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domingo, 10 de enero de 2016

Los veranos: El poder de Samanta


"¿Querés uno de esos livings? ¿Eso querés? 
¿El mármol de las mesadas? ¿La bendita azucarera?
¿Esos hijos inútiles?¿Eso? 
¿Qué mierda es lo que perdiste en esas casas?"


"Los pibes están quemados, no quieren aprender, no les importa nada, vienen fumados. Vas a tener suerte si viene alguno y si no se van antes...". Esa es la sentencia que escuchó cuando estaba a punto de entrar por primera vez al aula. 
Pasaron varias clases hasta que los pibes empezaron a aparecer, a salir del letargo que les habían impuesto y ellos habían asumido. Juani, de apenas veintidós años, volvía a cursar sus estudios pero su pasión era otra, el hip-hop. En un puñado de palabras daría su propia clase de poesía, "poesía de la calle". 
Didi venía de varios accidentes automovilísticos, exhibía cicatrices y exponía habitualmente la sensación de haber pasado por un coma inducido.
Kevin se escondía entre sombras. Era apenas divisible al ingresar al aula y a ella, "la nueva", la profe, le costaba prender la luz cuando entraba. Comentó una vez la alegoría de la caverna y fue así que ella empezó a comprender sus sombras. Era un apasionado de la música y la filosofía. Hace unos años, cuando era chico y le restaban unos pocos meses para abandonar el secundario, un profe le había hablado de teorías filosóficas. Filósofos, lógica, todo eso le gustaba mucho. 
Elena se esforzaba por leer después de haberle prestado el cuerpo a la entrega de combos y la sonrisa forzada. Le preguntó una vez si había escuchado la canción de rap que mencionaba un fragmento de Rayuela de Cortázar. Gracias a Canserbero lo conocí a Cortázar y el capítulo que menciona habla del amor. Lo dice sin decirlo y eso me gusta.
Decidió leerles un cuento, Nada de todo esto, del libro "Siete casas vacías" de Samanta Schweblin. Sus páginas se fueron apareciendo entre viajes y cansancios. El texto resistió las voces de los bares. El texto se impuso y ese era el desafío con los nuevos alumnos.
Era un cuento largo que se acentuaría con una ronquera densa y persistente, producto de una gripe sin reposo. Comenzó a leerlo con una tos intermitente, siguió mientras el silencio se iba acompañando por miradas atentas. Y cuando terminó afloraron las interpretaciones.
Las carencias. El tener frente al no tener. La mirada de hijo y cierta sensación de alivio vengador. Las diferencias de clases. Las voces resuenan en el aula y se definen.
Ella agarró el auto semana a semana y se fue metiendo en esas casas casi herméticas. Ellos, los alumnos, fueron entregando sus propias experiencias, construyendo una nueva casa compartida.
Se dijo a sí misma que existían aunque no los vean. Sintió que esas pocas semanas, la suplencia más breve, fueron las que le hicieron repensar la profesión. Las que persisten en la memoria y vuelven en la lectura veraniega.

Schweblin, Samanta, Siete casas vacías, Madrid: Editorial Páginas de Espuma, 2015.

martes, 5 de enero de 2016

Los veranos: "Leche merengada" de Paula Tomassoni


Comienza una nueva sección con reseñas de textos leídos en este verano porteño. 

"La abrió y extrajo el disco metiendo el dedo 
en el agujerito del medio. Se notaba su afán 
por no tocar el cuerpo metálico, como cuando
 jugaban a caminar por la vereda sin tocar 
las líneas de las baldosas" 





Colectivos, subtes, sala de espera, calor, conurbano. Este libro transitó esos lugares en el periodo previo y posterior a la navidad, entre el 2015 y el 2016.

Mientras la protagonista, Marina, intentaba salvar un cordero descongelándose por los cortes de luz, en nuestra familia también se desataba una tragedia... Un matambre quedó solito, olvidado en el supermercado. La lectura me volvía, inevitablemente, a la cotidianeidad.
Fue imposible leer Leche merengada sin sentirme parte de esa historia. Pequeños dilemas familiares que estallan en catástrofes y la persistente conexión entre pasado y presente. Marina sobreviviendo en medio de esa vorágine pegajosa como el calor de la ciudad. 
Me gustaron los monólogos interiores que resignificaban los vínculos, la desestabilización de ritos incuestionables como si de pronto se arrancaran las luces del árbol y el árbol mismo. La furia contenida y la necesidad de encontrarse en el otro que vuelve con complicidad de infancia.
Hay también una estructura de lo imposible, de lo que es en potencia y estalla por dentro. Como este calor que ahora adhiere las hojas. Vayan entonces por sus lecturas.

Tomassoni, Paula, Leche merengada, La Plata: Estructura Mental a las Estrellas, 2015.

domingo, 29 de noviembre de 2015

Menos cielo

Los botines se aferran al piso plástico e impiden el balanceo del cuerpo. Los mismos piecitos que se aferraban al Paraná y corrían por las calles de Ayolas. Los dedos buscan hundirse en el barro.
El pasto sintético arde en las rodillas y él recuerda una vez más. Esta vez las moras se aplastan en las veredas ensuciándolas, ese pegoteo que los nenes esquivan y que le recuerdan a sabor antiguo, a pequeño robo planificado.
El sudor se hace notorio y denso. Ese mismo hedor
 que se mezclaba con agua fresca, correntada.
La luna, cree ver la luna reflejada en un charco de la General Paz. Tiene menos cielo pero insiste en aferrarse a esos pequeños momentos de lo que nunca se va olvidando.
El número 7 de la camiseta y el nombre, "Pato", contrastan con las remeras agujeradas. En invierno y en verano la remera amarilla desgastada que se prolongaba en los dedos maternos con hilos de colores.
De un área a otra: piques, codazos, roces. 
Volver a casa. 


jueves, 12 de noviembre de 2015

Nadadores

Los dos sentados, uno al lado del otro, como casi siempre, juntos. Están en frente al papá que sigue el recorrido por la ventanilla. Los mismos ojos, casi la misma cara, pero separados por un abismo de cinco años. 

El menor mueve los brazos al estilo pecho y la mirada del mayor se desliza en los movimientos. Hace señas de que no, que otra vez... Reitera el movimiento y mueve la cabeza negando, que no es así, es otra cosa que nunca nunca va a entender. Así, así, ¿¿¿ves??? 

Los gestos y movimientos se aceleran. Refunfuña, está a punto de llorar. El resto del viaje permanecerá silencioso observándolo de reojo.  





sábado, 31 de octubre de 2015

Instantánea



Una nena le grita a su mamá. No la escucha, está con sus tres hermanos y un carro destruido que arrastra con fuerza. La nena grita en dirección a un auto, se agacha: "la paloma, la paloma". El auto frena, se baja el acompañante del conductor y se agacha sobre el pavimento. Los brazos salen con paloma. La deja sobre la vereda al lado de la nena que ahora salta y se ríe a carcajadas. 
La madre nota la situación y comienza a reírse. Nos miramos, nos encontramos con madre, nena, conductor y salvador. El tipo se bajó nomás, se-ba-jó. 
Atrás los autos tocan bocina de forma desenfrenada. En la vereda pasa la gente con un ritmo frenético. Nosotras seguimos a ritmo lento de paloma. Felices y moribundas.

domingo, 4 de octubre de 2015

Las tristezas



Voy por la calle pensando en que lo tengo que escribir, en cómo escribirlo. Aminoro el paso por Callao y balbuceo algunas frases. Se me va a escapar, si a esto no lo escribo se me escapa, necesito imprimirlo en algún lado. No puedo escribir en un papel como otras veces, voy caminando, no me detengo. Pienso en algunas frases que me suenan lindas, poéticas. Se me vienen imágenes: el colectivo, la noche. Una mujer mayor que observa a la chica. Recuerdo mi risa contenida.
Cuando estoy llegando a tomar el subte observo a un hombre bailando y cantando al estilo Mona Jiménez, con la manito para arriba y para abajo. Cruza Bartolomé Mitre a todo ritmo cantando "¿quiénnnnnn se ha tomado todo el vino oh oh oh?".
La frase no va a volver, ni sé qué extraña conexión encontré entre el bailarín y la chica del colectivo. Imaginé que le bailaba a alguien, que quería que alguien sonría. Imaginé que no era sólo una sino más de una, tristezas.

Estridente suena la voz. Desde el celular que cuelga en sus manos alguien canta, un canto de cancha. La voz metálica resuena fuerte, retumba en el medio del colectivo casi vacío. Algunos se ríen, otros miran para ver de dónde viene. No saben. Y ella ríe, ríe desde adentro, ríe con dolor profundo.
Alguien dice en el medio de la noche que vamos vamos, que ganamos, las cosas van a estar bien, Adri sos una capa y ya va a pasar. Canta como si estuviera en la cancha pero se nota un ausencia total de sonido circundante. Ambas están solas. La voz femenina va y viene del celular. La pasajera sigue riendo con todas sus fuerzas hasta que se percata de que no está sola, que hasta el colectivero bajó el sonido de su radio para escucharla.
Adri silencia el celular y sigue mirando la pantalla durante todo el viaje. Son dos que viajan en medio de la noche. Se quieren. Cuando llegue y la presencia de la casa se imponga, cuando sienta que otra vez todo le pesa, ahí aparecerá nuevamente la voz de Adri. Y reirá, reirá mil veces, encontrará su propia canción.




domingo, 27 de septiembre de 2015

Las horas



Chyou espanta palomas. Desconoce el ritmo que le imponen colectivos y autos a la avenida, para Chyou el mundo se reduce a la fuente, el pasto, algunos nenes y las palomas.

Cuando llegó a la Argentina, una de las primeras palabras que aprendió fue Rivadavia. Aprendió muchas más que con el tiempo se le fueron escapando. Palabras, mundos, gente, todo se le iba imperceptiblemente. Chyou no se resistía, seguía el ritmo desacelerado de los días. Esos días que se acumulaban en una especie de engrudo inconcluso en el que se destacaba la plaza.

Los sábados a veces hay feria de las naciones con puestos, inflables, música, gente y comida. Chyou, sin embargo, prefiere los días apacibles de fútbol, los silencios intermitentes y el ritmo de termos y mates.

A veces Chyou espanta palomas. Es un momento breve pero extremadamente intenso. Chyou despliega la totalidad de sus fuerzas en accionar el botón, el dedo lo oprime suavemente y la silla se impulsa y avanza. Avanza despacio pero Chyou siente en ella la eternidad. Cuando las palomas vuelan Chyou las observa, se pierde entre cielo, alas, verdor. Y cuando cree haberlo logrado, cuando siente que es suyo el instante, la enfermera agarra la silla y cariñosamente le dice que ya es hora de volver, que se hizo tarde. Chyou muere una vez más.


Poema de Miguel Ángel Bustos


domingo, 16 de agosto de 2015

Invasión



Yo era un tipo repiola, un tipo a la moda, con estilo. Todos los días antes de trabajar iba a mi bar favorito, me pedía mi Vainilla Latte y caminaba por la calle sintiéndome especial. Primero me escribían en el vaso "Jorge", porque así me llamo, pero después preferí llamarme "George". Agarraba mi bolsita de cartón con unos muffins y esa era mi forma de caminar por las calles porteñas, mi cadencia particular. Cierto balanceo estratégico para que los productos predominaran.
Empecé a reemplazar el vasito por una taza térmica, de esas color plata y, por supuesto, con el logo del café, ni daba comprarla en Once... Esto me permitía ingerirlo en el subte o esperando el taxi. Las manos abrazando la taza también me daban un estilo muy sofisticado.
Y también me convertí un especialista en selfies. Creo que fui uno de los primeros en hacer trompita, un tipo de avanzada. Después me abrí una cuenta en Instagram, obviooooo. Fui especializándome en filtros, supe elegir los que más me favorecían a mí, a mí y a mi taza térmica, por supuesto. Menos brillo, más contraste.
Mi gran vicio fue el Twitter, mi vida se convirtió en un reality muy cool: Saliendo del cine (foto con el vasito), Comiendo con amigos (todos mostrando nuestros Frapuccinos), Trabajando relajado (selfie en la que se ve mi tablet y parte del local con filtro verde), No soportaría este laburo sin café #listolodije (selfie con trompita en la que se ve el escritorio repletos de papelitos de colores).
Y se aparece esta mujer, Juana. Juana era muy vintage, pero no del estilo Palermo, que era el que a mí me gustaba. A simple vista era una chica de barrio, casi siempre vestida de negro y con unos lentes con muchísimo aumento que se le hundían en la nariz. Juana me mostró algo que no conocía de la ciudad, algo que según ella estaba en vías de extensión.
Yo sé que mi Juana se horrorizó cuando le dije que prefería el café en vasito, pero su afecto la hacía tiernamente condescendiente. El rencor se convirtió en una obstinación de recorridos en apariencia sin rumbo fijo pero con intencionalidades encubiertas. Cualquier salida porteña terminaba en El gato negro, la Richmond o Los Galgos.
Debería hablar de mi primera vez en cada uno de ellos. Sentí el aroma de especias que confluían en el vapor del tibio aliento de Juana. Saboreé el té de mandarina que hoy me recuerda sus besos. Vi su mirada triste en un rincón de los espejos destruidos. La amé secretamente recordando un pasado que se me volvía lejano.
Comencé a sentir que no había filtro que imite la coloración de las luces de esos bares. Mi mirada, no el celular, recorría cada nuevo espacio reconociendo lejanías.
Nunca más volví a ver Juana. Creo saber por qué. Juana se fue, huyó quizás, viendo como su obstinación no revertía la destrucción de cada uno de sus lugares. Lugares en los que el flujo del dinero avanzaba con obstinación familiar. Una de las múltiples traiciones a las que nos tiene acostumbrados la ciudad. Pero con Juana no, Juana no pudo soportar tanto regocijo perverso.
Creo que aquí debería decir que yo no me fui pero, sin embargo, me quedé con una angustia pronunciada y me siento un pelotudo. Un pelotudo que también es Juana añorando el pasado que un empresario vende en Internet. Un pelotudo que siente que lo que se pierde no se recupera y que la guita se va, inevitablemente se va.
Me quedan los besos de Juana. Me queda la mirada triste de Juana despidiéndose. Juana resiste, quién sabe desde dónde, y me ama en silencio en los espacios a los que nunca más vamos a volver. Ni ella ni yo, eso lo sabemos.

domingo, 19 de julio de 2015

Paura, poesía

Podría empezar diciendo:
La poeta boliviana Paura Rodríguez Leytón visitó Buenos Aires por el VII Festival Latinoamericano de Poesía en el Centro. 

Prefiero decir que Paura se hizo ciudad. La ciudad que atravesó con Cortázar y que sintió en Pizarnik. Esa misma que ella denominó cruel y que estuvo a punto de devorarla entre subtes nuevos que le resultaban desconocidos.

A mí, lectora de su obra, se me ocurrió llevarla a El Tortoni. Quería, sin embargo, que conociera Los Galgos... La crueldad. Aparecieron el espacio en blanco, sus libros y la influencia de su padre. El dador de poesía, creador de mundos. Pequeña Paura. 





Debería hablar de intensidades. Unos pocos días. Tantas lecturas. Nos fuimos corriendo a la Biblioteca Nacional de Maestros para que pudiera ver la biblioteca de Alejandra Pizarnik. Buscamos unos libros, los que recordaba haber visto: Octavio Paz, Haikus, Katherine Mansfield. Y ahí Paura recobró el tiempo, su tiempo, para acercarse/ser/sentir Alejandra.

Mientras, yo seguía atada la rutina. Paura leía. Recuerdo sus dedos recorriendo las hojas, preguntándose por los colores, las marcas. Paura seguía inmersa. Intenté capturar algunos momentos. Algo, sin embargo, se escapaba. Ellas. Las poetas. 



La escucho a Paura leyendo. Son muchas las voces. Recuerdo un poema suyo del libro Pez de piedra:

          Persiste el zumbido
          en el que caigo
          buscando la palabra
                                           silencio,
         que luego
                  me asusta.



Y se me mezclan los recuerdos porque recién hoy, varias semanas después, escribo. Sé que mucho se me perdió y que me va a asaltar por momentos recordándome que la conocí. El sabor a chocolate con pistacho.

La escuché hablar de la poesía. Ritmo interior de los poemas. PAUSAS. SILENCIOS. TONALIDADES.

Hubo un día en el que visitamos el jardín botánico. Todo renace con ojos de poeta. Lo desconocido. Recuerdo que al ver una estatua me dijo que le transmitía frío, las expresiones de los rostros. Cuando nos acercamos la placa especificaba "Los primeros fríos". 



Días después, al frío se le sumó la lluvia. Subimos a la línea D rumbo a la Casa del Bicentenario. Con esa lluvia de ciudad que tanto conocemos, los dos. Adentro el festival estaba concluyendo. La abrazamos, nos despedimos. Volvimos a sentir el sabor a chocolate. Los encuentros de ciudad. Y el tiempo, otro, elástico. 

Recordé cuando nos conocimos en el hotel, mi bufanda enorme que se iba desenredando. Recordé la caminata por Avenida de Mayo. Todo eso y más, recordé. Al resto, la poesía.


domingo, 14 de junio de 2015

Donde estés

Pasaron varios días, meses y hasta años... Nunca me animaba a ir porque me daba nostalgia y porque no sabía qué decir. Qué ni cómo, pero si a quién. Pensar en él me remitía inevitablemente a Los Galgos, el bar que se transformó en carteles de venta y destrucción. Sabía que me había afectado pero no podía imaginar qué sentiría él que iba habitualmente allí a desayunar. No menos de treinta años repitiendo la misma rutina.

El viernes pasado me animé y fui. No lo tenía previsto pero me desvíe del camino y entré a la galería de enfrente del bar. Entré y a simple vista no me pareció ver el local. Seguí hasta el fondo, era el último. Una mujer mayor se me adelantó y tocó la puerta del local con su mano llena de tiempo. Se puso triste, miró hacia ningún lugar y en un suspiro preguntó por él: "Miguelito, qué te pasó, ¿dónde estás?". El cartel anunciaba otra ausencia prolongada. Miré a la mujer y le pregunté si lo conocía, le hablé de Los Galgos pero no llegaba a comprenderme. Me volvió a hablar de Miguelito, que no estaba bien y deslizó que no quería pensar en "lo peor". "Peor" resonó en mí llenándome de angustia. Peor era no haber ido antes. Peor era no haberle llevado las fuente de plástico de medialunas para que él vuelva elegir las suyas. Ahora te regalo la docena con el café. Con ese silencio rutinario nos llenamos de pasado y lo recordamos. Sabemos que Horacio va a volver a teclear la caja registradora y nos vamos a ir pensando en regresar como todas las mañanas.





martes, 2 de junio de 2015

Correo sentimental - Primera entrega


Xaviña, España, domingo 31 de mayo de 2015 

Estimada Virginia:

No tengo la menor idea de por qué te escribo, soy un tipo tímido al que no le gusta que lo lean. Pero te escribo. Te estoy escribiendo ahora todo lleno de árboles. Al lado está el gato que busca una caricia, adelante está esta la netbook titilando. No hay mate, sí mucha pena.
Me veo con veinte años menos caminando por avenida Corrientes. En ese momento estudiaba  y me la pasaba metido en las librerías. Compraba de todo y lo devoraba con intensidad. Noches enteras de pucho, café y libros. Sería, más bien, libros, libros, pucho, libros, pucho, café. Del departamento a la avenida, caminaba como poseso. Los libreros me conocían y me recomendaban siempre algo nuevo, algún autor favorito. Yo en esa época ya me había enamorado perdidamente de Hebe Uhart. Los recuerdos se me van como hilos. Si supieras Virginia, ya no tengo ni la mitad de mis libros. Mis que son simplemente libros. Enterrados, perdidos, prestados. Y vuelvo a mirar los árboles. No veo nada, ya no siento nada.
Gran parte de mi vida quedó allá pero hay algo que me vuelve continuamente, lo aprendí de memoria, es el prólogo de Haroldo Conti a un libro de cuentos de Hebe, decía: "Hebe Uhart, para su desgracia, es definitivamente una creadora. Ni aclara, ni completa una realidad conocida. Revela o, mejor dicho, ella misma es una realidad única, distinta". Y vuelvo a mi realidad como si fuera un cuento de Hebe lejano, leído en las circunstancias que añoro entero. Es que estoy tan lejos de todo. En este momento el gato se da cuenta, se acerca y me ronronea. Cree que soy yo el que lo acaricia a él.

Un abrazo, Ricardo





domingo, 1 de marzo de 2015

Los Galgos: la despedida



El año pasado intentó comprarse uno. Pasaba por una casa de antigüedades y lo vio, blanco, brilloso y esbelto. Le dijeron que no lo vendían, que sólo lo alquilaban para publicidades. 
Nunca le interesaron esos animales pero el bar y la novela de Sara Gallardo habían logrado una atracción tan profunda como contradictoria. Escuálidos, sofisticados y también enigmáticos. Perro flacucho.
La semana pasada cuando caminaba por Las Heras vio una mujer adherida a ropa gimnástica con uno de ellos. Vio a la mujer y al perro superpuestos, la mirada disfrutaba del perro. Ningún presagio, pensó en ese momento, el galgo con su dueña. Siguió caminando y recordó la sonrisa de la mujer que se percataba de que alguien, por fin alguien, la había divisado en medio de la multitud. Ni salchicha, ni caniche, ni labrador, un perro flacucho.
Algo esquivaba, aunque lo presentía. Un mensaje en Facebook advertía el cierre y ella prometió averiguar pero durante una semana evitó el recorrido habitual. Supuestas llegadas tarde serían la excusa perfecta...
Pero el día finalmente llegó con la mirada impregnada en la cortina de metal. Buscó, como siempre, el cartel escrito a mano que dijera "Cerrado por vacaciones". La opacidad del metal contrastaba con los recuerdos espejados. Decidió preguntar en el kiosco de al lado. Un empleado le dijo que seguro estaban de vacaciones pero otro, mucho más seguro, aseveró que no volvían, que esta vez cerraban para siempre...
¿Siempre? ¿Qué es siempre? Siempre eran las manos delgadas y venosas deslizándose por el mostrador. Lunes a viernes. Seis a veinte horas. Siempre eran los dos cafés, el tostado, las medialunas. La voz ronca, hueca desde atrás. Los movimientos calculados del mostrador a la caja registradora. Horacio diciéndole que pase y ella, emocionada, mirando desde adentro hacia afuera.
Recordó, podría decirse que recordó, pero sería más bien un revivió. Porque sintió las manos rugosas llenas de tiempo estrechándose en un saludo cotidiano. El cansancio de los días y la necesidad de seguir respirando allí, como forma de resistencia al avance de lo moderno: "Acá primero se consume, se charla y después se paga". 
Pensó en el sastre Miguelito que elegía todas las mañana sus medialunas. Pensó en los barrenderos que tomaban agua sentados en las sillas de afuera que daban a Callao. Pensó en el mozo que recordaba todo y a todos sin necesidad de diálogos excesivos, con la sabia precisión de los años. Pensaba en ellos. Pensaba en ella. 
Le había tomado dos años entrar a ese bar. Pasaba y lo miraba con admiración, lo disfrutaba. Había entrado silenciosa a tomar un café y a leer "Pubis angelical" de Puig. Espiaba entre páginas a quien después sería Horacio. Se animaría a hablarle. Disfrutaría cada palabra recuerdo. Fotografiaría los rincones con un exceso de nostalgia. Sentiría la necesidad de que todos sepan de su existencia. Atosigaría a amigos y desconocidos con la frase: "Tenés que conocerlo, es el único bar que se mantiene intacto pese al paso de las años".
Repite mentalmente la frase: "El único bar que se mantiene intacto pese al paso de los años". El verbo en presente. 


"Vuelan los galgos abriendo una estela verde en la flor amarilla. Se persiguen. Chispa a la cola negra de Flecha. Flecha a la cola gris de Corsario. Corsario a la cola parda de Barcino. Barcino a a cola de oro. Una ronda de cohete flexibles que disparan olvidados del mundo. Los cuatro galgos de Las zanjas."

Los galgos, los galgos. Sara Gallardo.




domingo, 12 de octubre de 2014

Pajaritos


Tejida en sombras no puede, aunque quisiera. Yo lo sé.
Le envío una canción para que se abra y surja, una vez más, ya sabe:


"Lo que te da terror te define mejor,
no te asustés, no sirve, no te escapés, volvé
volvé, tocá, miralo dulcemente esta vez,
que hay tanto de él en vos, pero hay más de vos en él"


Le abriría la ciudad, se la daría de a poquito. Aunque prefiera el silencio. Yo la llenaría de nenes corriendo en parque Centenario. Uno, no, mejor dos, copos de azúcar rosados. Una frenada con puteada incluida de conductores en avenida Corrientes. Unas guitarras desafinadas que se entrecortan en el subte. Unos segundos para que vea unos pájaros azulados y se le acerquen tanto tanto que tenga ganas de extender la mano. Un submarino con churros. Estrellas del planetario. 



Te toca a vos. 




domingo, 5 de octubre de 2014

Una magia

Un reloj pulsera llamativo, gorro y equipo deportivo de marca llaman la atención en el subte. Escaso metro cincuenta luce con estilo y vigorosidad las prendas. La percepción va reconociéndolo, pronto se llamará Elton.
Elton se retuerce con el vaivén del vagón y expresa mil palabras inaudibles. Se percibe una muchacha varios centímetros más alta, Juana. Elton, ronroneante, se acerca y se aleja de ella. Juana lo mira desde arriba con displicencia y acepta la cabeza que se sumerge en su brazo. Elton le habla continuamente.
En los pocos minutos de intimidad colectiva se lo puede ver a Elton todo enamorado tratando de conquistar a Juana. ¿Alguien los mirará? ¿Alguien percibirá esa mínima explosión? El aplastamiento no parece favorecer al detenimiento en ellos dos. Las pantallas de Candy Crush que iluminan las caras tampoco. La música auricular provoca adormecimientos repentinos.
La imagen queda cristalizada en el reflejo de la ventanilla con intenciones de sacar una foto para esta crónica. Juana y Elton se bajan en Miserere.

* * *
“Trato de ver las bocas de los que pasan por la puerta de mi casa para saber que de cada lengua salen palabras que transitan las ondas de sonido y se instalan en las paredes de mi oreja para después evaporarse entrando en una larga línea descendente en la que están alojadas todas las palabras que se pierden, todos los rasgos que se olvidan, los pequeños movimientos que ni siquiera se registran en la memoria y quedan flotando en una enorme tierra de nadie”

Fragmento de De este lado del Meditarráneo (1973) en "La novela de la poesía", Tamara Kamenszain 


jueves, 4 de septiembre de 2014

Agradecida

La reconocí en la esquina. Quizás alguna vez la vi sin saber que era ella misma la que con noches insomnes y francos inexistentes sobrevivía entre un lugar y otro.
Secretamente la admiré sin nombre ni apellido. 
Indestructible y bailarina. Escribo esto con una tristeza que no se me va. Ella sí.
Atada a espacios citadinos que la oprimían y que yo no sospeché. Impulsora de delirios compartidos. Cuerva medular.
¿A dónde irá a parar tanta pasión?
La distancia que se abre entre paisajes sublimes y vientos feroces me recuerda que de  poco te estás yendo. Y hoy, justo hoy, vuelvo a los mismos espacios que frecuentamos.
Ahora hay una heladería en tu esquina ¿y qué habrá dentro de uno años? ¿qué va a pasar de acá al verano? La única certeza es este dolor indescifrable que nos une. Acá, allá, antes, ahora.
Prefiero regalarte un paisaje inventado que ya vas a descubrir. Viajera.




jueves, 28 de agosto de 2014

La pasión

El cochecito iba y venía impulsado por un pie nervioso. Las extremidades se dividían para mantener el cuaderno y la lapicera.
Uma tenía calor y ese era uno de los motivos para salir del hotel. El dolor de estómago ya no tenía solución, se había acostumbrado a convivir con el ruido a tripas y la visualización de manjares pasajeros: pancho, bizcochitos, gaseosa, papas fritas. La beba esta vez no lloraba, dormía agobiada por el calor.
Nada de eso era motivo de inspiración para Uma que de cuatro a seis de la tarde escribía, adentro o afuera. Afuera era más fácil porque adentro el olor a heces y a vómito la agobiaba. Olores y ruidos de todo tipo.
Uma escribía.



Una visión fugaz desde arriba del colectivo me permitió imaginar a Uma. Tarde de calor agobiante arriba del 53 y la puerta de un hotel familiar en ¿San Telmo? ¿Almagro? 

domingo, 17 de agosto de 2014

Amores – Cementerio de Chacarita

Recuerdo la primera vez que la vi, tan sensual, fresca, linda toda ella. No me animé a hablarle porque bailaba con un chico y pensé que era su novio… “Ke linda sos” quería ponerle en un SMS, porque en esa época no existía el WhatsAp. Pero no tenía su celular y tampoco sabía si le gustaban las chicas.

Pasaron varios meses hasta que la volví a encontrar. Ella pensaba que me veía por primera vez pero yo a ella la había retenido y actualizado muchas veces. Era amiga de un amigo y nos cruzamos en un centro cultural, nos presentaron y listo.

Meses más tarde me llegó un mensaje para ir a una fiesta, era ella que ahora se presentaba como Juana. Le pidió a mi amigo el número y me escribió. Fuimos a la fiesta y bailamos mucho hasta marearnos. Recuperaba una sensación que tenía cuando era chica, un éxtasis total, vueltas incontrolables. Una especie de desprendimiento del tiempo y el espacio acompañado por cachetes colorados y la pérdida del aliento. La calma inmediata de oídos zumbando con el cuerpo desparramado por el piso. 

Terminamos las dos desparramadas en su departamento. El amanecer fue cuerpo de Juana con sabor amargo y náuseas. Quería salir a la ciudad, la ahogaba el ambiente pequeño con un penetrante ruido a bombos. Silencio y paz era lo que necesitábamos.

Llegamos al cementerio de la Chacarita exhaustas pero con una prolongación de las ganas de besarnos. Tantas ganas de Juana... Paseamos hasta encontrar un pequeño lugar con una pérgola, una especie de pequeño rosedal de Palermo. A nuestro alrededor un campo de tumbas se abría permitiéndonos adivinar años de muerte. Sus besos. Me contó cómo murieron sus abuelos. La rugosidad de su pullover. Le confesé que la conocí antes. Perfume tibio. Quería terminar el colegio. Su cuello. Mentí, le dije que quería seguir estudiando. El roce del jean. Mirá, nuevo entierro. Sabor noche.

En algún momento decidimos levantarnos, estábamos doloridas por la postura obligada del banco de cemento. Caminamos sin rumbo hasta la zona de los inmortales como le llaman. Juana me abrazó toda entera como llorándose. 






sábado, 2 de agosto de 2014

La tarde - Cementerio de la Chacarita

A Mary que sigue ahí

Aroma a facturas, a churro y tortita negra. No, están caras y nos tenemos que cuidar un poco...Con Elbio agarramos la canasta, metimos el mate, la yerba y nos fuimos a pasear.

Queríamos ir a algún lugar lindo aunque el clima no estaba muy bueno y amenazaba con llover. Yo tenía ganas de ir a ver los nietos a San Andrés pero cuando estábamos por Chacarita al Elbio le agarraron ganas de bajarse en el cementerio. Me dijo que ahí estaban las tumbas de Gardel, de Pugliese, Goyeneche y Troilo. A él siempre le gustó el tango y de joven supo ser un gran guitarrista, mi preferido.

Ni bien bajamos miramos el mapa pero no aparecían los tangueros. Caminamos despacio porque la artrosis me mata y más en días húmedos y nublados. Nos animamos a preguntarle a un señor y digo nos animamos porque había tan poca gente que parecía un fantasma. Nos dijo que sigamos por la diagonal dos calles y después a la izquierda cinco más. Movía la mano como si reconociera cada espacio, cada tumba, cada pasillo… Yo puse una cara fea de esas que pongo cuando los nietos se mandan alguna pero estaba asustada, con miedo.

Ya no dábamos más y llegamos a la tumba de Carlitos. Nos quedamos ahí mirando y Elbio descubrió las placas más antiguas: 1936 y 1937. También se colaba en lapicera un saludo de ese mismo día.





Seguimos caminando para ver a los otros tangueros. Yo tenía sed pero no me daban ganas de sacar el mate delante de tanta tumba y menos con un olor tan fuerte que había, húmedo y podrido. Como cuando las plantas se llenan de agua y queda el olor en el patio por varios días. Pero en el cementerio había mucha más agua, agua en la tierra, agua en floreros de nichos, agua por debajo que se escurría en las napas arrastrando tanto hueso.

Los nichos, eso fue lo que más me impresionó. Tres pisos bajo tierra de nichos, tres interminables pisos con interminables filas, flores naturales, placas metálicas, flores de plástico, cartelitos de Papá te amamos y Mamá. Querido hermano. 1918 – 1960. 1927….  Elbio descubrió ahí nomás, cerquita, una camilla metálica que me hizo imaginar un cuerpo acostado, recién fallecido, rumbo a su tumba.




Cuando llegamos a la salida la reja estaba cerrada y dos guardias esperaban para abrirla. Elbio y yo nos asomamos entre tanto ruido y movimiento. Ya era hora de comer bizcochitos con agua calentita...



domingo, 22 de septiembre de 2013

La cita

Sobre las uñas de Elsi se esparcía el pincelito color violeta. El pelo rojizo recién teñido de Elsi iba secándose mechón a mechón. La atendían silenciosas porque Elsi hablaba, contaba cómo lo conoció y cómo sería el segundo encuentro. Eligió el color rosa de vestido porque le sienta bien y debía ir a buscarlo ni bien terminaran de arreglarla. Al verse al espejo se gustaba y hasta se atrevió a decir: "Me están dejando pipí cucú, el tipo me va querer morfar ni bien me vea".

La Yolly la escuchaba atentamente mientras seguía estirándole el pelo. Sus ojos se perdían entre los mechones colorados y la voz se iba apagando, volviéndose finita hasta convertirse en paisaje. Ella también había tenido su gran amor que seguía creciendo dentro suyo aunque nunca se haya materializado en discurso. 

Las playas de Claromecó una vez la encontraron desnuda ante la mirada atónita de él que le juraría ser fiel toda la vida. Cuidado Yolly que me lastimás, despacito por favor ¡¡¡que me vas a dejar pelada!!! La piel helada llena de sal y sus labios absorbiéndola por completo. El viento cubriéndolos de arena. ¿Dónde andará ahora? ¿Seguirá vivo? ¿Tendrá los mismos achaques de la edad que ella?

Esa noche la Yolly salió sola y triste pensando en la otra noche a pura pasión que tendría la Elsi. Yolly fue a tomar el subte y se quedó muda viendo pasar uno tras otro los coches nuevos que tanto odiaba. No tenían recuerdos, ese plástico made in china era pura actualidad que la dejaba sola, la violentaba con un presente que detestaba. Puede que haya pasado algún tren viejo para ser arreglado en el taller pero Yolly tampoco quería volver al pasado. Deseaba un tiempo sin nombre que no la condenara a la más terrible extinción de sí misma en la soledad de las pocas noches que le quedaran por vivir.