Mostrando entradas con la etiqueta fútbol. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta fútbol. Mostrar todas las entradas

domingo, 29 de noviembre de 2015

Menos cielo

Los botines se aferran al piso plástico e impiden el balanceo del cuerpo. Los mismos piecitos que se aferraban al Paraná y corrían por las calles de Ayolas. Los dedos buscan hundirse en el barro.
El pasto sintético arde en las rodillas y él recuerda una vez más. Esta vez las moras se aplastan en las veredas ensuciándolas, ese pegoteo que los nenes esquivan y que le recuerdan a sabor antiguo, a pequeño robo planificado.
El sudor se hace notorio y denso. Ese mismo hedor
 que se mezclaba con agua fresca, correntada.
La luna, cree ver la luna reflejada en un charco de la General Paz. Tiene menos cielo pero insiste en aferrarse a esos pequeños momentos de lo que nunca se va olvidando.
El número 7 de la camiseta y el nombre, "Pato", contrastan con las remeras agujeradas. En invierno y en verano la remera amarilla desgastada que se prolongaba en los dedos maternos con hilos de colores.
De un área a otra: piques, codazos, roces. 
Volver a casa. 


miércoles, 26 de septiembre de 2012

La vida

Ni bien se subieron al colectivo comenzaron a escuchar la elevada voz del pasajero del primer asiento. A su lado una mujer permanecía inmóvil, siempre mirando para adelante. Detrás de ellos, por el contrario, una familiaridad espontánea esbozaba conclusiones acerca de la situación que se les ofrecía ese sábado por la noche.

Flavia, ¿esto no da para más? decímelo decímelo, pero decímelo de una vez. ¿Me escuchás? ¡Te estoy hablando! Decíme, decímelo. Qué manera de apretar vos y yo eh... No te podés quejar te di todo, todo, todo este cuerpito ardiente.

Los pasajeros empiezan a reírse. Comienzan a mirarse unos con otros, comentan. El pasajero no parece percibir el murmullo de voces a su alrededor.

—¿Será verdad que habla con la mina?
Para mí que está loco el tipo...
Fijáte el celular, ¿no estará apagado?

Flaviaaaaaaa, ¿me oís? ¿Flavia? ¡Ahhhhhhhhh estás con tu macho? ¿estás ahí con tu macho no? ¿Para qué te llamo entonces? ¿Por qué me contestás?

—Que le corte de una vez Flavia por favor.
—Debe ser re fea esa mina.

Suena el celular y los pasajeros redoblan el murmullo.

—A que la atiende, siiiii.
—¿Para qué lo llamó?

Flavia, ¿qué querés? ya fue, ya fue, dejálo así. Ya está. Mirá, vos quedáte con tu macho, que él te lleve a pasear, que él te compre cosas, que él haga todo ahora a mí, a mí ¡¡¡¡DEJÁME DE ROMPER LAS PELOTASSSS!!!!

El colectivero marca un boleto de 1,10 y aprovecha para mirar al pasajero. La pasajera de al lado sigue inmóvil mientras a su alrededor nadie puede contener la tentación. A medida que fueron subiendo y bajando adquirieron su propia parte de la historia. Algunos se resistían a bajarse antes de ver si Flavia volvía a llamar. 

Otro colectivo comenzaba a balancearse al ritmo de los cánticos y saltos de la hinchada de Independiente. La unidad avanzaba en un de microclima acústico que apenas permitía un intercambio entre pasajeros. Algunos, indignados, pedían mayor responsabilidad del chofer que podría haber impedido el ingreso. Otros se apretaban los auriculares tratando de escuchar sus canciones favoritas. En medio de la hinchada y con una botella rellena de vino en mano una chica atiende su celular.



miércoles, 6 de junio de 2012

Arqueológicas – Mi living


Berta empuja el changuito con todas sus fuerzas. Lleva osobuco, puerro, papa, zapallo, choclo, zanahoria, cebolla y apio para hacerse una sopa a la noche. Tiene prohibido cargar las bolsas desde que se fracturó la cadera y estuvo varios meses recuperándose. Por culpa de esa fractura tuvo que abandonar la antigua casa de tres pisos. Ella quería quedarse pero los hijos le recomendaron mudarse a un departamento más chico de un ambiente como para que le resulte más fácil moverse.

Berta empuja el changuito y recuerda cada uno de los espacios de su casa. El living todo decorado por el recibimiento de Luisito que se había convertido en médico. En ese mismo living correrían unos años después los nietos, la Belén y Juancito que terminaron destruyendo a pelotazos la araña reluciente que iluminaba de una forma tan cálida el ambiente. Después la reemplazarían con unas lámparas modernas que Berta no odió gracias a que fueron los nietos los causantes del reemplazo. El baño en donde jugaba durante horas Nené que una vez casi se ahoga intentado aguantar la respiración mientras juntaba las monedas como en el programa de la tele. El primer piso con el cuartito en donde su marido Don Antonio había preparado un taller de reparación de electrodomésticos. Gracias a él los vecinos del barrio recuperaron sus radios Spica al ritmo de: “Tome Ginebra Bols, el sabor del fútbol”.  La cocina donde amasaba las pastas del domingo y la ventana por donde se asomaba el gato de la vecina al que le daba rigurosamente el chorizo colorado que tanto le gustaba a él y a ella.  

Berta empuja el changuito por avenida Boedo pero no levanta la cabeza, no soporta el panorama. 



miércoles, 28 de marzo de 2012

¿Lo digo?

 "Y ahora reitero mi desafío amigable: escriba sobre 
la vida, lo que significaría usted en la vida. (Si no 
fuera cronista de fútbol, de cualquier manera sería
 escritor). No importa que, en esta columna que pido, 
usted entre por la puerta del fútbol: eso le facilitaría 
romper el pudor de hablar directamente. Y más, para 
facilitárselo: le dejo que escriba una crónica entera sobre 
lo que el fútbol significa para usted, personalmente, y no 
sólo como deporte, lo cual terminaría revelando lo que 
usted siente por la vida".
Crónica de Clarice Lispector, 
"Armando Nogueira, el fútbol y yo, pobrecita"




El primer sábado se los cruzó en la puerta de una escuela, estaban tomando vino y cantando a favor de River. Esperaban que llegue el micro que los llevaba a la cancha. Y ahí sintió un primer impulso, intentó no mirarlos pero los colores blanco y rojo la encegecían. Se dijo que mejor no, que había que seguir adelante. Y siguió caminando con la disminución progresiva de los cantitos. 

Dos sábados más tarde le tocó un reencuentro en la línea C del subte. Subió en Avenida de Mayo para hacer solo dos estaciones hasta Independencia. En la espera una mujer le advirtió la presencia de unas pequeñas cucarachas que acechaban, varias cucarachas tapizando las paredes mugrientas de la estación. Quizás estaban disfrutando algún residuo dulce, jugo derramado o migas de galletitas.  

Cuando entró al subte comenzó a escuchar otra vez los cantitos, pero esta vez estaban acompañados por críticas a los hinchas de Boca, logró escuchar: "Che bostero che bosterooooo". Y esta vez los miró, dio vuelta su cara para absorber completamente la situación, trató de escuchar cada una de las agresiones que se le iban adhiriendo. Se rió, no pudo sostener la profunda tentación que buscaba una mirada cómplice, alguien que también perciba eso que estaba ahí y los interpelaba. Pero los cuerpos inertes querían llegar a sus respectivas estaciones para descender de la formación. Cuerpos desapasionados, tristes, apáticos.

Le tocó a ella descender y ni bien salió del vagón subió las escaleras. El impulso se le hizo incontrolable, sintió una necesidad imperiosa, un grito que la dejara afónica. Fueron unos pocos segundos de escalones e imágenes que la hicieron retroceder hasta la estación. Su mirada se tambaleaba entre el cierre de puertas y los hinchas despareciendo esmerilados contra el vidrio. La banda de sonido incluía en simultáneo la señal de alerta que avisaba ese cierre y los gritos de la hinchada que se volvían cada vez más desaforados. Estaba aturdida y acalorada, la garganta se preparaba para decirlo. Se imaginó en esos segundos gritándoles, los veía adentro putéandola y perdiéndose en el túnel. Sentía el ruido de las botellas de cerveza que caían en las vías. Sentía el balanceo del vagón producto de los saltos descontrolados. Y se oía a sí misma con tan poéticas palabras: "Vos sos de la B gallina, ¡¡¡sos de la B!!!, vos-sos-de-la-B". Pero volvió a las escaleras. Pasó el molinete. Salió hacia afuera. Se cruzó con los que ingresaban a la estación. Cobarde. Estas palabras no te redimen. 

martes, 22 de junio de 2010

Crónica de un viaje futbolístico


Después de la experiencia del hipódromo, este blog disfruta de la participación de sus amigas. Esta vez Vero escribió:


Parece un día feriado, aunque sean las 8:30 de la mañana de un día común, laboral. Sin embargo, no hay casi nadie en la estación de trenes. ¿Acaso nadie tiene que ir al centro hoy? Si, tienen, pero lo hicieron antes de esta hora o lo harán después de las 10:30. ¿Por qué? Porque a las 8:30 del 17 de junio de 2010 juega la Selección Argentina su segundo partido del Mundial Sudáfrica 2010. Y para los argentinos, esas 2 horas son sagradas, como un feriado


Apenas se comienza a escuchar el relato de Víctor Hugo por los auriculares del celular, el tren arriba a la estación. Su maquinista lleva puesta una remera de Argentina, una pasajera que está por subir le levanta el pulgar en señal de aprobación. Al abrirse las puertas no se baja nadie, al subir al vagón está casi vacío, hay asientos libres y es fácil acomodarse en ellos. La viajera se siente rara, pero se pone cómoda y disfruta el relato del partido. Unos pocos minutos faltan para que se produzca el primer gol argentino, pero ya sea por el silencio en el vagón, porque la mayoría de los ocupantes del vagón son de sexo femenino, o porque se palpa en el aire que a (casi) nadie que esté viajando a esta hora en este tren le interesa ni un poquito el partido, el gol no se festeja. Solo una pasajera tímida se levanta a medias y grita un débil gol, la viajante la mira, le asiente la cabeza y le sonríe. Una mirada cómplice se cruza entre ellas, pero esa es la única irrupción de la famosa “pasión futbolera argentina” que se manifiesta esa mañana en ese vagón.


La caminata por las siempre bulliciosas, atiborradas e incómodas de transitar veredas de la calle Pueyrredón, en el barrio de Once, resulta ligera, fácil. La total ausencia de puestos precarios, los carteles de “abrimos después del partido” en los negocios, lo permiten. Y es en esas extrañamente desiertas calles que Víctor Hugo grita el 2do gol, tal vez un poco titubeante por la duda de si “estaba en offside?” o no. Los gritos salen de los negocios, los autos se expresan con bovinazos. Pero esta vez la viajante no solo se siente tímida, sino también emocionada (más por la alegría de la gente que por el gol en si) y tan solo puede pronunciar un bajo “vamos! gol!” sin que la voz le salga entrecortada. Y prosigue su marcha acelerada.


Faltan 10 minutos para que termine el primer tiempo, pero la necesaria utilización del subte para poder arribar a destino interrumpe la señal de radio, y la viajera, que ya se lo imaginaba, debe continuar su camino ignorante de los acontecimientos hasta que vuelva a la superficie, cuando el 1er tiempo ya haya terminado. La estación del subte presenta una imagen muy parecida a la del tren. Los empleados no existen; seguramente se hayan “perdido” en el camino entre la televisión y las boleterías. Pero por suerte el subte sigue funcionando. Tal vez haya que agradecérselo al gremio (sin personería jurídica) del subte que consiguió que las mujeres manejen las formaciones. Si no quién sabe.


Cuando la viajera sale a la superficie, su celular aún no puede captar las ondas de la radio. El microcentro porteño atenta contra ella, con sus constantes interferencias. Así que no es hasta que llega a la oficina y se cruza con una compañera de trabajo que se entera que el 1er tiempo terminó con un gol del contrincante. “En el último minuto fue!”.


El 2do tiempo la viajera se convierte en hincha. En la comodidad de una sala de reuniones y frente a un LCD de quien sabe cuantas pulgadas, se angustia y disfruta con el partido junto a sus compañeros de trabajo. Esta vez se siente cómoda y tranquila, y no vacila en gritar y saltar para festejar los 2 goles que el equipo argentino regala.


Luego del partido el día sigue (o será comienza, en realidad) como cualquier otro día laboral. La hincha se transforma en trabajadora, y responde preguntas, soluciona problemas, completa responsabilidades, crea nuevas….


Y se toma unos minutitos para escribir estas líneas.