para qué mirar hacia arriba? No era para nada respetuoso y no había nada que mirar, cada uno en lo suyo, con su viaje. Y el pasajero, el torso, se convirtió en mano rápida que se llevó el celular. Después fue una espalda bajando rápidamente por las escaleras y escabulléndose en las entrañas de la oscura Liniers. El corazón se aceleró, miró hacia todos lados y se culpó por confiada, por tonta. Los pasajeros la miraban, le hablaban y ella permanecía en un estado de angustia que le seguía acelerando las pulsaciones. 
Entonces empezó a pensar en ese torso, esa mano, esa espalda que se escurriría por las vías del tren y que, con éxito, vendería el celular a unos pocos pesos. El mecanismo se reiteraría con cada ocasión de celular fácil de arrebatar.
Esa mano, ese torso, esa espalda siguieron persiguiéndola en cada nuevo viaje, impidiéndole conciliar el sueño. Treinta y pico de años de viaje que se extinguían. 

domingo, 4 de noviembre de 2012

Sábado

Las lucecitas de los puestos de Liniers que están al lado de las vías se vuelven apenas visibles con el humo de los parrillas. Entre ascensos y descensos de colectivo dos amigos toman cerveza en la barra. Una joven se saca los auriculares y mueve uno de sus pies al ritmo de la música de la rockola: 

Y esto es cumbia callejera
y se baila
¡con los parlante en la vereda!

¡De la calle!
¡De la calle!

Toma este Rajatán, que traigo ese chack que hace falta,
Quítate la cara de santa,
Toma este Rajatán, que tengo lo tuyo en la ronda...
Dale terminamo en mi casa.


Del otro lado de la General Paz, al lado del bingo, un bar. Una mujer está parada justo al lado de la parrilla y un hombre se le acerca. Hablan. Él extiende la mano para acariciarla. Ella se resiste. Se pierden en las calles laterales. 

Desde un un auto viejo, prácticamente destartalado, suena un tema de Creedence. El auto desaparece en medio de un grupo de jóvenes que bailan con cerveza en mano.

De acá. Ella vuelve semidormida en un colectivo. Alguien espera durante media hora el tren que nunca va a llegar. Él siente que le acaban de robar el celular. Ella llora una muerte. El tren que no viene. De allá. La música que no cesa en un ir y venir frenético. Los cuerpos. El sudor que no interrumpe a las bocas. Los que olvidan. Cantan. 

Que ninguna lucecita
que ningún tema
que ningún choripan
impida
la transición 
de los que ya no ven
ni lloran
continuamente
buscándose



lunes, 4 de julio de 2011

Bienvenidos

1.

Desde las ventanilla los vi, ellos dos, solitos de la mano.
Liniers, llegando a la estación, por Rivadavia.
Era un pasaje con casas antiguas, ellos salían, creo que salían. El colectivo pasó rápido, otorgándome una mirada panorámica que se fundía con los locales comerciales, botas y zapatos de oferta. Ellos se escurrieron hasta al fondo y se animaron a quererse. Esa noche la vecina de ochenta años levantó despacio la persiana y los vio, las encías le dolían y con un dedo las recorría con insistencia, la sangre la asqueaba. Pero se quedó paradita contemplándolos, el tiempo no le atacaba las articulaciones porque miraba y miraba.
Cuando lo conocí al Tito yo era más chica, tendría unos once años o doce, sí, quizás doce. El pueblito quedaba en la montaña, él se enamoró de mis piernas, yo tenía unas piernas hermosas, en esa época andábamos con pollera, siempre, las mujeres de pollera. Un día él me saludó y así fuimos hablando, de ahí no nos separamos más, cuánto lo quería yo, hasta que se me fue, se quedó durito mirando la tele, culpa del partido.
El pasaje se impuso, persistió hasta ahora con el sol del mediodía y la gente que avanza hasta llegar al banco. Me persigue.


2.

Les gusta deambular por San Telmo, perderse un poco en las calles, ir y venir, meterse en algún anticuario, descubrir el collar más hermoso que jamás haya visto y jamás podrá comprar. Hasta ahí, refrenar las ganas de entrar, el límite se impone tímido, dejando un espacio para que se tienten, avancen y descubran que





Volver a escuchar al maestro: http://tinyurl.com/6j2bevu


miércoles, 18 de noviembre de 2009

Lost



Viernes, lluvia en Buenos Aires. Victoria sale del consultorio del homeópata sobre avenida Juan Bautista Alberdi. Un río corre sobre la vereda, algunos se bajan del colectivo y corren descalzos mientras la ropa se les adhiere al cuerpo.
Victoria espera hasta que finalmente deja de llover y la avenida se desagota.
Sube al colectivo 1 rumbo a zona oeste. Cuando pide el boleto observa al colectivero, lo nota muy joven, es la primera vez que lo ve.
Se sienta y a medida que avanza por Rivadavia observa la gente amontonada en las veredas, algunos miran la boca del subte y otros esperan en la parada del colectivo. Rivadavia no tiene tanta densidad poblacional así que prende la radio: Luego de la lluvia varias zonas quedaron anegadas. No hay subtes y la ex línea de trenes Sarmiento se encuentra interrumpida.
El colectivo para en Flores, se detiene durante media hora en la que no cesa de subir gente hasta que, indignado, un pasajero grita: -Arriba en el techo hay más lugar-.
El colectivero cierra finalmente la puerta y retoma la marcha.
Llegando a Liniers el tráfico por Rivadavia se detiene por completo entonces el colectivo dobla hacia la izquierda y avanza sin problemas hasta que se detiene abruptamente. Pasan los minutos y los pasajeros comienzan a impacientarse. Una chica que estaba parada se sienta en el piso. Una mujer habla con su amiga:
-Me bajo, me bajo, no aguanto más, me bajo-
-¿A dónde vas a ir? ¿a dónde? Estamos lejos, quedáte tranquila-
Victoria le manda un SMS a una amiga avisándole los inconvenientes en los medios de transporte y recibe una respuesta: Acá el subte empezó a andar y anuncia la combinación de subtes en inglés. Esto es cualq cosa, jajajaja
Un pasajero se acerca al colectivero y comienza a darle indicaciones.
De atrás le gritan:
-Flaco volvé a Primera Junta y empezá de nuevo-
Un señor dice disminuyendo el tono de voz:
-Este pibe llamó en el medio de recorrido para ver dónde agarraba no entiende nada, nada-
Aparece la avenida General Paz y una mujer explica:
-Ahora sí, me parece que va a agarrar la Díaz Vélez-
Una voz masculina vuelve a dirigirse al chofer:
-¿Quién te indica, Zulma Lobato?-
Risas.
¿Llegarán a destino estos pasajeros o permanecerán allí adentro eternamente? Quizás algún día alguien les invente su propia serie…

domingo, 10 de mayo de 2009

Mirada




El cruce de la Avenida General Paz implica el ingreso a otro territorio, el de la provincia, y la transición se da a través de un barrio cosmopolita. Se mezclan los papines de colores, el Locoto, la cervecita de la noche después de la jornada laboral y las corridas de los que quieren llegar a casa.

La General Paz divide, a partir de allá, la provincia. Y el punto de vista del observador es la Capital, esa perpetua mirada.