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jueves, 12 de noviembre de 2015

Nadadores

Los dos sentados, uno al lado del otro, como casi siempre, juntos. Están en frente al papá que sigue el recorrido por la ventanilla. Los mismos ojos, casi la misma cara, pero separados por un abismo de cinco años. 

El menor mueve los brazos al estilo pecho y la mirada del mayor se desliza en los movimientos. Hace señas de que no, que otra vez... Reitera el movimiento y mueve la cabeza negando, que no es así, es otra cosa que nunca nunca va a entender. Así, así, ¿¿¿ves??? 

Los gestos y movimientos se aceleran. Refunfuña, está a punto de llorar. El resto del viaje permanecerá silencioso observándolo de reojo.  





domingo, 26 de julio de 2015

Viajes



La madera golpeando contra el asiento
en cada salto, en cada frenada.
La mujer
juega al solitario en el celular.
Entre las piernas, la guitarra.
Sé de tus manos sosteniéndola
reconozco tu mirada preocupada
ante cada movimiento brusco.
Creo oír tus quejas
acompañadas por la toda la fuerza para
sostenerla.
Sin embargo, ahora veo nuevamente a la mujer
lo que veo me habla más de ella
que de su guitarra.

jueves, 28 de agosto de 2014

La pasión

El cochecito iba y venía impulsado por un pie nervioso. Las extremidades se dividían para mantener el cuaderno y la lapicera.
Uma tenía calor y ese era uno de los motivos para salir del hotel. El dolor de estómago ya no tenía solución, se había acostumbrado a convivir con el ruido a tripas y la visualización de manjares pasajeros: pancho, bizcochitos, gaseosa, papas fritas. La beba esta vez no lloraba, dormía agobiada por el calor.
Nada de eso era motivo de inspiración para Uma que de cuatro a seis de la tarde escribía, adentro o afuera. Afuera era más fácil porque adentro el olor a heces y a vómito la agobiaba. Olores y ruidos de todo tipo.
Uma escribía.



Una visión fugaz desde arriba del colectivo me permitió imaginar a Uma. Tarde de calor agobiante arriba del 53 y la puerta de un hotel familiar en ¿San Telmo? ¿Almagro? 

domingo, 9 de junio de 2013

Perdida



La mirada baja, la mano aferrándose a la pierna de mamá y la sensación de movimiento infinito. Me voy a caer, me voy a caer, me mareoooo. Así se volvía del centro. Se volvía desde un lugar desconocido y en un tiempo para nada preciso, pero la memoria se empeña en volver a esa vuelta.
Alguna vez mamá pidió un asiento, alguien se lo tenía que dar, alguien. Sintió vergüenza. Había que sentarse sola, no pedir el asiento porque las piernas eran cada vez más largas y quedaba desparramada de forma incómoda a upa de mamá. La vergüenza volvía pero estaban las dos sentadas y cómodas hasta Primera Junta.
Alguna vez tenía que viajar sola. Levantar la mano, subir, pedirle al colectivero el boleto según el destino (Porque si es otro ramal andá a saber a dónde te lleva y te vas a perder), bajar en la parada precisa. Caminar, llegar a destino y volver.
La ceremonia se fue repitiendo hasta volverse natural e imprescindible. Se viaja, en ese medio de transporte, no otro. No hay plata para taxi y todo queda lejos, así de simple.
Idas y venidas durante años le fueron imprimiendo al trayecto ciertas particularidades. La espalda reconocía las posturas más confortables para lograr el sueño. Se deslizaba todo el cuerpo hacia abajo mientras la cervical iba inclinándose en el respaldo. La cabeza podría inclinarse hacia la ventanilla pero el temblor propio de los baches provocaba golpes dolorosos. 
Con los ojos cerrados percibía aún el movimiento, los giros bruscos, el mantenimiento de una dirección fija. Las coordenadas precisas acompañadas por la variación auditiva indicaban cuándo había que despertar. Despertar y bajarse con todo el sueño adentro sublevado. Con las rodillas entumecidas. Con la espalda crujiente.
Nunca pensó en la variante de peligro. Su integridad física y psicológica estaba protegida por años de conocimientos, por kilómetros recorridos. Nada podría quebrantar ese pacto silencioso que había contraído con el medio de transporte.
Y fue un miércoles nocturno en el que un pasajero se le acercó. El pasajero no era en ese momento pasajero sino torso agarrado del asiento. Un pedazo de cuerpo inerte que configuraba parte del paisaje inanimado que tanto conocía. ¿Para qué mirar hacia arriba? No era para nada respetuoso y no había nada que mirar, cada uno en lo suyo, con su viaje. Y el pasajero, el torso, se convirtió en mano rápida que se llevó el celular. Después fue una espalda bajando rápidamente por las escaleras y escabulléndose en las entrañas de la oscura Liniers. El corazón se aceleró, miró hacia todos lados y se culpó por confiada, por tonta. Los pasajeros la miraban, le hablaban y ella permanecía en un estado de angustia que le seguía acelerando las pulsaciones. 
Entonces empezó a pensar en ese torso, esa mano, esa espalda que se escurriría por las vías del tren y que, con éxito, vendería el celular a unos pocos pesos. El mecanismo se reiteraría con cada ocasión de celular fácil de arrebatar.
Esa mano, ese torso, esa espalda siguieron persiguiéndola en cada nuevo viaje, impidiéndole conciliar el sueño. Treinta y pico de años de viaje que se extinguían. 

domingo, 2 de junio de 2013

Mini -Crónicas en colectivo


Sábado 21:00 hs 

La chica habla con sus amigos en el colectivo. No habla, grita. Tiene un hermano panadero come todos los días facturas y es flaca pero engordó dos kilos la cuñada es amiga de una amiga de Lopilato y del hermano de los dos entonces suben un video a Facebook
La hija de puta tiene una panza dice la amiga pero la etiquetaron y 5 días después sale en el noticiero la cuñada dice yo ya la vi en Facebook JA-JA Y a mi mamá la van a operar la membrana una aguja ¿qué aguja? No que asco ¿Te dije que voy a ser tía?
 Ay boluda pero qué lindo yo me leí un libro estaba la sinopsis es de 1982 del año del pedo se llama Rosas de sangre bueno está muy bueno el libro de un crimen es SUPER descriptivo el libro hablaba medio de sado el antecesor de Grey!!!

Martes 7:00 hs

Amaneciendo en el colectivo. Señora con celular. Le dije al gordo que arregle el termotanque sí, él iba yo me yo a Capital de ahí a Caseros después a Villa Ballester (De fondo la radio del colectivo: Divididos, Nene de antes) la verdad que los médicos...
¿Rinden las dos nenas juntas? Hay alerta meteorológico hasta en Catamarca hay nena vientos del sudeste ¿Viste lo de los docentes? Una combi alquilaron no sé cuántos golpes en la cabeza se salvó pero nada más... chau. Corta y abre la ventanilla.


Martes 13:00 hs (Después del temporal de lluvia y granizo)

Alguna vez iba a pasar, dos pasajeras con onda. Estudiantes de secundario cantan temas de reggaetón y leen sms en voz alta como si fueran poemas: No quiero ir al cole que es un bajón igual llego tarde es para hacer esa prueba de mierda uh yo tampoco quiero ir esto no avanza llueve adentro del colectivo. Una pasajera grita al bajar MOMENTITO una gota cae entre este celular y mi mochila. La chica canta: ¿Cómo puedo yo amarte asiiiiiiii?
las alumnas se pelean: boluda es por culpa tuya no llegamos más pero mirá cómo viajas! sentadita es que vos no tenés tantas faltas como yo boluda

Miércoles 16:00 hs

Estoy dormida y escucho gritos: Ay Diossss. Alguien se cayó intetando subir al colectivo. Una pasajera explica que la señora mayor intentó hacerse la nena y subir en movimiento. El colectivero dice que se podría haber abierto la cabeza contra el cordón, rebotar. Avanzamos y se ve un hombre que cae solo desde su bicicleta. Los pasajeros de adelante exclaman ¡Uhhh otro más! El colectivero dice: ¡Ah bueno hay que jugarle al 56! ¡La caída!

jueves, 18 de octubre de 2012

Alucinaciones



“Yo me marcho
Tú te quedas:
Dos otoños.”
Haiku de Buson


Foto de Carolina Sosa


Le costaba respirar en el más explícito de los sentidos. Un cuello ortopédico le dividía el cuerpo en dos, parte superior y parte inferior. La falta de movimientos laterales de cabeza predisponía el movimiento de las extremidades.
Hilda salía con la bolsita de análisis del hospital y todo le parecía lejano. Se había distanciado del mundo mucho tiempo antes cuando decidió chocar contra el paredón. Había elegido durante meses el que más le gustaba. Graffitis por todos lados y una ramita con hojas que había logrado nacer en un resquicio de cemento. Amarillos, rojos y verdes, sus colores favoritos.
La salida de Hilda se vio interrumpida por la presencia de dos personas. La avenida Córdoba desprendía toda una serie de contrapuntos sonoros y la corriente continua de transeúntes los incrementaba aún más. Hilda había dejado de escuchar hace tiempo así que todo ese caos era un bálsamo para su existencia, aletargaba sus sensaciones y las redimensionaba. Las dos personas que se interponían en su camino imprimieron en Hilda las sensaciones adormecidas por el ambiente exterior.

—¿Qué carajo te pasó ahora? — Le preguntó a los gritos una joven.
—Dejála tranquila, no la atosigues, esperá— Interrumpió un hombre mayor de traje que tenía un cigarrillo en la mano.

Hilda comenzó a llorar. El hombre le ofreció un cigarrillo e inmediatamente Hilda comenzó a fumar. La cadencia de su mano iba desde las lágrimas de su cara hasta las pitadas del cigarrillo. Las cenizas se iban acumulando y el viento las adhería a su cara humedecida. Hilda lloraba y comenzó a balbucear una serie de palabras inentendibles.

—¿Qué que carajo te pasó ahora? ¿Me podés decir? Me hiciste salir otra vez antes del laburo. ¿Vos querés que me echen a mí? ¿Y quién te va a pagar la pocilga esa en que vivís? ¿Decíme a ver? ¿Vos vas a salir a trabajar? ¿eh? ¿eh? — Gritaba con cada vez más ímpetu la joven.

El hombre posó una de sus manos en la espalda de Hilda y la acarició. Trataba de consolarla sin saber muy bien qué era lo que estaba pasando en ese preciso instante. Hilda fumaba y el color de las cenizas le recordó una imagen que se le presentó segundos después de haber chocado. Esa misma imagen contrastaba con los colores de ropa de los transeúntes y le daba a Hilda una alegría desbordante que le hacía llorar aún más y fumar casi frenéticamente.

***

Se podría decir que era un día lluvioso, que pasábamos por avenida Córdoba con el colectivo 132. Dos jóvenes escuchaban música y otra pasajera les reclamaba que bajen el volumen. Un hombre mayor cantaba en voz baja y comentaba qué era lo que iba pasando en el colectivo, quién subió, quién bajaba. Afuera una escena nos cautivó a casi todos, una mujer joven y dos personas mayores, hombre y mujer, fumando. La mujer tenía un cuello ortopédico y lloraba. El colectivo se demoró más de lo habitual y pudimos percibir esta escena con mayor detenimiento. Una escena más de las tantas que se dimensionan por la ventanilla del colectivo.
Para el pasajero cantante la mujer acaba de recibir un diagnóstico fatal en el hospital.
Para los jóvenes que escuchaban música había que bajarse en la próxima parada.
La pasajera que les había reclamado que desciendan el volumen dormía.
Para mí Hilda.

jueves, 11 de octubre de 2012

Baila en tus manos





Subo al colectivo y me voy al fondo, elijo uno de los pocos asientos disponibles en la fila de cinco, quedo ubicada en el medio. Saco de mi mochila mi nuevo libro, Uruguayita. Las tapas de cartón llaman la atención de los pasajeros. 

Al lado mío la veo a ella. Siempre me llamó la atención esa mirada perdida, unos movimientos corporales delicados y mecánicos al mismo tiempo, la vestimenta, pareciera estar al borde de la locura. Esta vez me mira leyendo, siento su mirada lateral. Lleva una flor en la mano, una flor blanca, parece una flor silvestre. Las frenadas abruptas y los giros no alteran la posición de la flor. Erguida. La flor, la mujer y el libro conforman el escenario de un nuevo pasaje de la ciudad al conurbano bonaerense. Logro darme cuenta que tengo que bajarme, reconozco mi barrio pero me descubro sin la flor, sin el poema:


 Sombras 

No vivo de la poesía.
Quiero decir: no escribo por dinero
Por publicar versos.

Sólo escribo palabras
a la mujer de sombras
que en la noche
danza sobre las nubes de la luna. 


***

El poema pertenencen al libro "Uruguayita" de Manuel Podestá editado por Eloísa Cartonera: http://www.eloisacartonera.com.ar/home.html

viernes, 5 de octubre de 2012

Luminarias



I

El colectivo lleno por inconvenientes en el tren Sarmiento. Pasajeros que entran por la puerta trasera, golpes, quejas. Las ventanillas se abren. Embarazadas y nenes que suben. Pasajeros que se levantan. Quejas. Él permanece quieto. La mirada pareciera dirigirse hacia los asientos de atrás. No. El niño ojos de noche no mira. ¿A dónde van las penas?

II


Un sonido más de subte se añade a la banda sonora completa de frenadas, chillidos, charlas, auriculares. Una joven toca el violín mientras los pasajeros van y vienen. Van y vienen. Van. Van. Vienen. Línea A para la derecha, combinación con línea D para la izquierda. ¿No tiene una monedita? Alguien mira hacia arriba, descubre a la violinista. Ríen. La pequeña cabecita va girando. Mamá apresura la marcha y la tira del brazo. La violinista y la niña. Ríen. Se pierden en el túnel. Ellas. El sonido que persiste. 

III

Están acostados en los bancos al lado de las rejas del zoológico. Duermen. Los ojos apenas se abren. El bullicio insoportable. Están ahí. Los turistas corren para mirar entre las rejas. Se levantan. Deambulan por Palermo. Caminan con dificultad. Se escapan de las miradas que marcan la rutina de sus vidas. Llegan al refugio de la casa abandonada. ¿Qué comemos hoy?



miércoles, 26 de septiembre de 2012

La vida

Ni bien se subieron al colectivo comenzaron a escuchar la elevada voz del pasajero del primer asiento. A su lado una mujer permanecía inmóvil, siempre mirando para adelante. Detrás de ellos, por el contrario, una familiaridad espontánea esbozaba conclusiones acerca de la situación que se les ofrecía ese sábado por la noche.

Flavia, ¿esto no da para más? decímelo decímelo, pero decímelo de una vez. ¿Me escuchás? ¡Te estoy hablando! Decíme, decímelo. Qué manera de apretar vos y yo eh... No te podés quejar te di todo, todo, todo este cuerpito ardiente.

Los pasajeros empiezan a reírse. Comienzan a mirarse unos con otros, comentan. El pasajero no parece percibir el murmullo de voces a su alrededor.

—¿Será verdad que habla con la mina?
—Para mí que está loco el tipo...
—Fijáte el celular, ¿no estará apagado?

Flaviaaaaaaa, ¿me oís? ¿Flavia? ¡Ahhhhhhhhh estás con tu macho? ¿estás ahí con tu macho no? ¿Para qué te llamo entonces? ¿Por qué me contestás?

—Que le corte de una vez Flavia por favor.
—Debe ser re fea esa mina.

Suena el celular y los pasajeros redoblan el murmullo.

—A que la atiende, siiiii.
—¿Para qué lo llamó?

Flavia, ¿qué querés? ya fue, ya fue, dejálo así. Ya está. Mirá, vos quedáte con tu macho, que él te lleve a pasear, que él te compre cosas, que él haga todo ahora a mí, a mí ¡¡¡¡DEJÁME DE ROMPER LAS PELOTASSSS!!!!

El colectivero marca un boleto de 1,10 y aprovecha para mirar al pasajero. La pasajera de al lado sigue inmóvil mientras a su alrededor nadie puede contener la tentación. A medida que fueron subiendo y bajando adquirieron su propia parte de la historia. Algunos se resistían a bajarse antes de ver si Flavia volvía a llamar. 

Otro colectivo comenzaba a balancearse al ritmo de los cánticos y saltos de la hinchada de Independiente. La unidad avanzaba en un de microclima acústico que apenas permitía un intercambio entre pasajeros. Algunos, indignados, pedían mayor responsabilidad del chofer que podría haber impedido el ingreso. Otros se apretaban los auriculares tratando de escuchar sus canciones favoritas. En medio de la hinchada y con una botella rellena de vino en mano una chica atiende su celular.



viernes, 1 de junio de 2012

¿Cómo va?


El sabor era efectivamente fuerte, tal como lo anunció María Laura la odontóloga. Después vendría el ruido agudísimo del torno puliendo el molde, las pruebas de abrí cerrá abrí cerrá abrí cerrá y el pelo lleno de pedacitos de plástico con efecto caspa.

Ni bien salió del consultorio se dirigió a tomar el 132 y llamó:

— ¿Cómo va el partido?
— Ahí la agarra Mouche, la pierde Mouche, la agarra…

Por la avenida Rivadavia intentaba captar alguna imagen de los televisores de los bares pero a medida que estaba por ver algo se cruzaba otro colectivo o el chofer aceleraba.

El segundo colectivo tardó más de lo habitual y para colmo tuvo que quedar muy mal ubicado (cortando dos manos de Rivadavia) gracias a otro coche cuyo conductor se resistía a abondar la posición. Los pasajeros intentaban respetar la cola, ella paraba a una de atrás que se quería mandar a toda costa y ayudó a subir una chica ciega. Una señora le manifestó su preocupación:

— Ah no, yo con los problemas de cervical que tengo no sé si podré subir, está muy lejos del cordón.
— No se preocupe señora que yo la ayudo.
— Mmmm pero no, no sé.

La señora agarró el changuito y junto con un empujón logró subir.

Ni bien subió escuchó ese sonido celestial que le recordó lo que había estado buscando sin éxito:

— Buenas noches, 1,75. ¿Cómo va el partido?
— 2 a 0.
— ¿Para Boca?
— Ajá.

Se sentó atrás de todo e intentó escuchar el partido pero no lo lograba, mucho ruido de motor, de frenadas, de otros coches. Finalmente se durmió y cuando ya estaba llegando a su casa sonó el teléfono.

— Hola.
— Hola.
— ¿Por dónde andás?
— Ciudadela, llegando al COTO.
— ¿Recién por ahí?
— Sí ¿qué querés que haga?
— Nosotros ya comimos.
— ¿Y cómo va el partido?
— Recién erró un penal.
— Ah, ¿al final le empató Central?
— Que un penal.
— Sí sí, pero entonces le empató Central.
— No.
— ¿Cómo que no? Mamá, yo te explico, cuando dos equipos empatan van a penales, ¿entendés? ¡Entonces no es sólo un penal! Explicáme bien por favor.
— A mí tratáme bien, encima que te digo.
— ¿Papá está? Dame con él.
— Ah claro, la tonta soy yo, me usan a mí el teléfono para el partido ¿no? Si querés llamá vos.
— Pero me estoy quedando sin crédito. Está bien, chau, chau, gracias ehhh.

Ya llegando a Ramos Mejía ve que hay un nene sentado al lado de la máquina de boletos, escucha de la radio Golllllllllllllllllllllllllll el nene se alegra, habla con la madre:

— Gol, gol, gol de Viatri.
— ¿De Viatri?
— Creo.

Baja y mira el televisor de un local de comidas que queda justo en la parada. Ve un 1 a 1.

— ¿Cómo va el partido?
— 1 a 1
— ¿Van a penales? Todavía falta, es el segundo tiempo.

Llega corriendo a la casa. Ve a Mouche errar el gol, se queja como siempre de Mouche.

Y ahora sí, ahora sí va a ver los penales y van a volver a putearlo a Mouche.

domingo, 8 de enero de 2012

Suben y bajan


"¿Dónde habrá una ciudad en la que alguien silbe un tango
¿Dónde están, dónde están
los camiones de basura, mi vieja y el café?
Si esto sigue así como así ni una triste sombra quedará
ni una triste sombra quedará"
El anillo del Capitán Beto de Luis Alberto Spinetta



Pasa la mano por el volante siguiendo la forma circular, como acariciándolo. Acomoda una botellita de agua y una toalla al costado del asiento. El celular va enganchado al pantalón "No sea cosa que un pasajero me lo afane". Hace la señal de la cruz con la mano y arranca, me dice que tiene miedo de tener un accidente, de un asalto violento, de la agresión de un pasajero.

Julio repite día a día el mismo recorrido con la línea 1 de colectivos: de provincia a capital y de capital a provincia. Se levanta temprano, se baña, se afeita la barba y su mujer, Sandra, la ceba unos mates. Es temprano, alrededor de las cinco de la mañana pero mantienen una rutina amorosa silenciosa en las penumbras de un amanecer que apenas se anuncia. Sandra después duerme un poco más, agotada por la jornada laboral que la mantiene varias horas limpiando oficinas. Julio camina unas cinco cuadras para llegar a la terminal y ahí intercambian bizcochitos de grasa con los empleados de la línea.

Arranca el colectivo y progresivamente se va llenando, algunos pasajeros protestan porque no hay más lugar y gritan "que se vayan para atrás que está vacío". Julio pide colaboración pero se calla ante los primeros insultos y las expresiones tales como:"¿Pero qué te creés? Subí gente al techo flaco, NO HAY MÁS LUGAR". Sube una mujer mayor que se queda parada, Julio me explica que antes no era así, que en seguida le daban el asiento a embarazadas, viejos y chicos ni bien los veían subir pero ahora se hacen todos los dormidos. La señora intenta agarrarse como puede pero con cada frenada su cuerpo se mueve, flamea y la caída parece inminente. Finalmente en un movimiento brusco golpea a uno que está "dormido" y le termina dando el asiento.

Le pregunto a Julio por qué es colectivero, si eligió la profesión, pero antes de responderme mira uno de los espejos para abrirle la puerta a un pasajero. Retoma la marcha y me dice que no sabe, que de chico pasó mucha hambre, que fue muy difícil, vivió en la calle y ahora está ahí, arriba del colectivo y a pesar de todo le gusta la profesión. Por sus memoria transitan miles de historias, algunas las sigue a la perfección, como capítulos de la vida privada de la gente que él adorna con matices de telenovela, otras se le escapan y son esas las que más le gustan. Hay gente muy cayada que apenas lo saluda y después se pone a leer, a veces se duermen. Julio no me mira pero siento su mirada en uno de los espejos, descubro que en su relato me construye, que durante tantos años y tantos viajes me convertí en uno de sus enigmas más indescifrables.

El resto del viaje permanezco callada, parada al lado de Julio mirando la gente subir. Le agradezco su tiempo, le comento que voy a escribir algo y que después se lo mando. Me bajo del colectivo y pongo los pies sobre la orilla de la vereda, siento que el agua de la calle me inunda las sandalias pero me fui de mí, en mi ausencia me percato que no le dije nada a Julio, que el intercambio fue desigual. Subo a la vereda y me absorbe a la multitud. Siento la bocina del colectivo, Julio quiere saludarme desde arriba pero ya no me ve.




martes, 30 de marzo de 2010

Mi mundo privado Vol. III: “Duermevela”


Y resulta que todo es viaje, porque se sale rápido, después de bañarse, cambiarse, tomarse un café y juntar las monedas. Y se llega al colectivo, ese mundo en donde todo transcurre al ritmo de los golpes de mochila para pasar al fondo, los “Uno de uno con setenta y cinco” y “A Primera Junta”.
Una pasajera dice: “Me falta hacer yoga acá, paso gran parte de mi vida yendo y viniendo”. Un estudiante la mira y piensa en las marcas que han dejado los baches en sus apuntes, palabras que involuntariamente se convierten en partes esenciales para el entendimiento del texto.
Otra joven que lleva una hora parada llega al tan ansiado asiento, se sienta placenteramente y se desliza hasta que la nuca queda apoyada sobre el respaldo. Se duerme. ¿Levantarse? ¿Dónde?

domingo, 3 de enero de 2010

Amor divino



Una pareja, parada de los colectivos 150 y 6. Él observa a cada mujer que sube.
Ella lo mira.
Él: -Solo tengo ojos para vos mi amor-
Ella: -jajajajajajaja dale….-
Él: -Lo que pasas es que ustedes se hacen las tontas pero miran, claro que miran. Además, decíme ¿a qué mujer no le gustaría un novio mujeriego?-
Ella: -¡A NINGUNA!-
Él: -Lo que pasa es que vos sos muy pretensiosa...-

domingo, 18 de octubre de 2009

Sola

“Se ama de pie, en las calles, entre el polvo
de los salones y las plazas; muere
la flor el día en que nace. Aquella virgen
trémula que antes a la muerte daba
la mano pura que a ignorado mozo;”
José Martí, Amor de ciudad grande




Juana llora la pérdida de un amor, deambula por las calles escondiendo lágrimas que estallan. No sabe a dónde irá, ¿Hace cuanto que no recorría la ciudad así? Estira la mano y siente que mira sin sus ojos.
No entiende cómo pudo ser, la ciudad es él. En la parada del colectivo 60 le propuso que se vayan a vivir juntos, en Avenida de Mayo, cerca del café Tortoni, se dijeron que se querían tanto, pero tanto, que sintió que esta vez sí, dejaría de ser sólo Juana deambulando por las calles.
Pero con la misma intensidad de ese un cruel arrebato que quita, algo la sorprende: Unión de parejas.
El póster luce desgarrado. Aquél que pacientemente retiró el papel quizás desconocía la magnificencia de esa mínima acción, impedimento para que esos destinos volvieran a unirse.

sábado, 15 de agosto de 2009

Ellos




“Atópico, el otro hace temblar el lenguaje”
Fragmentos de un discurso amoroso, Roland Barthes


La chica se sienta, mira por la ventana, diez minutos después ve un joven que sube, lo mira, lo vuelve a mirar, mantiene su mirada mientras el joven saca el boleto pero ni bien termina le retira la mirada. El colectivo está casi vacío, un jueves de semana santa por la mañana. Sólo hay tres asientos ocupados pero el joven se sienta al lado de la chica.
Ni se miran, no se tocan. Pero son una imagen, los dos llenan el colectivo.

domingo, 17 de mayo de 2009

Ladrón



Desde provincia: tomar el colectivo, viajar hasta Carabobo y de ahí el subte.
El colectivo tarda unos rigurosos cuarenta minutos que no representarían un problema. Pero esta vez tenía que leer varios textos para la facultad entonces comencé con la estrategia “voy por mi asiento”. Me acerqué a la puerta de atrás y me dispuse casi al lado de los cinco asientos traseros. Un hombre de traje me aplastó, se puso detrás mío y, justo cuando una mujer se levantó, aprovechó para sentarse. El señor de traje recién había tomado el colectivo, yo hacía media hora que estaba parada y con una mochila muy pesada. Enojada, apoyé la mochila en el piso y comencé a sacar la pila de apuntes que tenía que leer: “Wakefield ” y la crítica de Borges, entre otros. Además estaba con una fuerte gripe as así que mi mano iba y venía sacando pañuelos descartables de la mochila. Miré al hombre insistentemente, él me miró incómodo por unos instantes pero no se inmutó, era inamovible.
Continué leyendo parada pero algo me sorprendió gratamente, escuchaba “What a wonderful world” en la voz de Louis Armstrong. La aparente felicidad duró poco cuando observé de donde provenía el sonido… era el timbre de llamada del señor ladrón de asientos. Ahí lo volví a mirar, indignada y él se apuró a atenderlo, sus dedos no llegaban a abrirlo, el tema continuaba sonando “I see them bloom..... for me and you”.
Una banda de sonido oportunamente inadecuada.