jueves, 22 de diciembre de 2011

Atardeciendo


"Toda saudade desobediencia.

Espacio! Este cielo ensordecedor.

Caen piedras de hielo.

Lo que yo no decía era materia para pequeños traslados.

Subía a la boca del subterráneo. Golpe de aire insensible,

a los pájaros de la tarde. Podía ser otra, la ciudad."


Fragmento del poema de Ana Cristina César,

Toda saudade desobediencia






Cada vez que paso por la Richmond tengo ganas de tomarme un café pero los vidrios pintados, el silencio absoluto y la sensación de que adentro ya no queda nada. Nada no, porque todas las vibraciones que alguna vez circularon por esas paredes lo embebieron todo, como un latido moribundo pleno de presencia.


Cada vez que paso por el cine Lyon recuerdo las butacas, la ambientación llena de posters de películas, pensar que ahí iba Mary pero no pudo ir más cuando lo convirtieron en Dúplex porque por la pierna no podía subir las escaleras. Años después cerraría para reabrir como Arteplex. Hasta que desapareció definitivamente, no resistió más cierres y el gigante de en frente lo acechaba con su patio de comidas, pochoclos, aire acondicionado y butacas de terciopelo. Ahora en ese mismo lugar está la casa de deportes toda iluminada y en el primer piso las antiguas salas sirven de depósito, guardan cajas de zapatillas y a la pantalla la usan para pegar pedidos. Todavía queda una butaca.


¿Por qué tanta nostalgia de pasado? las cosas desaparecen, se van, TODO se moderniza, y es así, así tiene que ser y así va a ser siempre.


Pero que no te escuchen los fantasmas. Yo, como ellos, busco rastros de un tiempo pasado actualizado, que me nombre antiguas historias, que reverbere en sentimientos, aunque me cueste comprenderlos y me abisme en hoy. Pibe, tocá más alto que no te escucho le dice desde la estación de subte Perú de la línea A un tanguero, un maestro, al joven que toca la guitarra en estación Callao de la línea B, muchísimo más moderna, con escalera mecánica y todo.


O como cuando fui a Los Galgos, elegí la mesa que da la puerta de esquina Callao y Lavalle para que la luz de afuera me permitiera leer mejor. Me senté en las antiquísimas sillas de madera y pedí un cortado al único mozo, el de siempre, de unos sesenta y pico de años, atento a cada uno de los requerimientos de los clientes, audaz para entender señas, con la habilidad de descubrir el gesto, el movimiento, la mirada, y traer ¿la cuentita? El mismo uniforme de siempre, la mismas sillas de siempre y el mismo revestimiento de siempre se conjugan con un teléfono público de los noventa -al lado de una antigua caja registradora- y las mesas de falso acabado en madera, veteadas con blanco. Afuera, en otra de las entradas, la más amplia que da a Callao, dos barrenderos descansan sentados en sillas de plástico y saludan al mozo.


Elijo esa persistencia de lo viejo, la coexistencia moderna con todas las tensiones posibles.


domingo, 18 de diciembre de 2011

No te olvida


“Nos ha permitido desarrollar una capacidad de
observación objetiva, un crepúsculo de precisión
al establecer analogías y diferencias sobre nuestros
sentimientos. El bolero nos convirtió en exploradores”
Iris Zavala en El bolero. Historia de un amor




Casi tambaleándose, un tanto perdida, apareció esa tarde de verano en un teatro. Silenciosa, entró y se sentó en la penúltima fila. Se escuchaban ritmos árabes, bailarinas con enormes pañuelos contorneaban su cuerpo, se desdibujaban con el brillo de los colores y el ritmo del violín. La gente de las butacas saludaba a las bailarinas y los flashes iluminaban la sala. Los ojos le dolían, le quemaban, pero la garganta estaba más despejada y en ese calor agobiante de sala la música la oxigenaba. Después de dos meses recomenzaba, perdida, en el teatro de quién sabe dónde.

A pedido de las bailarinas el público comenzó a hacer palmas. Pero en uno de los números musicales apareció una mujer vestida de amarillo con un ritmo lento, una expresión angustiosa. Ella la absorbió por completo siguiendo cada uno de sus pasos, las manos hundiéndose en el aire, el lamento contenido de una cara que la interpelaba, las caderas se movían casi imperceptiblemente. Los instrumentos enmudecían con la bailarina, como si los anulara a medida que se les acercaba. No podía distinguir el ritmo, pero le recordaba las novelas de Manuel Puig: "Yo cerré los ojos para grabar en mi memoria esa mirada de deseo". ¿Cómo transferiría a los otros la experiencia? A sus amigos les había comentado películas y libros que le habían gustado pero ahora... Ella no se hacía esa pregunta, seguía cautivada por el baile hasta que una persona se le acercó para pedirle que abandone la sala, a su alrededor no había nadie, las luces estaban encendidas y los músicos bajaban del escenario. Las bailarinas ya se habían ido y charlaban con sus familiares en la puerta. Pidió disculpas y salió casi corriendo, tratando de no tropezarse con los escalones.

Cuando estaba por cruzar las vías sintió esa música otra vez, eso fue lo que le impidió escuchar la chicharra y los gritos. Nunca más volvió a ver a la bailarina, tampoco logró que él fuera a despedirla. Pero por unos segundos ella cantó, cantó tan fuerte que también se volvió toda amarilla, pero completamente inmóvil.

lunes, 12 de diciembre de 2011

Fumaba y estaba enojado



Arituqs - Facu <arituqs@gmail.com>12 de diciembre de 2011 11:15
Para: mavir@gmail.com

¡Hola Vir! ¿Cómo andás che tanto tiempo? Me enteré que tenés un blog de crónicas de Buenos Aires y me dieron ganas de contarte algo, sobre todo porque dicen que hay tanto fantasma dando vueltas. Casas embrujadas, el cementerio de Recoleta, esos son los lugares donde generalmente aparecen pero en mi caso fue distinto, no me lo esperaba ni era un lugar muy... ¿de terror? por decirlo de alguna manera.

Yo no creo en nada de eso, hasta lo tomo en broma pero pasó, ¿será sugestión?

Íbamos con mi novio a buscar un libro que compró por internet, él había intentado ir otras veces pero la dueña era muy estricta con los horarios "hasta las 20 hs" y siempre se le hacía tarde. Entonces andábamos justo por la zona Congreso, ahí por donde vos trabajás, y me dice de ir, que tratemos de llegar antes de las ocho. No lo podía creer, era el mismo edificio que miraba todos los días cuando salía del subte, además yo tengo como esas ganas de entrar a los edificios viejos de la ciudad ¡me encantan! por el diseño que tienen, por los ascensores viejos. Casualmente, la señora nos hizo pasar al edificio, lo cual, debo reconocer, a mí me dio un poquito de miedo.

Bueno, llegamos, nos abre la puerta, pasamos, y la cierra rápidamente, le dice a mi novio que ya le trae el libro y nos quedamos los dos absortos por la atmósfera particular del lugar y una música clásica proveniente de adentro de una habitación quizás. El espacio es reducido, la pared de nuestra izquierda tiene dos puertas, una parece un depósito, en frente nuestro hay una puerta vidriada y a nuestra derecha un espejo y dos sillas. Todo el mobiliario es antiguo y la luz tenue de tono ocre.

La mujer se pone a hablar de los libros, que los quiere vender, que ya no tiene más lugar y se va a mudar, también critica al peronismo con vehemencia. Habla mucho, una hora entera quizás, pero mi mirada percibe que en la silla hay una figura humana, un hombre de unos sesenta años bajito, flaco, medio pelado, con anteojos redondos y que está fumando. Lo veo levantarse de la silla muy enojado, como rezongando y le dice a la mujer que nos deje ir y que se calle de una vez por todas. Ella sigue hablando como si nada y yo lo miro a mi novio y le hago señas pero él no me dice nada y también sigue charlando. En un momento la mujer nombra una reciente muerte que la tiene muy angustiada, su marido falleció de cáncer y era de él la biblioteca. Nos sigue diciendo que fue muy fuerte para ella, que la afectó, que los libros están todos apilados ahí en su biblioteca y que ella los tiene a muy buen precio, que quería venderlos todos pero quizás algunos van a ser donados a alguna biblioteca. Yo me quedo mudo, y vuelvo a mirar al viejo, el sillón está vacío pero la música clásica parece volverse cada vez más fuerte, no tengo miedo, lo que siento es unas ganas casi incontenibles de decirle a la señora que el viejo está ahí, al lado de ella y que no la aguanta más, que no quiere que venda sus libros y que lo sigue atormentando hasta muerto… Cuando el reloj de pared marca las 20:00 hs ella corta abruptamente la conversación, abre la puerta y nos despide. Subimos al ascensor y yo le cuento todo, él se ríe. ¿Vos que opinás Vir? ¡yo te juro que lo vi!

besis, espero que andes bien,

Ari

martes, 6 de diciembre de 2011

Benito, La Boca


Vete a mirar los mineros,
los hombres en el trigal,
y cántale a los que luchan,
por un pedazo de pan.

Atahualpa Yupanki, El poeta


Corriendo descalza por las escaleras, sí, a la hora de la siesta me hacía la dormida y después me escapaba de casa. Él siempre tan contento, me recibía a mí y a otros chicos del barrio en su taller, a veces hasta la merienda nos servía: mate cocido con leche y galletitas Manón. Ahora la gente me dice: "mirá que estabas con un grande, qué lástima que no te dio un cuadro, ¡sabés lo que valen ahora!" pero para mí esto no tiene que ver con la plata, no sé, yo todavía lo recuerdo con cariño.

Y ahora vuelvo a la casa, al museo, después de tantos años, ¿sería esta la casa o era otra? yo creo que era esta. Hoy sábado de casualidad bajamos del colectivo 53 con mi marido el Tito acá, queríamos ir a Caminito pero bueno, entramos. Qué grande estoy ahora, con tantos kilos de más, son como tres pisos, estoy muerta, pero cuando llegamos a la sala veo los cuadros. Me quedo parada ahí mirando, no lo puedo creer, ¡la pucha! ¡cuántos colores! son tan lindos todos:



Estoy como triste, no entiendo nada de esto pero lo siento todo acá, acá adentro, del corazón ¿viste? Trato de acordarme más de él, de cómo me trataba, pero ya son muchos años, qué vieja estoy, recordando todo, para mí que debe ser eso, me vino el viejazo.

El Tito se fue a la terraza a fumar y me dejó sola así que aprovecho para seguir mirando y me encuentro con unos dibujos tan tristes, de despedidas en el puerto. Me imagino esos hombres grandes, enormes, con las manos secas, todas lastimadas de tanto cargar bolsas y las mujeres llorando. Yo creo que es como me decía mi abuela de chica, si el río sube es porque la pena anda dando vueltas. Y sería tanta tristeza acumulada la que hacía las inundaciones, la de veces que tuvimos que correr con los muebles, ir a la casa del tío Pedro en La Matanza, que viaje enorme, de solo acordarme ya me canso.



Me acerco más y veo el lápiz negro marcado, o la tinta, yo creo que debe ser tinta de esa que nos hacían poner a los dibujos con crayones aceitosos. Pintábamos con tinta china negra, la dejábamos secar después raspábamos con un punzón y salían los colores de abajo. Tan lindo, tan colorido todo. Mis colores favoritos eran azul y violeta.

Me acuerdo de la pintura acá tirada por todos lados, él hablaba tan poco, pero era generoso y andaba mirando atento todo para después pintarlo. Mi hija me dijo que era óleo lo que usaba o algo así, como que da relieve, parece que los que pinta se salen para afuera. Es todo tan lindo pero tan triste a la vez, mirá como cargan las bolsas todos transpirados, mucho esfuerzo, y qué cansados deberían estar, ¿cuánto trabajarían? ¿diez horas? más quizás. Los recuerdo tomando la cervecita o el vermú en los bares, cuando pasaban las chicas jóvenes del barrio les gritaban de todo, locos se ponían. Alguno que otro se pasó de copas alguna vez y terminó dormido afuera, el dueño lo echaba a patadas y cerraba la persiana, como si te he visto no me acuerdo, lo que importaba era que paguen.



Ahora me quedo quietita mirando la ventana pero nada que ver, todos turistas con las camaritas esas modernas ¿digitales son no?, esos colores pintados, el puente. Está la ventana, la misma ventana y una madera con pintura seca, me molesta un poco el sol pero logro ver todo. Unos nenes corren jugando, el perro le pide comida al del puesto ese de la calle y todo en ese cemento tan gris, con escalerita, tan coqueto todo que antes era tierra y río, barro por todos lados. Ellos se fueron nomás, los marineros, los peones, las mujeres y... ¿por dónde andarás Quinquela?



viernes, 2 de diciembre de 2011

¡Ese!

"John nunca te olvidaré. Ni con el pasar
de los años porque fuimos eternos en
aquel instante fue un instante apenas
pero en él hicimos un comentario del mundo
y de nosotros mismos. Mi hermano"
Clarice Lispector Revelación de un mundo


El humo del cigarrillo le molestó tanto que levantó asqueada la mirada. Un señor de bigotes hablaba con dos hombres en el puesto de diarios de la avenida Alem. Esa cara, la sonrisa un tanto maligna. Él apenas la divisó. Inofensivo, anónimo, la joven le robaba un pedazo de su historia.

Dos años atrás una pareja esperaba para ingresar al subte en estación Puan, implementaban la estrategia de subir rumbo a la última estación para regresar sentados hacia Plaza de Mayo. El hombre ingresó apurado y se sentó junto a la señora pero después subió una chica embarazada. La chica se aproximó el hombre y le pidió el asiento lo que provocó que se levantara furioso diciéndole que era una tarada, que esperara para sentarse, la insultó varias veces. Finalmente el hombre bajó y ni bien arrancó la formación la chica embarazada le hizo burla desde adentro dirigiriéndole también insultos varios.


El viejo del subte ahora fumaba y charlaba, el viejo de bigote en Alem en el puesto de diarios. El recuerdo se materializa en imágenes, como en una película muda.

Hay personajes famosos de la ciudad que también recuerda como el que canta en un dialecto incomprensible con un papelito en la boca en línea D. Canta y baila con un viejo walkman colgado en la cintura. Pensó que solo habitaba los túneles pero una vez lo encontró caminando por Lavalle.

Recuerda casi todo, caras, situaciones, imágenes que se actualizan en un instante por alguna razón desconocida. Pero también se cruzará a un joven que lleva del brazo una prostituta por la Avenida Corrientes. Un hombre mayor de traje con un escudo, quizás conserje de algún hotel perdido en la ciudad. La mujer que se coló en el supermercado y después se peleó con la cajera. El de rastas del grupo de música cubana que a la mañana toca solo los tambores en la línea B. Una pareja besándose de noche en medio de la vereda y los gatos de la facultad de medicina comiendo alrededor los restos de comida que les llevan todos los días a las 20:30. A ellos los olvidará:



La enredadera de domingo
subió por tus pies
te cubrió la cintura
en ritmo ascendente

Vas rápido todo verde brillante
ojos caracolados

Casi árbol
brotando enceguecido
disfrutás el trayecto
único e irrepetible
solito y solo VOS

domingo, 20 de noviembre de 2011

Traición

Estimada Estela:

Soy Julio Ricardo Achazával, poeta porteño que ha tenido el gusto de conocerla en algunas tertulias literarias que han embelesado tardes y noches con el más exquisito gusto y refinación. Alguna vez he tenido la oportunidad de cruzar alguna palabra con usted, aunque quizás el olvido sea más fuerte que la intensidad del intercambio. De todos modos mi admiración sigue intacta, impulsada quizás por esa perpetua admiración y empatía que solo se puede lograr entre dos artistas como nosotros.

El motivo de esta carta manuscrita -tan demodé en estos días- responde a un suceso inesperado que aconteció en el mes de octubre del presente año. Yo acababa de comprar un nuevo ejemplar de La Divina Comedia cuando me dirigí accidentalmente a una casa de libros de saldo. Debo confesar que no suelo entrar a este tipo de lugares -tan frecuentados por el populacho- puesto que los ejemplares tan sucios me dan una alergia terrible debido a mi delicada piel, de solo imaginarme dónde anduvieron y qué tipo de especies animales estuvieron en contacto con ellos... Pero algo me llamó la atención, creí divisar en la mesa catalogada como "Poesía" un ejemplar conocido así que me aproximé, lo tomé en mis manos y en un destello de asombro la encontré a usted. Le resultará llamativo este hallazgo pero uno de sus libros más exquisitos estaba ahí para ser adquirido por una módica suma de cinco pesos. Disculpe si le resulta ofensivo lo que le comento pero no se imagina el estupor que me causó, quedé inmóvil, horrorizado. Pero debo confesarle algo más, es preciso para ello que tome asiento y beba un vaso de agua fresca. Si ya lo hizo prosigo con el relato. Pues bien, en la primera página observo una esmerada dedicatoria, no está en mí repetir ni plagiarla pero en ella usted le dedicaba las más bellas palabras a su colega y amiga. Disculpe, en este punto me replanteo la existencia de esta carta pero como deber moral me obligo a proseguir. Su amiga es... Elsa Amalita Anzorreieta, sí, he dicho.

Espero pueda reponerse de tamaño golpe a su integridad moral, esperando no afectar también su salud.

Sin más la saluda con un afectuoso abrazo su amigo, colega y permítame el atrevimiento, su hermano,


PD: Dudo que lo recuerde pero un 14 de Julio de 1990 le pedí que me autografiara su más célebre ejemplar de Vivir amando el verdor de tu mirada. Ese día me dijo que se le hacía tarde y se fue dejándome apesadumbrado con el ejemplar en la mano. Es ese mismo ejemplar que ahora tengo en el escritorio, lo acabo de sacar del delicado estante de roble protegido de la suciedad y agentes patógenos por un vidrio decorado con coloridos vitraux. Una pena que no me lo haya firmado, hubiera corrido mejor suerte...


***


domingo, 13 de noviembre de 2011

Vienen y van, cantando

"Arauco tiene una pena
más negra que su chamal
ya no son los españoles
los que les hacen llorar,
hoy son los propios chilenos
los que les quitan su pan.
Levántate Pailahuán"
Arauco tiene una pena, Violeta Parra


Salen de la sala de cine a tomar el subte de la línea A. Las pupilas apenas se acomodan a la luz de la calle y de los coches, aún les queda esa sensación de pantalla que los ha hecho transitar por la tierra chilena en la que lloraron las penas de Violeta Parra. En esa especie de estado intermedio deberán transitar durante una cuadra pero algo les llama la atención, una bandera, una humareda.

Cruzan a la plaza Congreso para ver qué es. De las múltiples luces que divisaron ésta es la más enigmática, los atrapa con una fuerza irreconocible. Se quedan parados alrededor de la fogata y observan como algunos le tiran vino y comida mientras unos nenes corretean. Preguntan si es en honor a la Pachamama, les dicen que sí, que además se trata de una celebración por el día de los muertos.

La ceremonia prosigue compartiendo comidas y bebidas como maíz inflado, caramelos. Además habrá algo que estos paladares degustarán por primera vez, la chicha de maní. En un poema de Eugenio Sánchez Bacilio la chicha es: "Dulce néctar sacrosanto/ con aliento a puna y río/ que duermes en el remanso/ de tu místico silencio". Esta chicha es ciudad pero se evade, el tiempo de la fiesta hace olvidar el horario del transporte público y el ruido. Algunos de los corredores y transeúntes que pasan por la plaza se detienen cautivados por una sensación atemporal. El que se queda deja de ser sí mismo, es fuego, vino, naranja. Debajo el subte corre resistiéndose a la lana de los tiempos, ese tejido imperceptible que va atrapando y persiste intermitente, casi a punto de apagarse.

En medio del abandono del ser en lo otro la coplera se hace voz y la cadencia de su caja recuerda la existencia de las penas. La evasión es también reflejo de abismo vida y abismo muerte.



Por momentos alguien dice jallalla y todos lo repiten, el que sabe, el que no, todos jallalla. Ellos deciden preguntar qué significa y les explican que es "así sea".

Continúa una parodia de los rituales católicos de bautismo y casamiento que va generando risas en los improvisados actores y en los espectadores. Después hay más jallalla y el saludo entre todos, abrazo y besos de gente que no conocen pero con quienes al mismo tiempo comparten este ritual. Quizás desde su visión restringida no conocen, se resisten a conocer al otro cuando en realidad conocen, están conociendo y adentrándose en un jallalla que los recibe como hermanos. Afuera los espera un subte y un tren en el que se ataca al otro, en el que hay desconfianza y todo se ve como peligro latente. Pero mientras tanto siguen en un ahora que finaliza con un baile de la mano alrededor del fuego.




¡Desde que eran chicos no hacían una ronda! Esta ronda es comunión, se dejan llevar por el baile, olvidan, ríen. Pero es tarde, no lo pueden creer, se preguntan cómo es que no se dieron cuenta de que ya eran las nueve y media de la noche. Bajan al subte y sienten el olorcito a humo en la ropa, la saliva con gusto a naranja. Nos quedamos.


***

Melina Sánchez, alumna de Letras de la UBA y miembro de la Cátedra Abierta de Estudios Americanistas, me comenta que jallalla es un grito o voz utilizada en situaciones públicas, para lo espiritual, lo social, la guerra. Casi todo los pueblos ancestrales tienen una voz que cubre todos esos aspectos de la cosmovisión como, por ejemplo, marrichiweu para los mapuches y agüije o aguijebete para los guaraníes.

Para más información visitar el grupo:

lunes, 7 de noviembre de 2011

Pausa alimenticia


En la zona de Congreso hay múltiples y variadas opciones gastronómicas, una de ellas es la cafetería Starbucks donde la cordialidad de los que atienden se complementa con los tan afamados vasos-con-tu-nombre. Así recibís tu café personalizado junto con una sonrisa y el "que tengas muy buen día". Todos los locales son iguales, acá o allá la dominante en verde, sillones muy cómodos, amplios ventanales y una mesa larga para apoyar la computadora.

Pero hay otro lugar donde los colores, sabores y texturas de los mostradores se funden con el sol que entra matizado desde el ventanal. Milanesas de quinoa con curry, croquetas de zanahoria, fideos de arroz salteados, ensaladas... Con pocas palabras y mucha amabilidad son otras voces las que nos llaman. Se te hace tarde, tenés que llegar a la oficina pero un espacio mudo y plástico te interpela:



domingo, 30 de octubre de 2011

Que sí, que no...



1.

Una nena juega en el subte con su papá, estira los brazos, se ríe hasta que cae al suelo. Llora y el padre la abraza, le dice que ya pasó:

-Me asustaste ¿te golpeaste de verdad o tuviste miedo?-
-Miedo- Vuelve a llorisquear y después estira los brazos para recomenzar el juego
-Está bien, siempre vas a tener miedo y eso es bueno-

2.


Cuando Pedro lo vio por primera vez un amigo lo llevaba puesto. Mientras los demás jugaban Pedro se imaginaba todos los escenarios posibles en donde lo podría usar. Pasó casi un año esperando ese traje y ahora aparecía en manos de sus tíos como regalo atrasado de cumpleaños. El día estaba lindo, fresquito, así que agarraron el mate, unas galletitas, la lonita y salieron todos rumbo a Parque Avellaneda.


Con sus cinco años y escasos noventa centímetros Pedro se puso el traje y empezó a correr por todos lados siempre bajo la mirada atenta de los tíos y un primo que apareció más tarde. De repente Pedro lo divisó: enorme, grandísimo y con un tronco extenso. Salió corriendo para subirlo pero en el primer intento se cayó al piso, volvió a intentarlo nuevamente sin éxito y un chico de unos catorce años se le acercó para gritarle: "¡El hombre araña!". Pedro lo miró, se sacó la máscara riéndose y haciendo señas de que no. Inmediatamente después se puso las máscara nuevamente y pensó que esta vez sí iba a poder así que tomó carrera, salió corriendo y logró subir, se deslizó entre el espacio formado por las ramas, bajó y estiró sus brazos hacia adelante tirando más telarañas.



lunes, 24 de octubre de 2011

Miran, dicen, oyen. Las voces

Todos los viernes las chicas se reúnen en el bar de Congreso, uno de los lugares que prepara el café más rico de la ciudad. Van llegando y se acomodan en dos mesas al lado del ventanal que da a calle Lavalle.

En la mesa contigua una joven lee, anota, escribe, pero a veces se le dificulta por el murmullo de las voces. No las ve, está de espaldas, pero de vez en cuando escucha algún comentario que le llama la atención y detiene la lectura. Así fue que se enteró que una prefería alejarse de la ventana: "¿Cómo? ¿No sabías? De chica una vez fui a una cama solar y me quemó la cornea, mal, re mal y de ahí en más siempre problemas con el sol, me quedó re sensible, medio que me quedo ciega sin lentes negros. No sabés los boliches, me encandilaban las luces, no veía nada. Cosas de pendeja. El invierno en las Leñas se me complica, esquiando veo muy poco". Sigue leyendo la novela de Clarice y tomando el café más barato que tiene ahí: lágrima en pocillo con mucha espuma. Además vienen unos granitos de café bañados en chocolate que son una delicia.

Hubo un viernes lluvioso que solo vinieron unas cuatro así que ese día aprovechó y volvió a sentarse al lado de la ventana, justo al lado de la muchedumbre.

El viernes pasado ese cúmulo indefinido de mujeres se le apareció con toda su crudeza. Primero fue una sonoridad indefinida aguda y chillona que se iba incrementando. Intentaba leer a Rodolfo Kusch pero entre esa horda fanática de voces algo la alcanzó con la fuerza de un grito añejo, opresivo, lleno de violencia: "¿Qué querés? Una tilinga".

Le quedó dando vuelta la frase, en la web apareció una definición: Cursi, que presume ser fino sin serlo. Bajó a comprar al supermercado y una pareja de señores mayores se indignó con la espera, el hombre dijo: "Qué cosa, éstos pibes son lentos". Lo dijo gritando, con cierta indolencia e imputabilidad que parecería ofrecerle la edad. Pero el cajero lo miró fijo y la joven lectora miró al cajero tratando de interponerse en la mirada y dándole un saludo también proletario. No se dio cuenta de que esta era la venganza, la de la tilinga, la del cajero y la de ella, una venganza tan silenciosa como ahogada la voz.

lunes, 17 de octubre de 2011

Sin saber me voy yendo donde

"La calle indudablemente no nos gusta.
Nunca advertimos todo lo que ocurre en ella.
La usamos en Buenos Aires, pensando siempre
en otra cosa, y la recorremos totalmente distraídos.
Nuestra calle tiene algo de convencional y teórico,
y pensamos que en el fondo nos fueron impuestas
con un trazado en el cual nunca intervenimos
y que, por eso mismo, nunca sabemos
adónde nos llevan".

Las calles de Cuzco, Rodolfo Kusch



La salida, la huida, las ganas de ver que detrás de las paredes también viven los cielos. Y menos daña el sol a la vista que ese aire viciado, el resplandor fluorescente, pantallas que titilan. Los ojos se mantienen abiertos, alertas, casi ni pestañean, como la imagen del film de Buñuel del ojo atravesado por la navaja. Filosa.

El adentro opresivo. El afuera es edén, es lluvia, es olor a pasto. Aunque apenas pueda caminar por Corrientes creéme que entiendo tu bronca y malhumor–, aunque avance a los golpes me siento lago que respira.

Aunque sea silencio angustioso y la calle me venza lo intento. Mi apuro, mi avanzar frenético, imita a las corridas de niñez por las veredas del barrio. Corro para llegar pero persiste esa sin razón del ir y venir hasta la esquina. Conozco los horarios pero me pierdo al observar los que van y vienen que también soy yo.

Creo mis propias formas de supervivencia, la ciudad que a veces odio también tiene sus grietas, hondas grietas que deforman y rebalsan. Lo cotidiano se extingue, se pierde, como el miedo agazapado.



Las imágenes corresponden a la exposición Louise Bourgeois: El retorno de lo reprimido (Fundación PROA)

lunes, 10 de octubre de 2011

Me voy a acordar siempre siempre


"pero yo no humanizo a los bichos, creo
que es una ofensa -hay que respetarles
la naturaleza- soy yo quien me animalizo"

Clarice Lispector, Revelación de un mundo


Una ronda, sí, era una ronda en el patio cubierto con chapas. El sol entraba por dos lados, el patio y la entrada del jardín que era una especie de estacionamiento, los otros daban a una pared y a las aulas. Recuerda la imagen de forma precisa, uno de esos instantes de la infancia que se cristalizan nítidos, con todos los matices para revivir la perdida sensación del momento.

La seño sacó de una bolsas un papelito y dijo su nombre, ella que se paró sonriente, con el sonido reverberando continuamente: "Soy yo, gané, gané". Fue al medio de la ronda formada por los compañeritos y agarró la jaula. En el primer encuentro lo miró con cierta timidez y asombro, lo miró mucho sintiendo que era una de las pocas cosas auténticamente suyas y con vida, aleteaba vida, tan rápido con las alitas.

La mamá de Patricio la iba a buscar así que la jaula tendría una escala antes de llegar al departamento. Ese día su mamá tenía prueba en la facultad y Ciudad Universitaria quedaba muy lejos así que otra vez a la casa de Patricio. Y Patricio jugaba todo el tiempo, de acá para allá pero ella, tan hiperquinética como era, se había quedado observándolo al lado de la jaula. El color era tan amarillo que reflejaba el solcito de la tarde, el pico tan chico y parecía tener cierto miedo que lo llevaba a andar de un lado para el otro, continuamente, agarrándose por momentos de los finos barrotes metálicos de la jaula. Y mirándolo lo bautizó: "Tweety, se va a llamar Tweety". Como las tortugas se llamaban Manuelita, los gatos Silvestre y así sucesivamente según el dibujo animado que estuviera de moda. Pero para ella "Tweety" era el nombre que se desprendía de la sensación de estar ahí frente a él, mirándolo, el canario más lindo del mundo, el que se ganó, el de ella, solo de ella. Y Tweety vivía en el balcón del lavadero pero duró tan poco, habrán sido unos meses, de un día para el otro se murió.

Después vino una mascota hecha con cartón y atada a un hilo que paseaba por todos lados. La infancia sin animales le resultaba excesivamente triste así que aprovechaba la visita a familiares o amigos para jugar con ellos y estrujarlos con mimos.

Ahora está en la reserva ecológica pero olvidó a Tweety, solo disfruta de todos esos pájaros que andan dando vueltas: torcacitas, pájaros carpinteros, reinas moras, de todo. Y ahí ve a uno tan lindo posado sobre la rama, pacífico, recortando el monótono azul cielo. Saca la cámara, zoom rápido y foco. Cuando ve la foto lo redescubre, detuvo ese instante animal bajo su mirada, a este no lo bautiza, este no tiene nombre, quedará ahí siempre quieto, detenido y nunca se va a morir.






lunes, 3 de octubre de 2011

Dentaduras



De chiquita abría la boca y decía "Dráculaaaa". Veinte años después espera en el consultorio leyendo y tratando de no quedarse dormida.

Un nene se agarra del mostrador de la recepción y estirándose para ver a la secretaria le dice: "¿Sabés una cosa? No quería venir, no-me-gusta". La secretaria se ríe y le comenta al padre que su hijo es divino y super sincero.

Recuerda cuando era chica, el miedo al dolor y al ruidito del torno. Tantos años con caries, ortodoncia y dolor de encías. Pero ahora va con cierta indolencia, la rutina de abrir la boca, saber de anestesia, conductos, perno y corona, prepaga. Ahora sí, sabe casi todo, está agotada pero resiste, piensa en la vuelta a la provincia, el tren, mucho sueño.

Entra al consultorio y se estira para mirar por la ventana, la dentista aún no llega. Descubre otra ventana, una luz y una figura humana ¿estará leyendo? Se queda mirando, se asoma, piensa que ahora puede ver, que tiene la altura suficiente para descubrir el otro lado y, sin embargo... no, no ve nada.

lunes, 26 de septiembre de 2011

Solidarios


Obra de Juan y Diego:


Entra al vagón con unas tarjetas y las reparte a los pasajeros, uno por uno. Algunos las agarran, otros hacen señas con la mano para que no se las dé. De vagón en vagón, todo el día repartiendo tarjetas.

Dos estaciones más adelante suben tres chicas, cada una con la cara pintada de celeste y una cámara digital colgando en el cuello. Entran haciendo ruido, con una sonrisa, pasan una urna y reparten folletos para quienes estén interesados en ser voluntarios. La gente sonríe, depositan monedas y billetes. Las chicas se bajan agradeciendo.

A la noche el nene del subte se encuentra con un hombre de unos cincuenta años que le grita: "¿Esto soloooo?, ¿me estás cargando pibe? dejáte de joder, con esto no hago nada". Después de una larga discusión el hombre se lleva casi totalidad de la plata. El nene va a una plaza y se acuesta, mira eso que brilla en el cielo y que algunos llaman "la luna". El estómago le hace ruido, no fue suficiente el pan que le dieron los de la estación.

Pero alguien, lejos, recibe esa voz angustiosa y olvidada. Donde quiera que estés ella es tu voz que canta:

Susana Baca, "Copla de la O"


Yo no conozco la o
me dicen que es redondita
mi madre tan pobrecita
que a mí no me la enseñó
yo no conozco la o

Las letras se van al diablo
porque escribirlas no sé
pero yo cuando les hablo
pero yo cuando les hablo
todas se ponen de pie
todas se ponen de pie

Información adicional

El autor de la canción es Ferreñafano Don Luis Abelardo Takahashi Núñez, es un tema en ritmo de Triste, fue grabado en el segundo cassette musical "De la misma Sangre" por el elenco musical de Llampallec http://www.llampallec.com/ cantado por "Mamá Charito" Rosario Olivera Jara.
El tema fue difundido por Llampallec en 1991 en Perú, Ecuador y Colombia en su gira internacional. El toque de guitarra ferreñafana como se tocaba en los caseríos fue enseñado por José Maeda Ascencio, estudioso de la música popular.

lunes, 19 de septiembre de 2011

Me dejé olvidado. Mi nombre


Caminando rápido para llegar al subte un reflejo me atrapó, unos segundos bastaron para distinguirme adentro del bar. Y ahí se quedó el reflejo de mí misma. Mí misma, no yo, que seguí apurada hasta el subte.

Como ese año en que empecé a leer "62, modelo para armar", me costaba avanzar en la lectura atrapada por la sensación de ubicuidad de esa mujer, de no poder salir, ¿era un bar? creo que sí.

Seguí, los miedos vinieron conmigo. Vi una pierna de muñeca Barbie en las vías, estaba casi intacta hasta que pasó el tren. Cuando estaba por bajarme en Alem una mujer dormida tenía entre sus manos un envase vacío de detergente. Un pequeño suicidio que pasa desapercibido para todos, pero yo sentí la muerte desdibujada en una apariencia de sueño profundo. Bajé.

De todas las tragedias cotidianas posibles yo me llevaba las peores.

Otra mujer, que no soy yo, es mi reflejo, me atrapa con su canto. Quizás me encuentre en el lado oscuro de mi nombre:


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lunes, 12 de septiembre de 2011

El asombro

"O tal vez corra por esta nueva época
-atravesando este nuevo mundo sin caminos-
con mil estornudos brillantes y mil hierbas"

Clarice Lispector en Suite de la primavera suiza



Vuelve al hogar después de una agobiante jornada laboral full-time. La ciudad se aleja empañada por cierta neblina ocular de una congestión que se resiste a abandonarla. Pero lee. Entre pañuelos descartables, un saco y una mochila aparece un libro que sostiene con débiles fuerzas entre el cúmulo de pasajeros que se acomodan para subir al tren. A su lado una joven ojea una revista de moda y la curiosa lectora abandona su libro para contar mentalmente: "1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9, 10, 11, 12, 13, 14, 15, 16, 17, 18, 19, 20, 21, 22, 23, 24, 25, 26, 27, 28, 29, 30, 31, 32, 33, 34, 35, 36, 37, 38, 39...". La chica se detiene en cada una de esas páginas con publicidades de zapatos-carteras-vestimenta-zapatos-vestimenta-vestimenta-cartera-zapatos. Antes de terminar de contar llega el tren y entre empujones logra sentarse. Se sienta al lado de la chica de la revista, guarda el libro en la mochila y se recuesta tratando de mitigar el dolor de todo el cuerpo.

El tren avanza unos metros pero se detiene en el túnel de Miserere durante unos veinte minutos, los pasajeros se quejan. Algunos miran por la ventanilla y se percatan de que el tren está dando marcha atrás, se paran rumbo a los últimos vagones pensando que vuelve a la estación. Finalmente el tren se detiene y vuelve a avanzar. Entre estornudos se despierta, mira hacia afuera, se vuelve a dormir. Cuando están llegando a Villa Luro la despiertan unos gritos: "Un asiento por favor, un asiento para la señora que tiene un bebé". Y nuestra lectora-curiosa-resfriada se levanta dificultosamente con los ojos entreabiertos para que la señora que tiene un bebé se siente.

La chica de la revista mira con simpatía a la beba y le va mostrando las páginas mientras la mamá le relata: "perro, casa, auto, nena". La beba sonríe, mira a la madre, mira a la chica, mira a la revista, señala. El mundo de la nena se va configurando en tinta, algo se le revela en cada página y los ojos afiebrados también tienen su propia revelación, descubren que sí, al final la revista...

lunes, 5 de septiembre de 2011

Los que miran miran los que

Desde adentro del cubículo de vidrio lo observa, un joven se dirige a una computadora y después a la cabina: "Estoy interesado, decíme maestro ¿está bien de papeles? ¿y el motor? ¿cómo anda?".

La música de espera del que mira resulta un tanto ensordecedora, Todos los operadores se encuentran ocupados, aguarde, en instantes será atendido.

Como en la Boca, andamos mirando. Desde adentro del teatro de la Ribera hablan como, se dicen, esperan. Construyéndose en minutos de vida que en la charla se detienen, el río. El silencio mortífero de los ausentes, el río.

Desde adentro hacia afuera observa y saca la foto en el absurdo ejercicio de detención. Volverá a La Boca, ingresará al teatro y serán otros ahogados gritos los que reclamarán su voz.


domingo, 28 de agosto de 2011

Maestro

Arriba

La orquesta irrumpe. Dos chicas ¿japonesas? enloquecen, aplauden, saludan y se miran entre ellas con sonrisas cómplices. Durante unos minutos de concierto abandonan sus celulares en los que estuvieron consultando direcciones, precios, recorridos de colectivos, restaurantes, actividades. Ahora el celular hiper inteligente graba las imágenes que sienten con el cuerpo, todas enteras, atravesadas: TANGO.

Sin aliento un tema tras otro y él, enorme, inmenso ES bandoneón. El cuerpo arqueado hacia adelante, la fuerza que parece sutil, una energía extraña, innombrable, pero que se siente: así.



Afuera del Centro Municipal de Exposiciones la ciudad se inunda de vapor de alientos quejosos: "Pucha, me muero de frío". Adentro la ropa de abrigo reduce el espacio entre los asientos, un grupo compacto de escuchas. Un joven graba con su cámara el escenario y después se graba a él mismo saludando. Una pareja descubre el lenguaje de sus manos. Dos mujeres se ponen a charlar en voz alta. Al costado de el escenario varias parejas bailan y la periodista de un canal de televisión hace entrevistas en vivo.

Leopoldo Federico habla poco, cede el lugar a su música. La orquesta y el público se crean y renacen entre vibraciones.




Abajo


Un domingo temprano en la provincia de Buenos Aire y una joven que sale a comprar. Al entrar en la panadería lo ve, su vecino con el que nunca antes se había cruzado pero justo ahora, sí, es él. Balbuceando palabras-como-recuerdos mantiene la puerta abierta:

-Maestro, Leopoldo, pase. Que gusto escucharlo en el festival, el sábado pasado, me encantó, disculpe pero me emocioné, que vergüenza-

Se ríe: -¿Usted estuvo ahí?-


volver a
escuchar
el instante mismo
en que:




lunes, 22 de agosto de 2011

NN


"Ya intenté mirar bien de cerca el rostro
de una persona -una boletera de cine-.
Para conocer el secreto de su vida. Es inútil.
La otra persona es siempre un enigma.
Y sus ojos son de estatua: ciegos."

Prólogo de Via crucis del cuerpo
Clarice Lispector


Tanteaba sus últimos minutos, hacía equilibrio en la densa noche de su vida. Un amigo de la infancia caminaba a su lado cuando ingresaron al vagón. Esta vez no tardaron casi nada en darles el asiento pero llegando a Miserere se sintió mal, una puntada fría, honda, que podría distinguir perfectamente, el lugar preciso que le quitaba el aliento y un intento desesperado por oxigenarse. Cayó al piso y su amigo escuchaba los gritos de la gente: se desmayó, debe ser que le bajó la presión, paren, paren y demás exclamaciones protocolares. Los gritos se fueron incrementando, después silencio.

En Twitter advertían que la línea A no funcionaba:

"no arranca mas el subte!! El hombre se murió!!"

"Fuck! Murió la línea A de subte! Voy a probar la C"

"Se murio un tipo en Linea A (Pza Miserere)"





Los pasajeros del tren Sarmiento se acercaron para mirar el lugar del deceso. Peritos, policías, fotos. El amigo de la infancia permanecía inmóvil con su bastón blanco recibiendo el consuelo de la guarda. Un policía agarró una mochila con los guantes de látex y comenzó a sacar las pertenencias: una billetera, otro bastón blanco y unos pañuelos descartables. Los ojos de los pasajeros asistían a la escena tratando de dilucidar lo que había pasado, todo era luz, pura imagen que los absorbía al punto de que no se dieron cuenta de que llegaba el tren.

Una chica le vio la cara, el cuerpo inerte tapado con una bolsa blanca se la había revelado con toda su crudeza. Pudoroso, anónimo, reclamaba una muerte menos espectacular, las circunstancias lo habían depositado ahí, en medio del vagón con toda esa gente a su alrededor. Salvo su amigo.

Esa cara, pálida, los ojos cerrados, la rigidez. La manifestación de un cuerpo en rebeldía, terrorífica. Una revelación que los había vuelto a todos unos perfectos desconocidos.

martes, 16 de agosto de 2011

Duelo


Apareció para recordarle la posibilidad de su inexistencia. La vaciaron.





¿Y qué dirán?


Se tomó el tren de las siete para llegar a horario. No se había percatado de la rutina, volvía siempre, jornada completa. Había que alcanzarle el diario a Pedro que desayunaba de lunes a viernes y algún sábado llevaba a los nietos. Y el café bien cargado, con dos medialunas de manteca. Extrañaba tanto a Elsa, había dejado de venir como quien se extingue sin razones y queda olvidado para siempre. Pero él de vez en cuando tenía la manía de sentir que era ella todos esos que se sentaron en su mesa durante otros tantos años. El loquito de las siete siempre con la pila de libros, impaciente esperando que abrieran. Anteojitos y cara rara encima poca propina, horas y horas meta leer, anotando de vez en cuando. Los turistas que pedían "la foto" que antes había sacado mal seguro, lo habrán puteado en su país de origen y ahora con las camaritas nuevas esas había que repetir unas cuantas veces. Las primeras citas, el nerviosismo de la rubia tremenda esa, parecía de teatro de revista pero estaba tan incómoda, daba la sensación de que le gustaba mucho el tipo. Pocos nenes, pocos, pero que miraban todo con los primeros ojos que yo fui perdiendo con el tiempo, me acostumbré a eso que a todos los deslumbraba, que se yo, es como tu casa viste, al principio te gusta, después te acostumbrás, pero siempre sabés que es tu casa y que no te va a gustar irte y si te vas te vas a acordar de todo para volver con tus nietos a las ruinas y decirles "¿Ves? acá vivió el abuelo y conoció a un señor llamado Pedro, ¿de Elsa te conté? y esa rubia, que minón por favor.".

Che, no no, vení, vení para acá, no se puede entrar.

viernes, 12 de agosto de 2011

La Richmond

"Yo, que veo, tengo también mi profundidad,
ya que estoy adosado a lo visible que veo y que sé
muy bien que me envuelve por detrás. El espesor
del cuerpo, lejos de rivalizar con el del mundo, es,
por el contrario, el único medio que tengo para ir
hasta el corazón de las cosas, convirtiéndome
en mundo y convirtiéndolas a ellas en carne"

"Lo visible y lo invisible", Maurice Merleau-Ponty





Decían que te ibas.

Temí.

Se van a llevar las mesas de madera, las cómodas sillas-sillón, el subsuelo masculino de jugadores de ajedrez, el techo con espejos y molduras en madera. Te fui descubriendo de a poco sorprendiéndome con cada nuevo espacio.

Reemplazarán las luminarias antiquísimas, la atmósfera suavizada con tonos ocre por esa luz tan impersonal de tubo. Y adiós demarcación espacial, minimalismo brillante con estantes de plástico. ¿Y el olor a café? se irá a cambio de zapatillas y vestimenta último modelo a precio dólar para los turistas que desfilan por la calle Florida.

La empresa se agazapará para devorarlo todo con la promesa de mantener la fachada intacta. Como la casa de comidas rápidas, dejaron la construcción exterior pero adentro todo fue correctamente estandarizado, homogeneizado.

Las estrías de la ciudad, las marcas que la madera se resiste a repeler. Opacidad de una visión que avanza dificultosamente, que encuentra en cada objeto una narración inconclusa contra un consumo instantáneo del veo-llevo-compro.

Ayer te declararon sitio histórico y hoy empiezo a temer un poco menos. Pienso en la confitería El Molino, mi insistencia en asomarme por la puerta entreabierta, la dominante de grises y los innumerables anuncios de salvataje. Pero día a día las puertas tapiadas, la suciedad de las paredes y la imposibilidad de recuperar lo que desconozco, esas antiguas voces silenciadas en una violenta omisión.

El lunes cuando pasé delante tuyo me quedé inmóvil, cambié de bar, traté de olvidarme, te reemplacé rápidamente.

Sin embargo persiste en mí cierta nostalgia.

No me gusta hablar tanto en primera persona pero es la primera persona la que se apoderó de mí para decirme lo importante que sos. Ya comienzo a extrañarte.

viernes, 29 de julio de 2011

Siguen llegando


Banda de sonido
"Veo cucarachas
Veo cucarachas en la pared
Veo cucarachas
Veo cucarachas en la pared"

Triciclos Clos
http://tinyurl.com/42yc3fw


Obra de Juan y Diego:


En la oficina las cucarachas ocupan progresivamente mayores espacios, primero fueron las hornallas desde donde aparecían una tras otra. Una vez encontré una pequeña incinerada, salía justo cuando me apresuraba a calentar la pava para tomar un té. Entre la mesada de la cocina y la pared aparecieron las primeras cucarachas bebés, casi diminutas. También parece que los puntitos negros de la pared son huevos.

Precisamente, las cucarachas aparecen mencionadas en varias obras de Clarice Lispector. En una crónica de Descubrimientos la experiencia del asesinato se convierte en un suceso perturbador que termina con un ejercicio de lenguaje como táctica de encubrimiento: "Esta casa fue desinfectada". Mientras la palabra asesinato abunda a lo largo del relato desinfección sirve de paliativo.

Lo mismo sucede en su cuento para chicos La mujer que mató a los peces donde un olvido alimenticio termina con la vida de lindos peces de colores. El cuento es un ejercicio que realiza la narradora (también llamada Clarice) como pedido de disculpas para lograr superar el hecho traumático. Y allí se mencionan las cucarachas, las que invaden su casa comiendo la ropa, destruyendo todo, con estos sucesos la protagonista decide llamar a un fumigador.

En medio de la realidad cotidiana nos repugnan estos bichos y los matamos con rapidez y efectividad. Seguimos con nuestra rutina, limpiamos la cuchara sucia por las dudas y nos tomamos el té, higiénicos. Pero para Clarice ningún hecho es menor, encuentra la inspiración de lo no visto y los olvidos voluntarios como supervivencia. Clarice advierte los asesinatos cotidianos y las muchas pequeñas muertes. Su existencia, su propia vida también está constituida por la pérdida.

Tengo que leer La pasión según G.H. y ya sé, me sobran cucarachas pero me falta talento. Solo pienso en matarlas.