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jueves, 12 de noviembre de 2015

Nadadores

Los dos sentados, uno al lado del otro, como casi siempre, juntos. Están en frente al papá que sigue el recorrido por la ventanilla. Los mismos ojos, casi la misma cara, pero separados por un abismo de cinco años. 

El menor mueve los brazos al estilo pecho y la mirada del mayor se desliza en los movimientos. Hace señas de que no, que otra vez... Reitera el movimiento y mueve la cabeza negando, que no es así, es otra cosa que nunca nunca va a entender. Así, así, ¿¿¿ves??? 

Los gestos y movimientos se aceleran. Refunfuña, está a punto de llorar. El resto del viaje permanecerá silencioso observándolo de reojo.  





sábado, 23 de junio de 2012

Con vos


Juli tiene doce años y todas las mañanas ingresa corriendo a la estación Uruguay de la línea B de subterráneos. El ingreso consiste en mamá Thema pasando por los molinetes y Juli ingresando por la puerta del costado. Juli nunca le confesó a Thema que le gustaría entrar como los otros chicos por los molinetes, se limita a seguir la rutina con rapidez para que no se de cuenta el guarda. Después bajan corriendo las escaleras e ingresan a las apuradas en el subte con miedo de que las puertas se cierren ante la inminencia de la señal sonora. Juli tiene miedo de entrar y que Thema se quede del otro lado, no quiere viajar sola pese a que le advirtieron que a partir del próximo año ya no la acompañarán más. “Estás en un periodo de adaptación” le dijo un día la abuela Elsi pero para ella la adaptación significaba una eterna y dolorosa despedida de mamá, de las charlas en el vagón. ¿Cómo iba a bajar entre tanta gente? ¿Quién le iba a dar la mano salvadora?

La abuela Elsi era chueca, había quedado con una pierna más corta después de una artritis infecciosa que tuvo cuando era chiquita. Juli recién se dio cuenta a los diez años, había naturalizado su estilo de caminar a tal punto que no le parecía diferente de los demás. Y preguntó, preguntó desde un profundo amor por Elsi, por Elsi chueca, por Elsi abuela. No supo entender bien lo de la enfermedad pero inmediatamente comenzó a comparar el andar de todas las personas tratando de distinguir algún paso característico, algo que los distinguiera o asemejara de la abuela.

Que la mamá se llame Thema tampoco fue algo que le llamara la atención, era mamá Thema. Las otras mamás se llamaban María, Susana, Victoria, Virginia, Liliana, Sandra, Claudia, pero ninguna Thema. Quizás podrían decirle “Zema” pero todos preferían decirle “Tema”. Y el mundo de Juli era Thema, era Elsie, era recorrer las calles que le resultaban peligrosas, avanzar entre la gente alta, los gritos de los vendedores ambulantes. Ese mundo comenzó a agrietarse el día que entró por primera vez al subte por los molinetes, ese día se sintió grande, se sintió feliz. Thema pasó por un molinete y Juli por otro, entraron corriendo al vagón y las puertas la golpearon a Juli pero apenas le dolió. Un hombre se acercó a Thema y la miró a Juli. Thema lloró, lloró como nunca antes había llorado, lloró como nunca antes la había visto llorar Juli. Y Juli pensó que esa era la despedida, que mañana iba a volver al cole sola, que no sabía bien en donde bajarse y ¿cómo iba a ver los carteles si estaban tan altos? 



jueves, 16 de junio de 2011

¿No te digo?

Se viven otras vidas, durante breves instantes se van adquiriendo capas de experiencia ajenas.

Una mujer en el colectivo cuenta que toda la familia es alcohólica, una hija es adicta a la cerveza.
Un joven en el tren se queja de que en el Facebook una amiga se desubicó: "No daba escribir ese comentario, me dejó como un tarado con todos los compañeros de trabajo, igual después borré todo lo que escribió, obvio...".
Mientras espera el tren una chica habla por teléfono: "Jodéme, ¿es que nadie le pone límites a esa chica?, necesita un NO rotundo, por ejemplo Ari la reta pero después termina aflojando, porque pobrecita, mirá esa carita que me pone te dice". Llega un hombre, se besan y ella le comenta: "¿A vos te parece? recién hablé con Juli, la nena de terror, resulta que se escapó de la escuela, la preceptora le pregunta por qué hizo eso, dice que la maestra la echó a la calle jejej, qué piba esa".

Llegar al barrio y sentir que un pie rompe una rama, ese crack es infancia con ramitas para el asado y después de comer llenar la parrilla de hojas para hacer fuego. Crack, crack. En otra vereda los nenes juegan a la escondida.

Cuánta falta de silencio. Usted, lector, quédese mirando la ventana, trate de escaparle a tanta queja de ciudad:


martes, 28 de diciembre de 2010

Verano


El ruido de las chicharras y ese calor insoportable que se podía combatir con licuados de banana. Afuera la pelopincho emanaba el olor a plástico caliente y por los mosaicos se escurrían los charcos de agua. Acostados en la cama veíamos la luz escurriéndose por la persiana y las aspas del ventilador de techo que se movían peligrosamente. Sabíamos que afuera nos esperaba la pileta pero nos asustaban diciéndonos: “si no se duermen viene el hombre de la bolsa” y “tienen que hacer la digestión porque si se meten les agarra un calambre y se mueren”.

Y nunca nos dormíamos, contábamos historias, inventábamos cuentos y nos reíamos silenciosamente para no despertar sospechas de los mayores. No sabíamos qué día era porque el verano era eso, el disfrute infinito que solo se alteraba cuando llovía y veíamos desde adentro de la casa el agua cayendo en la pileta. Una vez que el sol volvía y el agua no estaba muy fría recomenzábamos el ritual del zambullido: ¿bomba o cabeza? ¡Lo que más salpique!

El momento más triste llegaba cuando había que vaciarla y veíamos cómo la manguera vertía lentamente el agua que además estaría fría, casi congelada. Y entonces nos escapábamos de la cama pero para ir a jugar con los chicos del barrio, tocábamos el timbre y salíamos corriendo (el famoso “rin raje”). También andábamos en la bicicleta, jugábamos carreras y cuando era la hora de despertarse volvíamos a meternos en la cama porque ni bien la abuela terminaba de ver la novela o el programa Yo me quiero casar, ¿y usted? se iba directo a despertarnos para que tomáramos el licuado.

Caminando por las calles de la ciudad me pregunto ¿dónde están los chicos? ¿a quién le tocan el timbre? ¿habrá alguna pelopincho en las terrazas? Cuando paso debajo de un local de ropa un chorro de agua me inunda la cabeza pero yo prefiero el agua de la pile…

martes, 5 de octubre de 2010

Todo lo que hay aquí, detrás


"Una madre era una criatura que tenía muchas capas
de vida superpuestas, el antes y el después no sólo del
parto sino todos los estados de su existencia, y seguían
vigentes en ella. Todo lo que dijera tendría que multiplicarse
por la cantidad de capas de representación existencial, y
nunca podría estar seguro de acertarle a la profundidad en
que cada argumento podía hacer efecto"

Fragmento de "Váramo" de César Aira



-Mamáaaaaaaaa, veo veo. Que veo veo, mamáaaaaaaaaaaaaa-
-¿Qué ves?-
-Una cosa-
-¿Qué cosa?-
-Maravillosa-
-¿De qué color?-
-Mmmmm, eh.... ¡ROJO! siiii rojo-

Los gritos del niño de unos siete años retumban en el vagón de subte.

Una mujer de unos cincuenta años recuerda una canción, no sabe bien de dónde salió pero la canta mentalmente "Veo veo ¿qué ves? una cosa, ¿qué es? es que estoy enamorado de tí veo veo es así".

Una joven piensa en su hermano que se fue a España, cuando mira al nene se preocupa, quizás su sobrino nunca aprenda a jugar al "Veo veo", tiene ganas de viajar para conocerlo pero su sueldo de telermaketer no le alcanza.

La compresión de pasajeros es cada vez mayor así que un hombre termina golpeando a la madre con el portafolio.


El nene ya se cansa de jugar, se arrodilla en el asiento, apoya sus brazos sobre el marco de madera de la ventana y mira hacia afuera, donde los grandes ven vías el descubre el infinito.







lunes, 30 de agosto de 2010

Infancias


Un abuelo y su nieto meriendan en Puerto Madero, apenas hablan. El abuelo abre un sobre, lee unas boletas y finalmente el nieto le comenta que necesita comprar algo, pero que todavía le falta algo de dinero. Del silencio a la verborragia, el abuelo pregunta acerca del objeto y le dice que quizás le pueda prestar algo. Unos minutos más tarde el abuelo saca varios dólares de su bolsillo y se los da.

La mirada atenta de un joven asusta al hombre, en un instante fugaz se resquebraja esa situación cotidiana dentro del barrio porteño más seguro de todos. Teme por su dinero, tiene razón en temer.

El joven piensa en sus abuelos, recuerda cuando tenía ganas de que le compren un juguete pero fingía que no le gustaba para que no gasten. La voz de su madre volvía a la memoria constantemente reprimiendo su deseo "con lo que ganan de jubilación los abuelos apenas llegan a fin de mes, ojo vos, si querés algo me lo pedís a mí ¿entendiste?".