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martes, 5 de enero de 2016

Los veranos: "Leche merengada" de Paula Tomassoni


Comienza una nueva sección con reseñas de textos leídos en este verano porteño. 

"La abrió y extrajo el disco metiendo el dedo 
en el agujerito del medio. Se notaba su afán 
por no tocar el cuerpo metálico, como cuando
 jugaban a caminar por la vereda sin tocar 
las líneas de las baldosas" 





Colectivos, subtes, sala de espera, calor, conurbano. Este libro transitó esos lugares en el periodo previo y posterior a la navidad, entre el 2015 y el 2016.

Mientras la protagonista, Marina, intentaba salvar un cordero descongelándose por los cortes de luz, en nuestra familia también se desataba una tragedia... Un matambre quedó solito, olvidado en el supermercado. La lectura me volvía, inevitablemente, a la cotidianeidad.
Fue imposible leer Leche merengada sin sentirme parte de esa historia. Pequeños dilemas familiares que estallan en catástrofes y la persistente conexión entre pasado y presente. Marina sobreviviendo en medio de esa vorágine pegajosa como el calor de la ciudad. 
Me gustaron los monólogos interiores que resignificaban los vínculos, la desestabilización de ritos incuestionables como si de pronto se arrancaran las luces del árbol y el árbol mismo. La furia contenida y la necesidad de encontrarse en el otro que vuelve con complicidad de infancia.
Hay también una estructura de lo imposible, de lo que es en potencia y estalla por dentro. Como este calor que ahora adhiere las hojas. Vayan entonces por sus lecturas.

Tomassoni, Paula, Leche merengada, La Plata: Estructura Mental a las Estrellas, 2015.

miércoles, 5 de diciembre de 2012

Dialogando con Roberto Arlt - Todas las calles


Un calor agobiante, ya lo sabemos. El pronóstico de la tele lo informa, el vecino nos lo dice: “Pucha qué calor, no se va más. Pero lo que mata es la humedad”; nosotros lo sentimos; en la radio anuncian 38 grados centígrados; el pronóstico lo vuelve a informar; otro vecino nos anuncia que “la ola de calor llegó para quedarse”; un transeúnte hablando por celular advierte que mejor andar con ropa cómoda y fresca. Lo sabemos y caminamos apresuradamente por la calle Florida. Sí, la misma Roberto:


“Hay mujeres que van todos los días a Florida. Digo todos los días, porque cada tres meses paso por allí y me encuentro a las mismas paseantes, con los mismos vestidos, la misma mirada, el mismo cansancio, igual paso, semejante rumbo. Grupos de tres, de cuatro, que al que va por primera vez le da la impresión de ser provincianas que están estudiando arquitectura y que para el que las ve todos los días, le dejan en el entendimiento una pregunta flotante: ¿Qué diablos vienen a buscar todos los días estas mocitas a la calle? Porque se explica un día, dos ¿pero todos los días: invierno, verano, otoño? Se necesita paciencia y plata, sobre todo plata, para atender al desgaste de material rodante quiero decir, de zapatos y medias.”

Roberto Arlt, Aguafuertes porteñas: Buenos Aires, vida cotidiana


Te  digo Roberto que ahora me resulta más difícil distinguir precisamente quiénes están en medio del tumulto que avanza a paso rápido. Intento buscar a las mujeres pero se me cruza un grupo de turistas, intento aminorar la marcha pero un hombre me golpea con un portafolios. Tengo que doblar por Avenida Corrientes, ¿cómo hago? Extiendo mi mano derecha y me siento automóvil sin luz de giro. Casi me llevo puesta a una mujer ¿será una de esas?

Roberto, está difícil detenerse en las vidrieras de Florida, ni mujeres ni hombres se animan a tamaña ventura. Corrés el riesgo de que te puteen con mil insultos diferentes que pueden incluir alusiones a la detención del paso, al impedimento de una marcha constante que reduce a dos minutos la llega tarde al trabajo o quizás a un tropezón por culpa de un movimiento no calculado.

Además, Roberto, muchos se quedaron sin la confitería Richmond, vos imagináte cuánta alma en pena de tu época anda deambulando por Florida. Los vivos, los muertos.




lunes, 23 de enero de 2012

Posibles Buenos Aires - Pinta Daniela Boo

Se baja y se sube, se vuelve a bajar de escaleras, colectivos, trenes, subtes. Son exactamente las mismas calles que se recorren con un ritmo frenético y la mínima atención posible para percibir el peligro latente de la moto que pasó en rojo o el colectivo que dobla pegado a la vereda. Un peatón ve la sombra del colectivo acercarse como acechándolo, se tira para atrás y mantiene la taza plástica de café intacta, especie de triunfo en mano. De los múltiples milagros cotidianos a los que recurre la ciudad para seguir funcionando hay algunos menos excepcionales.


Bicentenario - Daniela Boo

Los que aún no bajaron permanecen en el trance de un viaje indefinido acompañado por mensajes de texto, visualización de un afuera en movimiento que va perdiendo personas como árboles o algún tarareo musical casi inaudible. Ella estaba en Primera Junta pero se tenía que bajar en Carabobo. Un pasajero la despertó pese a su resistencia, el calor agobiante piensa mientras abre dificultosamente los ojos. Es puro bostezo, quiere quedarse y trata de recordar quién es, a dónde iba, perdiéndose en los puestos de libros usados de en frente.


Las horas - Daniela Boo

El que baje a las profundidades percibirá que los deliberados rayos de luz que se cuelan por las alcantarillas tienen otros matices menos conocidos e inexplorados. Algunos índices los encontrará el pie atento que tomando un café en avenida Corrientes siente las suaves vibraciones: ¿Lo oíste? Es el subte que habla. Y abajo alguien sentirá que el es el subte que llega, pero con los ojos inundados por profundas venas rojas no podrá ver más que una necesidad de sentarse y llegar, encontrarlos, cocinar con la albahaca de la huerta y sentir aroma a pasto mojado.

Hay alguien que puede ver cada una de las tonalidades, recupera el instante previo antes de la extinción ¿de qué? lo jamás visto:


Qué hay detrás de la luz - Daniela Boo


Para conocer la obra de Daniela Boo visiten su sitio web: