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domingo, 13 de mayo de 2012

Relajados

"–El paisaje es... perfecto, Señor Ramírez, expresa... 
una potencia divina. Hubo alguien capaz de crear esta
 rica y majestuosa  calma....
–Me gusta que lo diga, eso debe ayudarlo en su soledad.
–No, señor Ramírez. Yo no soy el paisaje.
–Usted lo recorre."

Fragmento de la novela
"Maldición eterna a quien lea estas páginas"
de Manuel Puig


Las piernas estiradas hacia adelante, el torso recostado sobre la silla de lona blanca, todo su organismo especialmente dispuesto para la contemplación. Detrás de él está el camión de exteriores y a su lado otra silla del mismo estilo vacía. Viste traje, corbata y anteojos, le falta el micrófono pero algunas miradas de los transeúntes lo identifican: “el famoso”, “a ese yo lo conozco ¿es el de once no” y otras siguen sin notar su presencia ni del camión, las sillas.

A su alrededor productores y camarógrafos van y vienen pero él sigue mirando. Saca su celular con cámara y enfoca a un señor subido a una grúa que cambia una de las lámparas del Congreso.

En el puesto de diarios de la línea A estación Congreso el diarero habla por celular, comenta las dificultades que tendrá para llegar a su casa, esboza algunos colectivos alternativos. Delante de él los pasajeros se amontan tratando de subir a uno de los últimos subtes antes de que comience el paro. Detrás de ellos, al lado del diarero, un hombre de traje yace semi-acostado en una silla, bosteza, trata de no cerrar sus ojos. Adelante el panorama es vías, pasajeros, más pasajeros, golpes, gritos de dejáme entrar, ¡¡¡movéte que hay lugar!!!

lunes, 12 de diciembre de 2011

Fumaba y estaba enojado



Arituqs - Facu <arituqs@gmail.com>12 de diciembre de 2011 11:15
Para: mavir@gmail.com

¡Hola Vir! ¿Cómo andás che tanto tiempo? Me enteré que tenés un blog de crónicas de Buenos Aires y me dieron ganas de contarte algo, sobre todo porque dicen que hay tanto fantasma dando vueltas. Casas embrujadas, el cementerio de Recoleta, esos son los lugares donde generalmente aparecen pero en mi caso fue distinto, no me lo esperaba ni era un lugar muy... ¿de terror? por decirlo de alguna manera.

Yo no creo en nada de eso, hasta lo tomo en broma pero pasó, ¿será sugestión?

Íbamos con mi novio a buscar un libro que compró por internet, él había intentado ir otras veces pero la dueña era muy estricta con los horarios "hasta las 20 hs" y siempre se le hacía tarde. Entonces andábamos justo por la zona Congreso, ahí por donde vos trabajás, y me dice de ir, que tratemos de llegar antes de las ocho. No lo podía creer, era el mismo edificio que miraba todos los días cuando salía del subte, además yo tengo como esas ganas de entrar a los edificios viejos de la ciudad ¡me encantan! por el diseño que tienen, por los ascensores viejos. Casualmente, la señora nos hizo pasar al edificio, lo cual, debo reconocer, a mí me dio un poquito de miedo.

Bueno, llegamos, nos abre la puerta, pasamos, y la cierra rápidamente, le dice a mi novio que ya le trae el libro y nos quedamos los dos absortos por la atmósfera particular del lugar y una música clásica proveniente de adentro de una habitación quizás. El espacio es reducido, la pared de nuestra izquierda tiene dos puertas, una parece un depósito, en frente nuestro hay una puerta vidriada y a nuestra derecha un espejo y dos sillas. Todo el mobiliario es antiguo y la luz tenue de tono ocre.

La mujer se pone a hablar de los libros, que los quiere vender, que ya no tiene más lugar y se va a mudar, también critica al peronismo con vehemencia. Habla mucho, una hora entera quizás, pero mi mirada percibe que en la silla hay una figura humana, un hombre de unos sesenta años bajito, flaco, medio pelado, con anteojos redondos y que está fumando. Lo veo levantarse de la silla muy enojado, como rezongando y le dice a la mujer que nos deje ir y que se calle de una vez por todas. Ella sigue hablando como si nada y yo lo miro a mi novio y le hago señas pero él no me dice nada y también sigue charlando. En un momento la mujer nombra una reciente muerte que la tiene muy angustiada, su marido falleció de cáncer y era de él la biblioteca. Nos sigue diciendo que fue muy fuerte para ella, que la afectó, que los libros están todos apilados ahí en su biblioteca y que ella los tiene a muy buen precio, que quería venderlos todos pero quizás algunos van a ser donados a alguna biblioteca. Yo me quedo mudo, y vuelvo a mirar al viejo, el sillón está vacío pero la música clásica parece volverse cada vez más fuerte, no tengo miedo, lo que siento es unas ganas casi incontenibles de decirle a la señora que el viejo está ahí, al lado de ella y que no la aguanta más, que no quiere que venda sus libros y que lo sigue atormentando hasta muerto… Cuando el reloj de pared marca las 20:00 hs ella corta abruptamente la conversación, abre la puerta y nos despide. Subimos al ascensor y yo le cuento todo, él se ríe. ¿Vos que opinás Vir? ¡yo te juro que lo vi!

besis, espero que andes bien,

Ari

lunes, 7 de noviembre de 2011

Pausa alimenticia


En la zona de Congreso hay múltiples y variadas opciones gastronómicas, una de ellas es la cafetería Starbucks donde la cordialidad de los que atienden se complementa con los tan afamados vasos-con-tu-nombre. Así recibís tu café personalizado junto con una sonrisa y el "que tengas muy buen día". Todos los locales son iguales, acá o allá la dominante en verde, sillones muy cómodos, amplios ventanales y una mesa larga para apoyar la computadora.

Pero hay otro lugar donde los colores, sabores y texturas de los mostradores se funden con el sol que entra matizado desde el ventanal. Milanesas de quinoa con curry, croquetas de zanahoria, fideos de arroz salteados, ensaladas... Con pocas palabras y mucha amabilidad son otras voces las que nos llaman. Se te hace tarde, tenés que llegar a la oficina pero un espacio mudo y plástico te interpela:



lunes, 24 de octubre de 2011

Miran, dicen, oyen. Las voces

Todos los viernes las chicas se reúnen en el bar de Congreso, uno de los lugares que prepara el café más rico de la ciudad. Van llegando y se acomodan en dos mesas al lado del ventanal que da a calle Lavalle.

En la mesa contigua una joven lee, anota, escribe, pero a veces se le dificulta por el murmullo de las voces. No las ve, está de espaldas, pero de vez en cuando escucha algún comentario que le llama la atención y detiene la lectura. Así fue que se enteró que una prefería alejarse de la ventana: "¿Cómo? ¿No sabías? De chica una vez fui a una cama solar y me quemó la cornea, mal, re mal y de ahí en más siempre problemas con el sol, me quedó re sensible, medio que me quedo ciega sin lentes negros. No sabés los boliches, me encandilaban las luces, no veía nada. Cosas de pendeja. El invierno en las Leñas se me complica, esquiando veo muy poco". Sigue leyendo la novela de Clarice y tomando el café más barato que tiene ahí: lágrima en pocillo con mucha espuma. Además vienen unos granitos de café bañados en chocolate que son una delicia.

Hubo un viernes lluvioso que solo vinieron unas cuatro así que ese día aprovechó y volvió a sentarse al lado de la ventana, justo al lado de la muchedumbre.

El viernes pasado ese cúmulo indefinido de mujeres se le apareció con toda su crudeza. Primero fue una sonoridad indefinida aguda y chillona que se iba incrementando. Intentaba leer a Rodolfo Kusch pero entre esa horda fanática de voces algo la alcanzó con la fuerza de un grito añejo, opresivo, lleno de violencia: "¿Qué querés? Una tilinga".

Le quedó dando vuelta la frase, en la web apareció una definición: Cursi, que presume ser fino sin serlo. Bajó a comprar al supermercado y una pareja de señores mayores se indignó con la espera, el hombre dijo: "Qué cosa, éstos pibes son lentos". Lo dijo gritando, con cierta indolencia e imputabilidad que parecería ofrecerle la edad. Pero el cajero lo miró fijo y la joven lectora miró al cajero tratando de interponerse en la mirada y dándole un saludo también proletario. No se dio cuenta de que esta era la venganza, la de la tilinga, la del cajero y la de ella, una venganza tan silenciosa como ahogada la voz.

lunes, 18 de abril de 2011

Con ese ritmo loco


Elsa se levantó temprano, a eso de las siete de la mañana, y se hizo el color, las canas eran demasiado notorias y esta tarde quería estar impecable. Después de darle de comer al gato eligió el trajecito color beige y lo planchó un poco porque de estar ahí colgado nomás se arruga. Abrió la ventana, asomó el brazo y dictaminó que debía llevar una chalina, quizás la de color marrón.

Se vistió y se puso bastante perfume tratando de mitigar el olor a veneno antipolillas, pensó que debería poner uno de esas bolsitas de lavanda que tienen mejor olor y en una de esas también sirven.

Cuando salía del departamento esperó el ascensor pero no venía así que empezó a golpear la puerta y pensó que era otra vez el chico del cuarto que siempre se olvida la puerta abierta. Bajó un par de escalones pero se agotó, volvió a gritar y ahí apareció Atilio, el cuida perros del tercero: “Disculpe Doña pero se me escapó el Golden”. Elsa le explicó de la operación de la pierna, que la próxima se apure, que no estaba para andar esperando todo el día y ni hablar de bajar la escalera.

Tomó el colectivo que desvió por una manifestación lo cual la puso de mal humor: “En este país todo el mundo hace lo que quiere, así no puede ser”. Se bajó caminó despacito y llegó a la puerta del cine donde la esperaba la Tota, se saludaron y entraron. La función les gustó y decidieron a tomarse un cafecito por Callao. Cruzaron Rivadavia pero Elsa escuchó una música rara: “¿Esto es el jevy tota no? ¿Como rock pesado?”. La Tota no la escuchaba, atrajo su atención una chica que tocaba la batería y Elsa se puso a charlar con unos chicos que se estaban haciendo arrumacos al lado “¿Tocan lindo no?”.

Adelante algunos hacían pogo y otros alzaban la botella de cerveza mientras cantaban.

Juan, Laura, Elsa, Pedro, Tota, Juana, todos metaleros.


lunes, 20 de septiembre de 2010

Y si algún día se van…

"Yo lloro debajo de mi nombre.
Yo agito pañuelos en la noche
y barcos sedientos de realidad
bailan conmigo."

fragmento de"La Jaula"
en Las aventuras perdidas
Alejandra Pizarnik

Estos días andaba triste, quizás porque la alumna le dijo que se tenía que dar quimioterapia y eso la llevó al pasado, a todo lo que ya creía olvidado. Y a veces se veía a ella misma desorbitada, con la boca áspera y la lentitud de un dolor insoportable. Pero lo que más le preocupaba era el recuerdo de esa mirada, su propia mirada perdida, agobiada después de cada sesión.

Para despejarse se fue caminando despacio desde el trabajo, sabía que se le iba a ir el tren rápido pero decidió que ese día lo iba a perder. Llegó hasta la plaza del Congreso y vio un conjunto de puestos, era una feria de pueblos originarios con todo tipo de objetos artesanales. Hubo algo que le llamó la atención, una especie de muñequita chiquita hecha en tela, con muchos colores, preguntó si era un prendedor pero le dijeron que se trataba de un quitapenas.





lunes, 25 de enero de 2010

“Vení, vení, vení, sacále una foto”



Deslumbrados por las figuras de plástico pintado, por la estructura hecha a medida, los turistas se sacan una foto junto al pesebre. Una paloma le pica la cabeza a una de las ovejas, algunos nenes de la calle miran por atrás de los bueyes y ellos siguen en la pose inmóvil con la mejor sonrisa para quedar eternizados en el bucólico momento.

Selección de la mirada que deja escapar una fachada escondida detrás de los árboles, quizás algún otro turista pueda verla ¿o no?

miércoles, 24 de junio de 2009

Plaza del Congreso

Justo ahí, enfrente del Congreso, esa mujer permance, en su banco, su casa.
Tiene pilas de bolsas, ropa, está abrigada, hace frío.
Hoy, con dos grados de temperatura, la veo tomando algo caliente. En la pila de bolsas se destaca un cuadro de Jesús, ella lo mira y le dice: "Te vas a quedar sin trabajo".
Como tantos otros, como ella, quizás. Y enfrente está el Congreso pero todos están demasiados ocupados para mirar...