"Hoy vas a entrar en el pasado
en el pasado de mi vida"
La conocí un 23 de diciembre de 1963, yo tendría unos veinte años y trabajaba en una oficina de de la zona Congreso como asistente contable, me la pasaba haciendo trámites, una especie de cadete. Un día la cola del banco era enorme, en esa época no se usaba como ahora el aire acondicionado y el ventilador no daba a basto para tanta gente acumulada. Yo salía sofocado y entonces antes de entrar a la oficina pasé por la confitería L´Aiglon que estaba en Callao y Bartolomé Mitre, me senté cerca de la ventana y me tomé un aperitivo Cinzano con mucho hielo y limón.
Cuando la vi llegar por Bartolomé Mitre me quedé helado, una cabellera larga rubia, una cadencia tan particular y un trajecito de color celeste iluminaban toda la vereda. Ella era luz, pura luz y yo no podía sacarle la mirada de encima, la devoraba... Bajé la cabeza para apreciar sus larguísimas piernas que cruzó con una elegancia aletargada, habrán sido unos pocos segundos pero para mí la eternidad se plasmaba en ella.
Llamé al mozo y señalándola pedí que le enviara un aperitivo de mi parte. Ella lo recibió, me buscó con la mirada, sonrió y me hizo señas de agradecimiento con la mano. Rogué que se acercara a mí y probé la pose más seductora posible. Pero ella permanecía indiferente leyendo una carpeta enorme de papeles. Yo no me había percatado de que hacía una hora que estaba sentado ahí, tenía que volver a la oficina. Pero fue ella la que se levantó primero, se acercó, me agradeció y me dijo unas palabras que no olvidaría nunca, recordando exactamente la sonoridad de su voz, sus labios rosados: "Gracias, muy lindo gesto de su parte, se lo agradezco y le deseo unas muy felices fiestas". Yo intenté decirle algo pero no pude, me quedé absorto contemplándola. Cuando salió su figura tapó el sol de frente y sentí que la sombra que proyectaba llegaba hasta mí.
Pasaron unos cinco años hasta que me la volví a cruzar, yo estaba más grande, más buen mozo y tenía en mi haber la experiencia de dos mujeres. Esta vez no se me va a escapar, pensé, estábamos sentados en misma confitería, ella ya no llevaba pollera sino un pantalón, la cara estaba un poco avejentada pero era tan bella como antes. Le expliqué que hacía unos años le había regalado un vermouth y que no había dejado nunca de pensar en ella, le pedí que me permitiera sentar allí y hablamos durante horas hasta que el lugar quedó casi vacío. Los meses subsiguientes fueron de pura pasión, Elvira y yo nos amábamos con locura, pasábamos días enteros encerrados en mi departamento de Callao. Todo terminó cuando ella decidió rehacer su matrimonio y volver a su casa para criar a su hijita Adriana de tan solo cinco años que reclamaba su cariño.
Y pasaron unos cuarenta años, yo me casé, enviudé y decidí buscarla por Facebook. Mi nieta me enseñó yo no tenía ni idea, me costó pero logré armar mi "perfil" como se le dice a eso y subir fotos. La busqué y la encontré, Elvira, era una foto de ella en las cataratas, usaba la tecnología mucho mejor, publicaba cosas en el muro, etiquetaba gente en las fotos, cosas que yo aún no sabía hacer... Y hablamos por mensajes, yo no sabía usar el chat y ella intentó mil veces explicármelo pero yo no lo lograba entender. Esperaba sus mensajes con un ansia juvenil, reviviendo ese pasado que se me presentaba en imágenes y sensaciones. Acordamos juntarnos en L´Aiglon, lugar simbólico, que daba cuenta de todo lo que habíamos vivido juntos. La cita era el 30 de diciembre de 2011 en la esquina a las 15:00. Yo me tomé temprano el tren -hacía unos años me había mudado a provincia, a Ciudadela- y llegué tempranísimo, casi a las 14 horas. Entonces me bajé de la línea A y fui directo a la esquina.

Estaba parado en la la confitería pero no esperaba lo que vi, deambulé de un lado para el otro, intenté mirar hacia adentro, imposible, los vidrios estaban pintados de blanco. Me puse los anteojos para ver de cerca y vi que L´Aiglon había sido declarada de interés cultural entonces me preguntaba qué había pasado, recordé la desaparición de otra célebre confitería también patrimonio de la ciudad, la Richmond...
Arriba de la puerta había un cartel de alquilado e imaginé lo peor, la construcción de un supermercado que destruyera todo el interior antiguo, el mostrador de mármol, o quizás una casa de comida rápida, como esa que habían puesto en Florida, con la promesa de "mantener la fachada" pero destruyendo todo el interior.
Elvira llegó unos minutos más tarde, no me saludó, señaló el cartel de alquiler y con los ojos llenos de lágrimas me dijo con tono grave: ¿Pero qué pasó? No supe que contestarle, los dos nos quedamos ahí quietos, callados, uno al lado del otro, buscando en la memoria un pasado que se volvía irrecuperable.