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domingo, 5 de octubre de 2014

Una magia

Un reloj pulsera llamativo, gorro y equipo deportivo de marca llaman la atención en el subte. Escaso metro cincuenta luce con estilo y vigorosidad las prendas. La percepción va reconociéndolo, pronto se llamará Elton.
Elton se retuerce con el vaivén del vagón y expresa mil palabras inaudibles. Se percibe una muchacha varios centímetros más alta, Juana. Elton, ronroneante, se acerca y se aleja de ella. Juana lo mira desde arriba con displicencia y acepta la cabeza que se sumerge en su brazo. Elton le habla continuamente.
En los pocos minutos de intimidad colectiva se lo puede ver a Elton todo enamorado tratando de conquistar a Juana. ¿Alguien los mirará? ¿Alguien percibirá esa mínima explosión? El aplastamiento no parece favorecer al detenimiento en ellos dos. Las pantallas de Candy Crush que iluminan las caras tampoco. La música auricular provoca adormecimientos repentinos.
La imagen queda cristalizada en el reflejo de la ventanilla con intenciones de sacar una foto para esta crónica. Juana y Elton se bajan en Miserere.

* * *
“Trato de ver las bocas de los que pasan por la puerta de mi casa para saber que de cada lengua salen palabras que transitan las ondas de sonido y se instalan en las paredes de mi oreja para después evaporarse entrando en una larga línea descendente en la que están alojadas todas las palabras que se pierden, todos los rasgos que se olvidan, los pequeños movimientos que ni siquiera se registran en la memoria y quedan flotando en una enorme tierra de nadie”

Fragmento de De este lado del Meditarráneo (1973) en "La novela de la poesía", Tamara Kamenszain 


sábado, 12 de enero de 2013

Ese día


Y era el último días de los vagones La Brugeoise. Los mismos vagones de siempre, de antes, iluminados por flashes. Hay que viajar en el primer vagón, hay que mirar por la ventanilla, hay que sacar fotos, muchas fotos porque son las últimas y es el último viaje y no los vamos a ver más, nunca. Y la experiencia se acota a uno o dos viajes, el ojo se acomoda a la lente y el límite de los vagones debe necesariamente traducirse en algo nostálgico y conmovedor.


Los turistas ocasionales, los que casi nunca viajaron en esos coches, los que viajaban siempre para ir al trabajo, los que nunca los conocieron, todos, necesitan vivir esa última experiencia pagando la módica suma de 2,50. 
Pero un día, unas horas, no alcanzan. La experiencia en esos vagones se constituyó previamente en despedidas no reconocidas, recorridos obligados y viajes imprevistos.

Ahí está el nene que sube en la estación Primera Junta para dar la estampita y pedir una moneda, una colaboración, algo. Sus brazos conocen a la perfección el movimiento de apertura de puertas, lo optimizan para reducir unos segundos que con la ayuda del guarda permiten el cambio de vagón. Y ese pasaje incluye un salto cuando el tren aún no frenó definitivamente para disfrutar de la velocidad que le da a los pies un movimiento rápido, un vuelo rasante. También están las charlas interminables con los otros vendedores y los empleados del subte que le imprimen a su infancia crecimientos repentinos. Pero hoy no es su día, hoy es el día de la despedida, el más importante de todos. 

En Plaza de Mayo la señora y el señor hablan por las cámaras de televisión, cuentan que los van a extrañar, que son tan lindos, que ya se sacaron las fotos. A su lado pasa el guarda con una mujer que lo persigue, le pidió que le sacara una foto en el vagón y charlaron, charlaron tanto, todas las estaciones y ahora que él bajó ella lo sigue. Quizás hasta se anime a pedirle el teléfono. 
El nene sigue en Primera Junta, a su alrededor varios cables, algunos periodistas. Hoy no trabajó, no pudo, tampoco mañana ni pasado. 






viernes, 28 de diciembre de 2012

La despedida

Podríamos decir que por la línea A continuarán circulando por muy corto tiempo los antiquísimos coches La Brugeoise. Podríamos decir que fueron construidos entre 1912 y 1919 por una empresa belga y que han transportado pasajeros de todas las épocas. Podríamos decir, pero no decimos, porque en estos días el patrimonio histórico ha pasado a convertirse en chatarra, en "los viejos de más de 100 años" o "los que afectan el servicio". 
En estas épocas modernas los antiguos coches tiene que desaparecer, hay que destruirlos, venderlos por un muy buen precio al exterior o condenarlos a un reducto estéril e inmóvil de museo. Pero mientras los funcionarios se regordean desde sus oficinas los trenes aún sobreviven y circulan las vías en un andar persistente. Sublevados continúan atrapando pasajeros. Como le pasó hoy a la redactora de este blog, es decir, yo, que decidí hacer mi último viaje atemporal. Mi única intención era sacar algunas fotos para publicarlas. 




Fui hasta la estación Perú y esperé que llegara alguno de esos antiguos trenes, poco a poco la nostalgia me fue venciendo y comencé a recordar. Todo lo que viví ahí adentro... como cuando las luces se van apagando y prendiendo los recuerdos se me volvían intermitentes. Y me subí rumbo a Plaza de Mayo para después retornar hacia Primera Junta, me subí en uno de los vagones del medio pero recordando los privilegios del primer vagón. Me cambié entonces y me ubiqué frente a la ventanilla. Seguí sacando fotos y el conductor me miró riéndose (sin recordar en ese momento otra entrada de este blog). 
Unas paradas más adelante subió un nene de unos cinco años. Sentía que su asombro era también el mío aunque él lo expresara ante sus padres con un "Guaguuuu mamá mirá el tren que viene ahi. ¡Mirá, mirá!".
Y pensé en inventar alguna historia, algún personaje que deambule por estos coches. Pero me di cuenta de que cualquiera de esos personajes iba a ser yo. Yo con esta angustia de pérdida, con ese duelo persistente y la necesidad de decir que estos trenes que se van son tan míos como tuyos, nuestros. Y así nos van destruyendo de a poco dejándonos sin identidad, vacíos de historia pero tan modernos, relucientes, nuevitos.




sábado, 23 de junio de 2012

Con vos


Juli tiene doce años y todas las mañanas ingresa corriendo a la estación Uruguay de la línea B de subterráneos. El ingreso consiste en mamá Thema pasando por los molinetes y Juli ingresando por la puerta del costado. Juli nunca le confesó a Thema que le gustaría entrar como los otros chicos por los molinetes, se limita a seguir la rutina con rapidez para que no se de cuenta el guarda. Después bajan corriendo las escaleras e ingresan a las apuradas en el subte con miedo de que las puertas se cierren ante la inminencia de la señal sonora. Juli tiene miedo de entrar y que Thema se quede del otro lado, no quiere viajar sola pese a que le advirtieron que a partir del próximo año ya no la acompañarán más. “Estás en un periodo de adaptación” le dijo un día la abuela Elsi pero para ella la adaptación significaba una eterna y dolorosa despedida de mamá, de las charlas en el vagón. ¿Cómo iba a bajar entre tanta gente? ¿Quién le iba a dar la mano salvadora?

La abuela Elsi era chueca, había quedado con una pierna más corta después de una artritis infecciosa que tuvo cuando era chiquita. Juli recién se dio cuenta a los diez años, había naturalizado su estilo de caminar a tal punto que no le parecía diferente de los demás. Y preguntó, preguntó desde un profundo amor por Elsi, por Elsi chueca, por Elsi abuela. No supo entender bien lo de la enfermedad pero inmediatamente comenzó a comparar el andar de todas las personas tratando de distinguir algún paso característico, algo que los distinguiera o asemejara de la abuela.

Que la mamá se llame Thema tampoco fue algo que le llamara la atención, era mamá Thema. Las otras mamás se llamaban María, Susana, Victoria, Virginia, Liliana, Sandra, Claudia, pero ninguna Thema. Quizás podrían decirle “Zema” pero todos preferían decirle “Tema”. Y el mundo de Juli era Thema, era Elsie, era recorrer las calles que le resultaban peligrosas, avanzar entre la gente alta, los gritos de los vendedores ambulantes. Ese mundo comenzó a agrietarse el día que entró por primera vez al subte por los molinetes, ese día se sintió grande, se sintió feliz. Thema pasó por un molinete y Juli por otro, entraron corriendo al vagón y las puertas la golpearon a Juli pero apenas le dolió. Un hombre se acercó a Thema y la miró a Juli. Thema lloró, lloró como nunca antes había llorado, lloró como nunca antes la había visto llorar Juli. Y Juli pensó que esa era la despedida, que mañana iba a volver al cole sola, que no sabía bien en donde bajarse y ¿cómo iba a ver los carteles si estaban tan altos? 



jueves, 17 de mayo de 2012

Crónica del paro de subtes


 Día 1 - Miércoles 16 de Mayo 18:00 hs Plaza Congreso

Imprevistos ruidos comienzan a aparecer en las oficinas porteñas. La monotonía sonora se interrumpe. Fricción de dedos con teclados, sillas plásticas, alertas de mails. Bocinazos. Ascensores, timbre, pava hirviendo. Bocinazos. Bocinazos. Bocinazos. Sirena de ambulancia.   
Salen. Como otros tantos zombies deambulan añorando la oscuridad de un descenso interrumpido.

Las pupilas dilatadas apenas pueden distinguir las letras del cartel luminoso:

Línea A Interrupción total por medidas de fuerza gremial
Línea B Interrupción total por medidas de fuerza gremial
Línea C Interrupción total por medidas de fuerza gremial
Línea D Interrupción total por medidas de fuerza gremial
Línea E Interrupción total por medidas de fuerza gremial
Línea H Interrupción total por medidas de fuerza gremial
Línea P, Premetro, Interrupción total por medidas de fuerza gremial

Frente a la plaza Congreso se amontonan en largas filas distribuidas por líneas de colectivo: 7, 5, 8 (más conocida como 86). La cola del 5 abarca aproximadamente media cuadra. Llega el primer 5 repleto, algunos corren por avenida Rivadavia. Llega también el 7, un hombre se sube por la última puerta. Una mujer le grita al guarda que entrega los boletos: "No puede ser, hace mucho que estoy esperando, tiene que abrir, tiene abrir", se gritan, el tono es cada vez más elevado y la atención de los que esperan pasa a poner en primer plano la escena.

Llega un 5 vacío, los pasajeros se miran, se ríen, no puede ser VA-CÍO ¡¡¡es un milagro!!! Suben y se sientan, ¡se sientan! bendiciendo la ocurrencia de la línea de colectivos. El chofer dice: "Bienvenidos, la temperatura a bordo es de 24 grados, partiremos". Los pasajeros se ríen y el chofer continúa los chistes. Llegando a Acoyte advierte que parará más adelante porque sino se quieren subir todos y no hay más lugar. Una mujer comienza a tocar timbre a los gritos de que  pare, que ya se pasó una cuadra. Los pasajeros riéndose la calman, le explican que va a avanzar un poco más. La señora baja refunfuñando. 

Día 2 - Jueves 17 de Mayo 8:15 hs Primera Junta

El 132 ya parte repleto desde Avenida Carabobo. Se suben como pueden, se acomodan. 

—Buenos días, ¿cómo le va? Soy Florencia la llamo por el asunto de la venta. 
...
—Que soy Florencia López Arregui, la llamo por el tema de la venta.
...
—Ah sí sí, bueno entonces la vuelvo a llamar a la tarde. Gracias, hasta luego. 

Una señora sube por la puerta del medio y el guarda le grita:

—La señora subió sin boleto ¡maleducada! ¡lo tiene que sacar!
La señora le responde desde el interior del colectivo:
—Maleducado vos ¿les parece que yo tenga que pagar con plata cuando tengo la tarjeta SUBE? no, no y no, yo no pago nada, yo tengo la SUBE. Un día como hoy con este lío... No hay derecho, maleducado será él.
Las puertas se cierran y desde abajo el guarda sigue gritando.


Una chica ve un 141 y le dice al novio:
—Ay, mirá ese vacío, tendríamos que haberlo tomado.
—Pero no nos deja, nos iríamos a cualquier lado.
—No importa mirá lo vacío que va...
—Jeje. 


—Estoy en Rivadavia, todavía en Primera Junta. 
...
—No todavía no pasé por tu casa, estoy antes, todavía no. 


La señora que no sacó boleto saca unos anteojos y un libro de la cartera 
 La lágrima abre su corola celeste sobre un signo de interrogación. 
A veces es una pregunta. A veces es una respuesta. Pero siempre 
es un mensaje. Pero siempre es una mano que se tiende, 
suplicante y abierta, en busca de otra mano que la estreche. 
Y nace lejos de los ojos.(1)
 
—¿Hay mucha gente? Yo hace mucho que estoy acá, no sé a qué hora llego.
...
—Y sí, con este lío mucha gente ni fue a trabajar.


—Hace como dos horas, te mandé como tres mensajes, ¿no te llegaron?


[Cartel: Hipólito Yirigoyen] ¿Todavía no llegamos a Once?

 
—Sí, te llamé para que me manden las boletas. No me llegan las de Edesur, Telefónica y Metrogas. La de Movistar sí, esa me llega.


Una chica que está parada apoyada en la puerta saca un libro de su mochila
 Nadie vive su vida.
Azares son los hombres, voces, fragmentos,
días de trabajo, angustias, muchos pequeños ocasos
disfrazados desde niños, embozados,
adultos como máscaras, enmudecidos como rostros (2)


[Cartel: Arminda Abersatury - Centro integral de la mujer - Centro de inclusión digital] ¿Quién es  Arminda Abersatury?


La señora que no pagó el boleto pide permiso para bajar, se queja, baja empujando a la chica  y desde abajo dice:
—Debería haber más lugar, no puede ser.

—Disculpáme, ¿la próxima es Callao?
Sacándose los auriculares —¿Qué?
—Si la próxima es Callao.
—Ah sí, sí, Callao.
—Gracias. 


(1) Fragmento de "¿Qué es una lágrima?" de Poldy Bird
(2) Poema 13 del "Libro de las horas" (De la peregrinación), Susana Thénon.

miércoles, 28 de marzo de 2012

¿Lo digo?

 "Y ahora reitero mi desafío amigable: escriba sobre 
la vida, lo que significaría usted en la vida. (Si no 
fuera cronista de fútbol, de cualquier manera sería
 escritor). No importa que, en esta columna que pido, 
usted entre por la puerta del fútbol: eso le facilitaría 
romper el pudor de hablar directamente. Y más, para 
facilitárselo: le dejo que escriba una crónica entera sobre 
lo que el fútbol significa para usted, personalmente, y no 
sólo como deporte, lo cual terminaría revelando lo que 
usted siente por la vida".
Crónica de Clarice Lispector, 
"Armando Nogueira, el fútbol y yo, pobrecita"




El primer sábado se los cruzó en la puerta de una escuela, estaban tomando vino y cantando a favor de River. Esperaban que llegue el micro que los llevaba a la cancha. Y ahí sintió un primer impulso, intentó no mirarlos pero los colores blanco y rojo la encegecían. Se dijo que mejor no, que había que seguir adelante. Y siguió caminando con la disminución progresiva de los cantitos. 

Dos sábados más tarde le tocó un reencuentro en la línea C del subte. Subió en Avenida de Mayo para hacer solo dos estaciones hasta Independencia. En la espera una mujer le advirtió la presencia de unas pequeñas cucarachas que acechaban, varias cucarachas tapizando las paredes mugrientas de la estación. Quizás estaban disfrutando algún residuo dulce, jugo derramado o migas de galletitas.  

Cuando entró al subte comenzó a escuchar otra vez los cantitos, pero esta vez estaban acompañados por críticas a los hinchas de Boca, logró escuchar: "Che bostero che bosterooooo". Y esta vez los miró, dio vuelta su cara para absorber completamente la situación, trató de escuchar cada una de las agresiones que se le iban adhiriendo. Se rió, no pudo sostener la profunda tentación que buscaba una mirada cómplice, alguien que también perciba eso que estaba ahí y los interpelaba. Pero los cuerpos inertes querían llegar a sus respectivas estaciones para descender de la formación. Cuerpos desapasionados, tristes, apáticos.

Le tocó a ella descender y ni bien salió del vagón subió las escaleras. El impulso se le hizo incontrolable, sintió una necesidad imperiosa, un grito que la dejara afónica. Fueron unos pocos segundos de escalones e imágenes que la hicieron retroceder hasta la estación. Su mirada se tambaleaba entre el cierre de puertas y los hinchas despareciendo esmerilados contra el vidrio. La banda de sonido incluía en simultáneo la señal de alerta que avisaba ese cierre y los gritos de la hinchada que se volvían cada vez más desaforados. Estaba aturdida y acalorada, la garganta se preparaba para decirlo. Se imaginó en esos segundos gritándoles, los veía adentro putéandola y perdiéndose en el túnel. Sentía el ruido de las botellas de cerveza que caían en las vías. Sentía el balanceo del vagón producto de los saltos descontrolados. Y se oía a sí misma con tan poéticas palabras: "Vos sos de la B gallina, ¡¡¡sos de la B!!!, vos-sos-de-la-B". Pero volvió a las escaleras. Pasó el molinete. Salió hacia afuera. Se cruzó con los que ingresaban a la estación. Cobarde. Estas palabras no te redimen. 

lunes, 23 de enero de 2012

Posibles Buenos Aires - Pinta Daniela Boo

Se baja y se sube, se vuelve a bajar de escaleras, colectivos, trenes, subtes. Son exactamente las mismas calles que se recorren con un ritmo frenético y la mínima atención posible para percibir el peligro latente de la moto que pasó en rojo o el colectivo que dobla pegado a la vereda. Un peatón ve la sombra del colectivo acercarse como acechándolo, se tira para atrás y mantiene la taza plástica de café intacta, especie de triunfo en mano. De los múltiples milagros cotidianos a los que recurre la ciudad para seguir funcionando hay algunos menos excepcionales.


Bicentenario - Daniela Boo

Los que aún no bajaron permanecen en el trance de un viaje indefinido acompañado por mensajes de texto, visualización de un afuera en movimiento que va perdiendo personas como árboles o algún tarareo musical casi inaudible. Ella estaba en Primera Junta pero se tenía que bajar en Carabobo. Un pasajero la despertó pese a su resistencia, el calor agobiante piensa mientras abre dificultosamente los ojos. Es puro bostezo, quiere quedarse y trata de recordar quién es, a dónde iba, perdiéndose en los puestos de libros usados de en frente.


Las horas - Daniela Boo

El que baje a las profundidades percibirá que los deliberados rayos de luz que se cuelan por las alcantarillas tienen otros matices menos conocidos e inexplorados. Algunos índices los encontrará el pie atento que tomando un café en avenida Corrientes siente las suaves vibraciones: ¿Lo oíste? Es el subte que habla. Y abajo alguien sentirá que el es el subte que llega, pero con los ojos inundados por profundas venas rojas no podrá ver más que una necesidad de sentarse y llegar, encontrarlos, cocinar con la albahaca de la huerta y sentir aroma a pasto mojado.

Hay alguien que puede ver cada una de las tonalidades, recupera el instante previo antes de la extinción ¿de qué? lo jamás visto:


Qué hay detrás de la luz - Daniela Boo


Para conocer la obra de Daniela Boo visiten su sitio web:


viernes, 2 de diciembre de 2011

¡Ese!

"John nunca te olvidaré. Ni con el pasar
de los años porque fuimos eternos en
aquel instante fue un instante apenas
pero en él hicimos un comentario del mundo
y de nosotros mismos. Mi hermano"
Clarice Lispector Revelación de un mundo


El humo del cigarrillo le molestó tanto que levantó asqueada la mirada. Un señor de bigotes hablaba con dos hombres en el puesto de diarios de la avenida Alem. Esa cara, la sonrisa un tanto maligna. Él apenas la divisó. Inofensivo, anónimo, la joven le robaba un pedazo de su historia.

Dos años atrás una pareja esperaba para ingresar al subte en estación Puan, implementaban la estrategia de subir rumbo a la última estación para regresar sentados hacia Plaza de Mayo. El hombre ingresó apurado y se sentó junto a la señora pero después subió una chica embarazada. La chica se aproximó el hombre y le pidió el asiento lo que provocó que se levantara furioso diciéndole que era una tarada, que esperara para sentarse, la insultó varias veces. Finalmente el hombre bajó y ni bien arrancó la formación la chica embarazada le hizo burla desde adentro dirigiriéndole también insultos varios.


El viejo del subte ahora fumaba y charlaba, el viejo de bigote en Alem en el puesto de diarios. El recuerdo se materializa en imágenes, como en una película muda.

Hay personajes famosos de la ciudad que también recuerda como el que canta en un dialecto incomprensible con un papelito en la boca en línea D. Canta y baila con un viejo walkman colgado en la cintura. Pensó que solo habitaba los túneles pero una vez lo encontró caminando por Lavalle.

Recuerda casi todo, caras, situaciones, imágenes que se actualizan en un instante por alguna razón desconocida. Pero también se cruzará a un joven que lleva del brazo una prostituta por la Avenida Corrientes. Un hombre mayor de traje con un escudo, quizás conserje de algún hotel perdido en la ciudad. La mujer que se coló en el supermercado y después se peleó con la cajera. El de rastas del grupo de música cubana que a la mañana toca solo los tambores en la línea B. Una pareja besándose de noche en medio de la vereda y los gatos de la facultad de medicina comiendo alrededor los restos de comida que les llevan todos los días a las 20:30. A ellos los olvidará:



La enredadera de domingo
subió por tus pies
te cubrió la cintura
en ritmo ascendente

Vas rápido todo verde brillante
ojos caracolados

Casi árbol
brotando enceguecido
disfrutás el trayecto
único e irrepetible
solito y solo VOS

lunes, 22 de agosto de 2011

NN


"Ya intenté mirar bien de cerca el rostro
de una persona -una boletera de cine-.
Para conocer el secreto de su vida. Es inútil.
La otra persona es siempre un enigma.
Y sus ojos son de estatua: ciegos."

Prólogo de Via crucis del cuerpo
Clarice Lispector


Tanteaba sus últimos minutos, hacía equilibrio en la densa noche de su vida. Un amigo de la infancia caminaba a su lado cuando ingresaron al vagón. Esta vez no tardaron casi nada en darles el asiento pero llegando a Miserere se sintió mal, una puntada fría, honda, que podría distinguir perfectamente, el lugar preciso que le quitaba el aliento y un intento desesperado por oxigenarse. Cayó al piso y su amigo escuchaba los gritos de la gente: se desmayó, debe ser que le bajó la presión, paren, paren y demás exclamaciones protocolares. Los gritos se fueron incrementando, después silencio.

En Twitter advertían que la línea A no funcionaba:

"no arranca mas el subte!! El hombre se murió!!"

"Fuck! Murió la línea A de subte! Voy a probar la C"

"Se murio un tipo en Linea A (Pza Miserere)"





Los pasajeros del tren Sarmiento se acercaron para mirar el lugar del deceso. Peritos, policías, fotos. El amigo de la infancia permanecía inmóvil con su bastón blanco recibiendo el consuelo de la guarda. Un policía agarró una mochila con los guantes de látex y comenzó a sacar las pertenencias: una billetera, otro bastón blanco y unos pañuelos descartables. Los ojos de los pasajeros asistían a la escena tratando de dilucidar lo que había pasado, todo era luz, pura imagen que los absorbía al punto de que no se dieron cuenta de que llegaba el tren.

Una chica le vio la cara, el cuerpo inerte tapado con una bolsa blanca se la había revelado con toda su crudeza. Pudoroso, anónimo, reclamaba una muerte menos espectacular, las circunstancias lo habían depositado ahí, en medio del vagón con toda esa gente a su alrededor. Salvo su amigo.

Esa cara, pálida, los ojos cerrados, la rigidez. La manifestación de un cuerpo en rebeldía, terrorífica. Una revelación que los había vuelto a todos unos perfectos desconocidos.

domingo, 24 de abril de 2011

Vas a estar bien


Maria dice:
me voy a dar una vuelta en bici, a ver si se me pasa la modorra de la siesta


Desde Francisco Álvarez, en el oeste de la provincia de Buenos Aires, llega la frase a una oficina de Capital Federal. Resulta difícil captar algo de esa experiencia. Cuando salga de la oficina tendrá que intentar entrar en el subte a puro golpe y después vendrá la avalancha de pasajeros del tren Sarmiento: la mochila perdida entre los pasajeros, anteojos aplastados, el cuerpo torcido, el dolor, la adherencia humana.

¿Cómo fue que perdiste tu bicicleta? ¿Por qué te bajaste? Vas a volver a subirte y cuando te hundas en el viento me vas transmitir esa paz, otra vez. Nunca se fue, volvé y de paso, si querés, pasáme a buscar.



miércoles, 30 de marzo de 2011

Pequeñas desgracias cotidianas

-A las seis y media de la tarde una nube cayó en el barrio de Once. Ni meteorito ni nada, nube. Los transeúntes pasan pero apenas la pueden ver y ella descansa ahí, entre hojas, papel, brillantina, telas.
Un perro intenta orinar sobre este fenómeno climatológico pero un fuerte tirón de collar se lo impide.
Un joven está arriba de un camión subido a una pila de cartones, tan cerca del cielo y tan lejos de la vereda... y de la nube.

-De todos los olores que emanan en un subte lleno de la línea A, este resultaba un tanto particular. Un olor mortífero, como de veneno, que comienza a expandirse desde la puerta hacia el interior del vagón. Un pasajero busca dilucidar el enigma y a poco de comenzar con la pesquisa descubre la fuente de emanación: el cuello de otro pasajero.

-Lee las crónicas de Clarice Lispector en el tren pero a medida que los pasajeros suben la lectura se vuelve cada vez más dificultosa. Su espalda comienza a quebrarse casi imperceptiblamente hacia atrás, se estira y logra una posición que le permite seguir con la lectura. Cuando mañana se levante y sienta al caminar ese fuerte dolor de cintura recordará esas bonitas palabras:

"Pero si me pongo un vestido blanco y salgo... quedaré perdida en la luz - y de nuevo perdida- y en el lento salto hacia el otro plano perdida de nuevo-¿y cómo encontrar en esta ausencia mía la primavera?"


lunes, 21 de marzo de 2011

Todos niños


Los coches de la línea A de subterráneos se caracterizan por su longevidad, llevan y traen pasajeros desde el año 1.930 aproximadamente. Y una de sus particularidades es que en el primer vagón hay una ventana desde la que se pueden observar las vías. Mucha gente suele sentarse allí para mirar como avanza el tren. Esta vez era un niño de unos cinco años el que observaba y ante cada nueva sorpresa que se interponía en su mirada le hablaba a una mujer mayor de pelo largo blanco que parecía su abuela. En un momento el nene descubrió a su izquierda otra pequeña ventana circular desde la que podía observar al conductor. Comenzó a reírse, a tocar la ventana y de repente la cara se le iluminó, el conductor había encendido su linterna y de vez en cuando lo alumbraba.


Al llegar a Primera Junta la abuela y el nene se bajaron, la abuela llevaba en su vestimenta rastros de esa infancia que alentaba y disfrutaba: una camisa con huellas de piecitos en color verde y una hoja de árbol enganchada en el ojal. Ambos se bajaron pero en vez de dirigirse a la escalera para salir se adelantaron al tren y una vez que se puso en marcha saludaron al conductor.




jueves, 10 de marzo de 2011

Kilometraje


Camina tan solo una cuadra y se agota. Avanzar se vuelve difícil pero continúa, hay que llegar al subte y después el tren. Dos coches pasan el semáforo en rojo, una moto se sube a la vereda y el humo del colectivo vuelve al aire irrespirable. En el Congreso una marcha impide el acceso a la estación así que tiene que ir hasta Sáenz Peña.




Hay otro tipo de caminatas pero ante este nuevo-viejo contexto le parecen inverosímiles.


En la ciudad todo se vuelve inmensurable, pero no es una amplitud infinita sino una abrupta reducción, una violencia significante. La extensión del Parque Nacional Arrayanes es, sin embargo, de otro tipo. El camino se encuentra señalizado pero todo es nuevo a la vista y puede mutar por un cambio de luz, la aparición de un nuevo animal. Hay espacio suficiente para caminar y al llegar al kilómetro 11 se escucha a un hombre tararear el tema homónimo.

Resulta difícil entrar al vagón, está repleto de pasajeros así que avanza a los empujones. La falta de aire es una mezcla entre la situación violenta que se reitera mecánicamente todos los días y la añoranza por ese otro paisaje.



Para entrar en el tren deberá superar la avalancha humana en busca de un asiento, otra vez golpes, un hombre le grita a otro enojado "No empujés, no empujés" pero apenas logra divisar a los otros treinta pasajeros que siguen avanzando a toda velocidad desde atrás. Llegará hasta el Oeste cansada, con el cuerpo golpeado, con el calor adherido a la ropa.


¿Quién se llevó el aire, quién me robó los lagos?

Extraño...



martes, 19 de octubre de 2010

¿Dónde?

1.

Las páginas corren entre sus dedos y con igual intensidad se suceden imágenes y sensaciones. Cuando por fin logra que las hojas la suelten vuelve a ser atrapada, un hombre descubre lo adherida que está a la lectura. Puede mirar a su alrededor y podría tratar de huir pero llora las lágrimas de Mikage Sakurai.

2.

Por la pequeña ventana de la oficina comenzaron a colarse unas gotas de agua y alguien dijo: "Llueve, llueve adentro".

Una compañera de trabajo recordó un fragmento de Rayuela de Julio Cortázar: "Y con tanta ciencia una inútil ansia de tener lástima de algo, de que llueva aquí dentro, de que por fin empiece a llover, a oler a tierra, a cosas vivas, sí, por fin a cosas vivas".





3.

Siempre le apasionó esa imagen: los coches desde abajo, la calle desde abajo, la ciudad, el mundo. Los rayos de luz colándose en la noche subterránea, el efecto de sonido producido por los bocinazos de los autos y colectivos. Solo algunas estaciones de la línea a tienen ese espacio intermedio que procura la supervivencia del mundo exterior y la firme resistencia a lo atemporal.

martes, 5 de octubre de 2010

Todo lo que hay aquí, detrás


"Una madre era una criatura que tenía muchas capas
de vida superpuestas, el antes y el después no sólo del
parto sino todos los estados de su existencia, y seguían
vigentes en ella. Todo lo que dijera tendría que multiplicarse
por la cantidad de capas de representación existencial, y
nunca podría estar seguro de acertarle a la profundidad en
que cada argumento podía hacer efecto"

Fragmento de "Váramo" de César Aira



-Mamáaaaaaaaa, veo veo. Que veo veo, mamáaaaaaaaaaaaaa-
-¿Qué ves?-
-Una cosa-
-¿Qué cosa?-
-Maravillosa-
-¿De qué color?-
-Mmmmm, eh.... ¡ROJO! siiii rojo-

Los gritos del niño de unos siete años retumban en el vagón de subte.

Una mujer de unos cincuenta años recuerda una canción, no sabe bien de dónde salió pero la canta mentalmente "Veo veo ¿qué ves? una cosa, ¿qué es? es que estoy enamorado de tí veo veo es así".

Una joven piensa en su hermano que se fue a España, cuando mira al nene se preocupa, quizás su sobrino nunca aprenda a jugar al "Veo veo", tiene ganas de viajar para conocerlo pero su sueldo de telermaketer no le alcanza.

La compresión de pasajeros es cada vez mayor así que un hombre termina golpeando a la madre con el portafolio.


El nene ya se cansa de jugar, se arrodilla en el asiento, apoya sus brazos sobre el marco de madera de la ventana y mira hacia afuera, donde los grandes ven vías el descubre el infinito.







viernes, 18 de diciembre de 2009

La brevedad de tus ojos

Un nene de seis años dice:

Ma, ¿está el señor del tren?

Ese sonido… mami, quiero salir de aquí

Acá tiene luces mami, ahí una vía pero no sale

¿Qué es ese sonido? ¿Sale el tren de la cueva?

viernes, 6 de noviembre de 2009

No pretendan civilizarme…



A las seis de la tarde comienza el operativo retorno. Todos apuran el paso para llegar lo antes posible a casa.
Juan se aproxima al ascensor del trabajo y espera.
Aparece un abogado con su elegante traje y Juan piensa en todo lo que falta: subte, tren Sarmiento, colectivo. Llega el ascensor pero cuando las puertas se abren ve que no hay más lugar, intenta subirse, corre su mochila, se lanza hacia adelante hasta que una mujer con toda la seriedad e indignación le grita:

-No hay más lugar, ¿No te das cuenta?-

Juan se adelanta de todos modos activando el mecanismo de apertura automática de puertas. La mujer vuelve a enojarse:

-NO-HAY-MAS-LUGAR, NO-ENTRAMOS, NO-ENTRAMOS-

La puerta se cierra y Juan le dice al abogado que sigue imperturbable a su lado:

-En el subte hubiera entrado, ¿Por qué acá no?-

viernes, 17 de julio de 2009

Vínculos




Ya se ha dicho que una de las características de la ciudad moderna es el anonimato, pero... ¿Qué pasa con el que vive en el barrio cuando llega a la ciudad?
Se pasea por las calles y saluda al verdulero, hijo del que le vendía a sus abuelos. Sigue su camino y ve a un antiguo compañero del colegio primario. Llega a su casa con la certeza de que el pasado ha quedado marcado, y no sólo en los espacios en los que habitualmente transita. Él también es esa otra gente, es él junto muchos otros.
A la mañana saluda al colectivero: "Buen día" y sigue camino hacia la ciudad. Se ha cruzado con varios pasajeros durante meses, a la misma hora, en el mismo subte, ellos son su presente, su cotidianidad y no se saludan.

lunes, 6 de julio de 2009

Chicos



Desde que la gripe A (entre nosotros, la porcina) apareció por Buenos Aires, la cantidad de gente en las calles y transportes públicos disminuyó.
En las escuelas se suspendieron las clases y ya casi no hay chicos por ningún lado. Pero en el vagón escucho una voz, es un nene que grita: “Vení, vení, vení, uhhhhhhhhhhhhhh mirá, vamos ahí, se ve adelante, mirá uhhhhhhhhhh, dale, dale, dale”. Otros dos nenes aparecen, son chicos de la calle pero no están vendiendo en los vagones.
Se sientan en el asiento y miran, se ríen, disfrutan. Después uno dice que tienen que bajarse, sale corriendo y los otros lo siguen.
Mientras, otros chicos, encerrados en sus casas, ven películas en el DVD y juegan a la Play Station.
Formas de niñez, libertades relativas. ¿A dónde irán los chicos del subte?