Refugiarse en la entrada ante una lluvia persistente, sentir que con un solo paso por fin se puede entrar a esa otra dimensión pero no, salir corriendo para tomar el colectivo 26.
Intuir que la anacronía lumínica es deliberada, que se resiste a las luces dicroicas y las de tubo. Dice que no con una nostalgia tanguera
La mañana del 4 de febrero de 2010 pasa y se dice a sí misma ¿por qué no? ¿Y si esta vez, este mediodía entro? Después de un año y medio de dudas, entrar. Vuelve a mirar hacia adentro y descubre una estatua blanca reluciente de un galgo.

Una vez adentro no sabe donde sentarse, por primera vez conoce el lugar desde adentro y finalmente elige una mesa que queda frente a la ventana que da a Lavalle.
El mozo se le acerca inmediatamente y ella, acostumbrada a pedir la carta para ver precios y elegir con tranquilidad, nota que en este lugar rigen otros códigos. Pregunta qué puede comer en sándwiches y el mozo le dice todas las posibilidades con las variantes de precios.
Se queda mirando todo a su alrededor y nota la imagen difuminada del bar en un espejo manchado por el paso de los años. Mira arriba, quiere descubrir las luces de lamparitas parecidas a las de los trenes antiguos de la línea A pero no, finalmente había luz de tubo. De todos modos la dominante de color sigue siendo cálida, quizás por las paredes de madera y la fuerte presencia de la luz exterior.
Cuadros con perros, muchos perros, ¿por qué galgos? No lo sabe, quizás nunca lo sepa, pero confía en la necesidad de los enigmas.



















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