domingo, 24 de mayo de 2015

Ellas

Clara

Los dedos estirándose, desesperados, por el barro. El sabor agrio y denso de la noche sin fin. Todas las noches posibles que no caben en su dolor. 
Aparecería unos días más tarde y pasaría a ser tinta de los diarios del país. Tinta que no llora como ese día, tinta que no vuelve a sangrar sufrimiento y no puede expresar sus últimos segundos cuando la pateaba sin parar. Los gritos que nadie escuchó. El sufrimiento que nadie padeció. Los golpes que todos vieron.

Juana

El último recorrido por el barrio con toda la cara llena de vergüenza. Sus manos tomaron el vientre que ya no era de ella y las imágenes se le agolparon, una vez más. La cara del tipo, el pajonal, los gritos ahogados en un puño. Volvería a verlo varios veces más, volvería a odiarlo ilimitadamente desde sus entrañas.
Yacía ahora en la camilla ensangrentada y las voces de los vecinos retumbaban. Ya no la herían.

Obra: Punto Ciego / Ruido Blanco 2 de Julio Alan Lepez






sábado, 23 de mayo de 2015



"Y la ciudad es una oleografía que contemplamos sumergida en agua: las ondas se llevan las cosas y alteran la disposición de los planos"


"La casa de cartón" de Martín Adán

viernes, 3 de abril de 2015

Los atardecidos

Están casi ocupando la totalidad de la calle. Padre, sobrino, nieto e hijos prolijamente sentados detrás del mostrador de madera con mantel de plástico. Los hay chiquitos, los hay más grandes, por cuarenta pesitos nomás madre. 

¿Dónde están? Depende, si se mira de acá para allá o de allá para acá. La General Paz pareciera ser la referencia precisa e ineludible. El que pasa la zona liminar tomando una cerveza, el que la cruza con los brazos repletos de carteras, el que se duerme en el colectivo y el que se despierta en el Sarmiento con un golpe de pasajero que es treinta. Y ahí, ellos, en una calle más.

Se hacen las diez de la noche y hay que seguir vendiendo, sea como sea, aguantar. El padre cabecea en su banco improvisado pero el nieto le pega un golpe en la pierna y lo despierta. Se dice que no hay que dormir, que hay que vender, más, algunos más. Levanta la vista para despabilarse e intenta reconocer en ese cielo todos sus cielos. Cochabamba, Sarco, La Chimba. Pero son pocas estrellas, casi imperceptibles. Se niega a dormir, teme despertar en ese lugar que no es nada suyo y que lo retiene, lo asfixia. Inevitablemente los ojos se entrecierran, las extremidades se aflojan y la cabeza se inclina hasta que una luz lo enceguece.

Mirando las gotitas que bajan por el tubo hasta su brazo padre siente más pena todavía. Dirige la mirada a su alrededor, los busca. El silencio es denso y lo alivia. Recuerda gritos y siente el sabor tibio de la sangre, ve fogonazos y otro silencio que no es ese porque ahoga. Desconoce cuánto cielo cabe en ese dolor.




domingo, 1 de marzo de 2015

Los Galgos: la despedida



El año pasado intentó comprarse uno. Pasaba por una casa de antigüedades y lo vio, blanco, brilloso y esbelto. Le dijeron que no lo vendían, que sólo lo alquilaban para publicidades. 
Nunca le interesaron esos animales pero el bar y la novela de Sara Gallardo habían logrado una atracción tan profunda como contradictoria. Escuálidos, sofisticados y también enigmáticos. Perro flacucho.
La semana pasada cuando caminaba por Las Heras vio una mujer adherida a ropa gimnástica con uno de ellos. Vio a la mujer y al perro superpuestos, la mirada disfrutaba del perro. Ningún presagio, pensó en ese momento, el galgo con su dueña. Siguió caminando y recordó la sonrisa de la mujer que se percataba de que alguien, por fin alguien, la había divisado en medio de la multitud. Ni salchicha, ni caniche, ni labrador, un perro flacucho.
Algo esquivaba, aunque lo presentía. Un mensaje en Facebook advertía el cierre y ella prometió averiguar pero durante una semana evitó el recorrido habitual. Supuestas llegadas tarde serían la excusa perfecta...
Pero el día finalmente llegó con la mirada impregnada en la cortina de metal. Buscó, como siempre, el cartel escrito a mano que dijera "Cerrado por vacaciones". La opacidad del metal contrastaba con los recuerdos espejados. Decidió preguntar en el kiosco de al lado. Un empleado le dijo que seguro estaban de vacaciones pero otro, mucho más seguro, aseveró que no volvían, que esta vez cerraban para siempre...
¿Siempre? ¿Qué es siempre? Siempre eran las manos delgadas y venosas deslizándose por el mostrador. Lunes a viernes. Seis a veinte horas. Siempre eran los dos cafés, el tostado, las medialunas. La voz ronca, hueca desde atrás. Los movimientos calculados del mostrador a la caja registradora. Horacio diciéndole que pase y ella, emocionada, mirando desde adentro hacia afuera.
Recordó, podría decirse que recordó, pero sería más bien un revivió. Porque sintió las manos rugosas llenas de tiempo estrechándose en un saludo cotidiano. El cansancio de los días y la necesidad de seguir respirando allí, como forma de resistencia al avance de lo moderno: "Acá primero se consume, se charla y después se paga". 
Pensó en el sastre Miguelito que elegía todas las mañana sus medialunas. Pensó en los barrenderos que tomaban agua sentados en las sillas de afuera que daban a Callao. Pensó en el mozo que recordaba todo y a todos sin necesidad de diálogos excesivos, con la sabia precisión de los años. Pensaba en ellos. Pensaba en ella. 
Le había tomado dos años entrar a ese bar. Pasaba y lo miraba con admiración, lo disfrutaba. Había entrado silenciosa a tomar un café y a leer "Pubis angelical" de Puig. Espiaba entre páginas a quien después sería Horacio. Se animaría a hablarle. Disfrutaría cada palabra recuerdo. Fotografiaría los rincones con un exceso de nostalgia. Sentiría la necesidad de que todos sepan de su existencia. Atosigaría a amigos y desconocidos con la frase: "Tenés que conocerlo, es el único bar que se mantiene intacto pese al paso de las años".
Repite mentalmente la frase: "El único bar que se mantiene intacto pese al paso de los años". El verbo en presente. 


"Vuelan los galgos abriendo una estela verde en la flor amarilla. Se persiguen. Chispa a la cola negra de Flecha. Flecha a la cola gris de Corsario. Corsario a la cola parda de Barcino. Barcino a a cola de oro. Una ronda de cohete flexibles que disparan olvidados del mundo. Los cuatro galgos de Las zanjas."

Los galgos, los galgos. Sara Gallardo.




martes, 13 de enero de 2015

Iluminados

Avanzo. A mi derecha los pasos se alejan a un ritmo vertiginoso de tambores. Me gustaría quedarme acá. Yo avanzo a paso lento pero vos me llevás rápido, vos seguís, vos no te detenés. 
Podría preguntarte qué es eso ¿tambores? ¿hay un cajón peruano? ¿están pintados? Podría preguntarte si esos pasos son gente que baila. Me encantaría que me tomes de la cintura y como una marioneta imites en mí los cuerpos. 
No escucho chicos alrededor, pero sé, eso lo recuerdo, que siempre hay alguno que se deja ser en el movimiento ¿cuántos son? 
Mis preguntas se saltean el por qué, mis preguntas necesitan un qué, un cómo, cuánto. Sin embargo prefiero el silencio que a vos tanto te duele. Tanto como mis ojos.


domingo, 12 de octubre de 2014

Pajaritos


Tejida en sombras no puede, aunque quisiera. Yo lo sé.
Le envío una canción para que se abra y surja, una vez más, ya sabe:


"Lo que te da terror te define mejor,
no te asustés, no sirve, no te escapés, volvé
volvé, tocá, miralo dulcemente esta vez,
que hay tanto de él en vos, pero hay más de vos en él"


Le abriría la ciudad, se la daría de a poquito. Aunque prefiera el silencio. Yo la llenaría de nenes corriendo en parque Centenario. Uno, no, mejor dos, copos de azúcar rosados. Una frenada con puteada incluida de conductores en avenida Corrientes. Unas guitarras desafinadas que se entrecortan en el subte. Unos segundos para que vea unos pájaros azulados y se le acerquen tanto tanto que tenga ganas de extender la mano. Un submarino con churros. Estrellas del planetario. 



Te toca a vos. 




domingo, 5 de octubre de 2014

Una magia

Un reloj pulsera llamativo, gorro y equipo deportivo de marca llaman la atención en el subte. Escaso metro cincuenta luce con estilo y vigorosidad las prendas. La percepción va reconociéndolo, pronto se llamará Elton.
Elton se retuerce con el vaivén del vagón y expresa mil palabras inaudibles. Se percibe una muchacha varios centímetros más alta, Juana. Elton, ronroneante, se acerca y se aleja de ella. Juana lo mira desde arriba con displicencia y acepta la cabeza que se sumerge en su brazo. Elton le habla continuamente.
En los pocos minutos de intimidad colectiva se lo puede ver a Elton todo enamorado tratando de conquistar a Juana. ¿Alguien los mirará? ¿Alguien percibirá esa mínima explosión? El aplastamiento no parece favorecer al detenimiento en ellos dos. Las pantallas de Candy Crush que iluminan las caras tampoco. La música auricular provoca adormecimientos repentinos.
La imagen queda cristalizada en el reflejo de la ventanilla con intenciones de sacar una foto para esta crónica. Juana y Elton se bajan en Miserere.

* * *
“Trato de ver las bocas de los que pasan por la puerta de mi casa para saber que de cada lengua salen palabras que transitan las ondas de sonido y se instalan en las paredes de mi oreja para después evaporarse entrando en una larga línea descendente en la que están alojadas todas las palabras que se pierden, todos los rasgos que se olvidan, los pequeños movimientos que ni siquiera se registran en la memoria y quedan flotando en una enorme tierra de nadie”

Fragmento de De este lado del Meditarráneo (1973) en "La novela de la poesía", Tamara Kamenszain