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martes, 22 de enero de 2013

La pasión

—Hace veinte años que estoy acá en el puesto. Sí, escuchaste bien, veinte años. Yo vi todo ¿eh? desde la cola de las nenas que querían despedirse de Sandro hasta la loca que despotricaba contra todos los políticos, una memoria la mina. Yo un día le dije a uno de mis pibes que tenía que estudiar para el CBC, vos veníte que hay una clase de historia gratis, al aire libre.
Pero esto es otra cosa ¿sabés hace cuánto que la gente no se me quedaba ahí mirando las tapas tanto tiempo? Porque yo pongo siempre las tapas de él en primer plano y la gente lo quiere ¿me entendés? Él nos dio mucho a nosotros yo con los pibes dejé de ir a la cancha culpa del amargo ese...

—¿Usted dice Falcioni?

—No me hablés, no me hablés que me pongo loco ¿eh? Me amargo. tanto partido horrible, tanto mal juego, un desastre ¿viste? Pero con él es otra cosa, él nos dio mucho.

En este punto de la charla Héctor se emociona. En su silencio intuyo imágenes de las libertadores, las intercontinentales. 



viernes, 1 de junio de 2012

¿Cómo va?


El sabor era efectivamente fuerte, tal como lo anunció María Laura la odontóloga. Después vendría el ruido agudísimo del torno puliendo el molde, las pruebas de abrí cerrá abrí cerrá abrí cerrá y el pelo lleno de pedacitos de plástico con efecto caspa.

Ni bien salió del consultorio se dirigió a tomar el 132 y llamó:

— ¿Cómo va el partido?
— Ahí la agarra Mouche, la pierde Mouche, la agarra…

Por la avenida Rivadavia intentaba captar alguna imagen de los televisores de los bares pero a medida que estaba por ver algo se cruzaba otro colectivo o el chofer aceleraba.

El segundo colectivo tardó más de lo habitual y para colmo tuvo que quedar muy mal ubicado (cortando dos manos de Rivadavia) gracias a otro coche cuyo conductor se resistía a abondar la posición. Los pasajeros intentaban respetar la cola, ella paraba a una de atrás que se quería mandar a toda costa y ayudó a subir una chica ciega. Una señora le manifestó su preocupación:

— Ah no, yo con los problemas de cervical que tengo no sé si podré subir, está muy lejos del cordón.
— No se preocupe señora que yo la ayudo.
— Mmmm pero no, no sé.

La señora agarró el changuito y junto con un empujón logró subir.

Ni bien subió escuchó ese sonido celestial que le recordó lo que había estado buscando sin éxito:

— Buenas noches, 1,75. ¿Cómo va el partido?
— 2 a 0.
— ¿Para Boca?
— Ajá.

Se sentó atrás de todo e intentó escuchar el partido pero no lo lograba, mucho ruido de motor, de frenadas, de otros coches. Finalmente se durmió y cuando ya estaba llegando a su casa sonó el teléfono.

— Hola.
— Hola.
— ¿Por dónde andás?
— Ciudadela, llegando al COTO.
— ¿Recién por ahí?
— Sí ¿qué querés que haga?
— Nosotros ya comimos.
— ¿Y cómo va el partido?
— Recién erró un penal.
— Ah, ¿al final le empató Central?
— Que un penal.
— Sí sí, pero entonces le empató Central.
— No.
— ¿Cómo que no? Mamá, yo te explico, cuando dos equipos empatan van a penales, ¿entendés? ¡Entonces no es sólo un penal! Explicáme bien por favor.
— A mí tratáme bien, encima que te digo.
— ¿Papá está? Dame con él.
— Ah claro, la tonta soy yo, me usan a mí el teléfono para el partido ¿no? Si querés llamá vos.
— Pero me estoy quedando sin crédito. Está bien, chau, chau, gracias ehhh.

Ya llegando a Ramos Mejía ve que hay un nene sentado al lado de la máquina de boletos, escucha de la radio Golllllllllllllllllllllllllll el nene se alegra, habla con la madre:

— Gol, gol, gol de Viatri.
— ¿De Viatri?
— Creo.

Baja y mira el televisor de un local de comidas que queda justo en la parada. Ve un 1 a 1.

— ¿Cómo va el partido?
— 1 a 1
— ¿Van a penales? Todavía falta, es el segundo tiempo.

Llega corriendo a la casa. Ve a Mouche errar el gol, se queja como siempre de Mouche.

Y ahora sí, ahora sí va a ver los penales y van a volver a putearlo a Mouche.

martes, 6 de diciembre de 2011

Benito, La Boca


Vete a mirar los mineros,
los hombres en el trigal,
y cántale a los que luchan,
por un pedazo de pan.

Atahualpa Yupanki, El poeta


Corriendo descalza por las escaleras, sí, a la hora de la siesta me hacía la dormida y después me escapaba de casa. Él siempre tan contento, me recibía a mí y a otros chicos del barrio en su taller, a veces hasta la merienda nos servía: mate cocido con leche y galletitas Manón. Ahora la gente me dice: "mirá que estabas con un grande, qué lástima que no te dio un cuadro, ¡sabés lo que valen ahora!" pero para mí esto no tiene que ver con la plata, no sé, yo todavía lo recuerdo con cariño.

Y ahora vuelvo a la casa, al museo, después de tantos años, ¿sería esta la casa o era otra? yo creo que era esta. Hoy sábado de casualidad bajamos del colectivo 53 con mi marido el Tito acá, queríamos ir a Caminito pero bueno, entramos. Qué grande estoy ahora, con tantos kilos de más, son como tres pisos, estoy muerta, pero cuando llegamos a la sala veo los cuadros. Me quedo parada ahí mirando, no lo puedo creer, ¡la pucha! ¡cuántos colores! son tan lindos todos:



Estoy como triste, no entiendo nada de esto pero lo siento todo acá, acá adentro, del corazón ¿viste? Trato de acordarme más de él, de cómo me trataba, pero ya son muchos años, qué vieja estoy, recordando todo, para mí que debe ser eso, me vino el viejazo.

El Tito se fue a la terraza a fumar y me dejó sola así que aprovecho para seguir mirando y me encuentro con unos dibujos tan tristes, de despedidas en el puerto. Me imagino esos hombres grandes, enormes, con las manos secas, todas lastimadas de tanto cargar bolsas y las mujeres llorando. Yo creo que es como me decía mi abuela de chica, si el río sube es porque la pena anda dando vueltas. Y sería tanta tristeza acumulada la que hacía las inundaciones, la de veces que tuvimos que correr con los muebles, ir a la casa del tío Pedro en La Matanza, que viaje enorme, de solo acordarme ya me canso.



Me acerco más y veo el lápiz negro marcado, o la tinta, yo creo que debe ser tinta de esa que nos hacían poner a los dibujos con crayones aceitosos. Pintábamos con tinta china negra, la dejábamos secar después raspábamos con un punzón y salían los colores de abajo. Tan lindo, tan colorido todo. Mis colores favoritos eran azul y violeta.

Me acuerdo de la pintura acá tirada por todos lados, él hablaba tan poco, pero era generoso y andaba mirando atento todo para después pintarlo. Mi hija me dijo que era óleo lo que usaba o algo así, como que da relieve, parece que los que pinta se salen para afuera. Es todo tan lindo pero tan triste a la vez, mirá como cargan las bolsas todos transpirados, mucho esfuerzo, y qué cansados deberían estar, ¿cuánto trabajarían? ¿diez horas? más quizás. Los recuerdo tomando la cervecita o el vermú en los bares, cuando pasaban las chicas jóvenes del barrio les gritaban de todo, locos se ponían. Alguno que otro se pasó de copas alguna vez y terminó dormido afuera, el dueño lo echaba a patadas y cerraba la persiana, como si te he visto no me acuerdo, lo que importaba era que paguen.



Ahora me quedo quietita mirando la ventana pero nada que ver, todos turistas con las camaritas esas modernas ¿digitales son no?, esos colores pintados, el puente. Está la ventana, la misma ventana y una madera con pintura seca, me molesta un poco el sol pero logro ver todo. Unos nenes corren jugando, el perro le pide comida al del puesto ese de la calle y todo en ese cemento tan gris, con escalerita, tan coqueto todo que antes era tierra y río, barro por todos lados. Ellos se fueron nomás, los marineros, los peones, las mujeres y... ¿por dónde andarás Quinquela?