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martes, 6 de diciembre de 2011

Benito, La Boca


Vete a mirar los mineros,
los hombres en el trigal,
y cántale a los que luchan,
por un pedazo de pan.

Atahualpa Yupanki, El poeta


Corriendo descalza por las escaleras, sí, a la hora de la siesta me hacía la dormida y después me escapaba de casa. Él siempre tan contento, me recibía a mí y a otros chicos del barrio en su taller, a veces hasta la merienda nos servía: mate cocido con leche y galletitas Manón. Ahora la gente me dice: "mirá que estabas con un grande, qué lástima que no te dio un cuadro, ¡sabés lo que valen ahora!" pero para mí esto no tiene que ver con la plata, no sé, yo todavía lo recuerdo con cariño.

Y ahora vuelvo a la casa, al museo, después de tantos años, ¿sería esta la casa o era otra? yo creo que era esta. Hoy sábado de casualidad bajamos del colectivo 53 con mi marido el Tito acá, queríamos ir a Caminito pero bueno, entramos. Qué grande estoy ahora, con tantos kilos de más, son como tres pisos, estoy muerta, pero cuando llegamos a la sala veo los cuadros. Me quedo parada ahí mirando, no lo puedo creer, ¡la pucha! ¡cuántos colores! son tan lindos todos:



Estoy como triste, no entiendo nada de esto pero lo siento todo acá, acá adentro, del corazón ¿viste? Trato de acordarme más de él, de cómo me trataba, pero ya son muchos años, qué vieja estoy, recordando todo, para mí que debe ser eso, me vino el viejazo.

El Tito se fue a la terraza a fumar y me dejó sola así que aprovecho para seguir mirando y me encuentro con unos dibujos tan tristes, de despedidas en el puerto. Me imagino esos hombres grandes, enormes, con las manos secas, todas lastimadas de tanto cargar bolsas y las mujeres llorando. Yo creo que es como me decía mi abuela de chica, si el río sube es porque la pena anda dando vueltas. Y sería tanta tristeza acumulada la que hacía las inundaciones, la de veces que tuvimos que correr con los muebles, ir a la casa del tío Pedro en La Matanza, que viaje enorme, de solo acordarme ya me canso.



Me acerco más y veo el lápiz negro marcado, o la tinta, yo creo que debe ser tinta de esa que nos hacían poner a los dibujos con crayones aceitosos. Pintábamos con tinta china negra, la dejábamos secar después raspábamos con un punzón y salían los colores de abajo. Tan lindo, tan colorido todo. Mis colores favoritos eran azul y violeta.

Me acuerdo de la pintura acá tirada por todos lados, él hablaba tan poco, pero era generoso y andaba mirando atento todo para después pintarlo. Mi hija me dijo que era óleo lo que usaba o algo así, como que da relieve, parece que los que pinta se salen para afuera. Es todo tan lindo pero tan triste a la vez, mirá como cargan las bolsas todos transpirados, mucho esfuerzo, y qué cansados deberían estar, ¿cuánto trabajarían? ¿diez horas? más quizás. Los recuerdo tomando la cervecita o el vermú en los bares, cuando pasaban las chicas jóvenes del barrio les gritaban de todo, locos se ponían. Alguno que otro se pasó de copas alguna vez y terminó dormido afuera, el dueño lo echaba a patadas y cerraba la persiana, como si te he visto no me acuerdo, lo que importaba era que paguen.



Ahora me quedo quietita mirando la ventana pero nada que ver, todos turistas con las camaritas esas modernas ¿digitales son no?, esos colores pintados, el puente. Está la ventana, la misma ventana y una madera con pintura seca, me molesta un poco el sol pero logro ver todo. Unos nenes corren jugando, el perro le pide comida al del puesto ese de la calle y todo en ese cemento tan gris, con escalerita, tan coqueto todo que antes era tierra y río, barro por todos lados. Ellos se fueron nomás, los marineros, los peones, las mujeres y... ¿por dónde andarás Quinquela?



lunes, 2 de agosto de 2010

De pelos



La calle Rodríguez Peña entre Rivadavia y Lavalle tiene una gran cantidad de peluquerías. En una de ellas hay mujeres llenas de ruleros y redecillas en el pelo. Algunos transeúntes las miran y en ese ir y venir instantáneo entre ruleros, pelos como pelucas y mobiliario antiguo, creen estar retrocediendo unos cuarenta años. Son mujeres de otro tiempo que siempre estuvieron ahí, como los viejos secadores en tonos metálicos.
Una joven quiere ir a cortarse el pelo pero teme entrar en esa peluquería, si entra siente que no va a salir nunca más. Pregunta precios, entra y sale de todos los locales pero, agotada, decide volver a su barrio. Toma el tren Sarmiento y un hombre al agarrarse de la manija del asiento oprime casi la totalidad de la cabellera, ella intenta mover la cabeza pero no puede, hace señas y el hombre finalmente la libera. Lo sabe, ese pelo se ha vuelto peligroso en los medios de transporte. La semana anterior los cabellos habían quedado atrapados entre los cuerpos de varios pasajeros, su cuerpo por un lado, la cabellera atrapada por el otro. “Ya no más” se dijo, cuando bajara del tren tendría que encontrar una peluquería.
Camina por la calle paralela a Rivadavia, la misma Rivadavia de Capital Federal pero otra Rivadavia. Llega hasta un pequeño local y al mirar para adentro nota que hay una mujer pintando un cuadro. Se anima a entrar pero, temiendo interrumpirla, le dice en voz baja si le podía cortar el pelo, la mujer termina de dar las pinceladas y le responde que sí, que no hay problema. Cuando se sienta para que comience a realizar el corte nota que al mirar el espejo aparecían una gran cantidad de cuadros, ¿se había equivocado de lugar? En la contemplación deja de observarse a sí misma y a la peluquera, cuando se levanta tiene pelo más corto pero unas ganas inmensas de permanecer allí observando las obras. Nunca había contemplado ninguna obra así, esta vez fue el ritmo del corte el que impuso su propia temporalidad y la llenó de ruleros y redecillas…