domingo, 10 de enero de 2016

Los veranos: El poder de Samanta


"¿Querés uno de esos livings? ¿Eso querés? 
¿El mármol de las mesadas? ¿La bendita azucarera?
¿Esos hijos inútiles?¿Eso? 
¿Qué mierda es lo que perdiste en esas casas?"


"Los pibes están quemados, no quieren aprender, no les importa nada, vienen fumados. Vas a tener suerte si viene alguno y si no se van antes...". Esa es la sentencia que escuchó cuando estaba a punto de entrar por primera vez al aula. 
Pasaron varias clases hasta que los pibes empezaron a aparecer, a salir del letargo que les habían impuesto y ellos habían asumido. Juani, de apenas veintidós años, volvía a cursar sus estudios pero su pasión era otra, el hip-hop. En un puñado de palabras daría su propia clase de poesía, "poesía de la calle". 
Didi venía de varios accidentes automovilísticos, exhibía cicatrices y exponía habitualmente la sensación de haber pasado por un coma inducido.
Kevin se escondía entre sombras. Era apenas divisible al ingresar al aula y a ella, "la nueva", la profe, le costaba prender la luz cuando entraba. Comentó una vez la alegoría de la caverna y fue así que ella empezó a comprender sus sombras. Era un apasionado de la música y la filosofía. Hace unos años, cuando era chico y le restaban unos pocos meses para abandonar el secundario, un profe le había hablado de teorías filosóficas. Filósofos, lógica, todo eso le gustaba mucho. 
Elena se esforzaba por leer después de haberle prestado el cuerpo a la entrega de combos y la sonrisa forzada. Le preguntó una vez si había escuchado la canción de rap que mencionaba un fragmento de Rayuela de Cortázar. Gracias a Canserbero lo conocí a Cortázar y el capítulo que menciona habla del amor. Lo dice sin decirlo y eso me gusta.
Decidió leerles un cuento, Nada de todo esto, del libro "Siete casas vacías" de Samanta Schweblin. Sus páginas se fueron apareciendo entre viajes y cansancios. El texto resistió las voces de los bares. El texto se impuso y ese era el desafío con los nuevos alumnos.
Era un cuento largo que se acentuaría con una ronquera densa y persistente, producto de una gripe sin reposo. Comenzó a leerlo con una tos intermitente, siguió mientras el silencio se iba acompañando por miradas atentas. Y cuando terminó afloraron las interpretaciones.
Las carencias. El tener frente al no tener. La mirada de hijo y cierta sensación de alivio vengador. Las diferencias de clases. Las voces resuenan en el aula y se definen.
Ella agarró el auto semana a semana y se fue metiendo en esas casas casi herméticas. Ellos, los alumnos, fueron entregando sus propias experiencias, construyendo una nueva casa compartida.
Se dijo a sí misma que existían aunque no los vean. Sintió que esas pocas semanas, la suplencia más breve, fueron las que le hicieron repensar la profesión. Las que persisten en la memoria y vuelven en la lectura veraniega.

Schweblin, Samanta, Siete casas vacías, Madrid: Editorial Páginas de Espuma, 2015.

martes, 5 de enero de 2016

Los veranos: "Leche merengada" de Paula Tomassoni


Comienza una nueva sección con reseñas de textos leídos en este verano porteño. 

"La abrió y extrajo el disco metiendo el dedo 
en el agujerito del medio. Se notaba su afán 
por no tocar el cuerpo metálico, como cuando
 jugaban a caminar por la vereda sin tocar 
las líneas de las baldosas" 





Colectivos, subtes, sala de espera, calor, conurbano. Este libro transitó esos lugares en el periodo previo y posterior a la navidad, entre el 2015 y el 2016.

Mientras la protagonista, Marina, intentaba salvar un cordero descongelándose por los cortes de luz, en nuestra familia también se desataba una tragedia... Un matambre quedó solito, olvidado en el supermercado. La lectura me volvía, inevitablemente, a la cotidianeidad.
Fue imposible leer Leche merengada sin sentirme parte de esa historia. Pequeños dilemas familiares que estallan en catástrofes y la persistente conexión entre pasado y presente. Marina sobreviviendo en medio de esa vorágine pegajosa como el calor de la ciudad. 
Me gustaron los monólogos interiores que resignificaban los vínculos, la desestabilización de ritos incuestionables como si de pronto se arrancaran las luces del árbol y el árbol mismo. La furia contenida y la necesidad de encontrarse en el otro que vuelve con complicidad de infancia.
Hay también una estructura de lo imposible, de lo que es en potencia y estalla por dentro. Como este calor que ahora adhiere las hojas. Vayan entonces por sus lecturas.

Tomassoni, Paula, Leche merengada, La Plata: Estructura Mental a las Estrellas, 2015.

domingo, 29 de noviembre de 2015

Menos cielo

Los botines se aferran al piso plástico e impiden el balanceo del cuerpo. Los mismos piecitos que se aferraban al Paraná y corrían por las calles de Ayolas. Los dedos buscan hundirse en el barro.
El pasto sintético arde en las rodillas y él recuerda una vez más. Esta vez las moras se aplastan en las veredas ensuciándolas, ese pegoteo que los nenes esquivan y que le recuerdan a sabor antiguo, a pequeño robo planificado.
El sudor se hace notorio y denso. Ese mismo hedor
 que se mezclaba con agua fresca, correntada.
La luna, cree ver la luna reflejada en un charco de la General Paz. Tiene menos cielo pero insiste en aferrarse a esos pequeños momentos de lo que nunca se va olvidando.
El número 7 de la camiseta y el nombre, "Pato", contrastan con las remeras agujeradas. En invierno y en verano la remera amarilla desgastada que se prolongaba en los dedos maternos con hilos de colores.
De un área a otra: piques, codazos, roces. 
Volver a casa. 


jueves, 12 de noviembre de 2015

Nadadores

Los dos sentados, uno al lado del otro, como casi siempre, juntos. Están en frente al papá que sigue el recorrido por la ventanilla. Los mismos ojos, casi la misma cara, pero separados por un abismo de cinco años. 

El menor mueve los brazos al estilo pecho y la mirada del mayor se desliza en los movimientos. Hace señas de que no, que otra vez... Reitera el movimiento y mueve la cabeza negando, que no es así, es otra cosa que nunca nunca va a entender. Así, así, ¿¿¿ves??? 

Los gestos y movimientos se aceleran. Refunfuña, está a punto de llorar. El resto del viaje permanecerá silencioso observándolo de reojo.  





sábado, 31 de octubre de 2015

Instantánea



Una nena le grita a su mamá. No la escucha, está con sus tres hermanos y un carro destruido que arrastra con fuerza. La nena grita en dirección a un auto, se agacha: "la paloma, la paloma". El auto frena, se baja el acompañante del conductor y se agacha sobre el pavimento. Los brazos salen con paloma. La deja sobre la vereda al lado de la nena que ahora salta y se ríe a carcajadas. 
La madre nota la situación y comienza a reírse. Nos miramos, nos encontramos con madre, nena, conductor y salvador. El tipo se bajó nomás, se-ba-jó. 
Atrás los autos tocan bocina de forma desenfrenada. En la vereda pasa la gente con un ritmo frenético. Nosotras seguimos a ritmo lento de paloma. Felices y moribundas.

domingo, 4 de octubre de 2015

Las tristezas



Voy por la calle pensando en que lo tengo que escribir, en cómo escribirlo. Aminoro el paso por Callao y balbuceo algunas frases. Se me va a escapar, si a esto no lo escribo se me escapa, necesito imprimirlo en algún lado. No puedo escribir en un papel como otras veces, voy caminando, no me detengo. Pienso en algunas frases que me suenan lindas, poéticas. Se me vienen imágenes: el colectivo, la noche. Una mujer mayor que observa a la chica. Recuerdo mi risa contenida.
Cuando estoy llegando a tomar el subte observo a un hombre bailando y cantando al estilo Mona Jiménez, con la manito para arriba y para abajo. Cruza Bartolomé Mitre a todo ritmo cantando "¿quiénnnnnn se ha tomado todo el vino oh oh oh?".
La frase no va a volver, ni sé qué extraña conexión encontré entre el bailarín y la chica del colectivo. Imaginé que le bailaba a alguien, que quería que alguien sonría. Imaginé que no era sólo una sino más de una, tristezas.

Estridente suena la voz. Desde el celular que cuelga en sus manos alguien canta, un canto de cancha. La voz metálica resuena fuerte, retumba en el medio del colectivo casi vacío. Algunos se ríen, otros miran para ver de dónde viene. No saben. Y ella ríe, ríe desde adentro, ríe con dolor profundo.
Alguien dice en el medio de la noche que vamos vamos, que ganamos, las cosas van a estar bien, Adri sos una capa y ya va a pasar. Canta como si estuviera en la cancha pero se nota un ausencia total de sonido circundante. Ambas están solas. La voz femenina va y viene del celular. La pasajera sigue riendo con todas sus fuerzas hasta que se percata de que no está sola, que hasta el colectivero bajó el sonido de su radio para escucharla.
Adri silencia el celular y sigue mirando la pantalla durante todo el viaje. Son dos que viajan en medio de la noche. Se quieren. Cuando llegue y la presencia de la casa se imponga, cuando sienta que otra vez todo le pesa, ahí aparecerá nuevamente la voz de Adri. Y reirá, reirá mil veces, encontrará su propia canción.




domingo, 27 de septiembre de 2015

Las horas



Chyou espanta palomas. Desconoce el ritmo que le imponen colectivos y autos a la avenida, para Chyou el mundo se reduce a la fuente, el pasto, algunos nenes y las palomas.

Cuando llegó a la Argentina, una de las primeras palabras que aprendió fue Rivadavia. Aprendió muchas más que con el tiempo se le fueron escapando. Palabras, mundos, gente, todo se le iba imperceptiblemente. Chyou no se resistía, seguía el ritmo desacelerado de los días. Esos días que se acumulaban en una especie de engrudo inconcluso en el que se destacaba la plaza.

Los sábados a veces hay feria de las naciones con puestos, inflables, música, gente y comida. Chyou, sin embargo, prefiere los días apacibles de fútbol, los silencios intermitentes y el ritmo de termos y mates.

A veces Chyou espanta palomas. Es un momento breve pero extremadamente intenso. Chyou despliega la totalidad de sus fuerzas en accionar el botón, el dedo lo oprime suavemente y la silla se impulsa y avanza. Avanza despacio pero Chyou siente en ella la eternidad. Cuando las palomas vuelan Chyou las observa, se pierde entre cielo, alas, verdor. Y cuando cree haberlo logrado, cuando siente que es suyo el instante, la enfermera agarra la silla y cariñosamente le dice que ya es hora de volver, que se hizo tarde. Chyou muere una vez más.


Poema de Miguel Ángel Bustos