Después de la operación empezaron progresivamente los olvidos. Ya en terapia intensiva y con la cicatriz que le surcaba el pecho las cosas se le escapaban, el entorno, el abuelo, la sala.
El mundo se fue reduciendo al terror, a la sensación de que todo se desvanece. No sirve la metáfora usual del agua que se escurre entre las manos, acá ni el agua es agua ni las manos son manos. Está en otro lugar que nadie logra entender.
Las cosas resultan un tanto inaccesibles y después del hola abuela cómo estás intenta en vano explicarme que cocinó, o comió, o hizo algo, "pero no sé, que tonta estoy, no me acuerdo". Inventamos algo, no importa, cualquier cosa. Quisiera decirle que me acuerdo del licuado de banana de los veranos, de la torta esa rica que hacía, la otra vez vi una foto en la web y me acordé. Ella no se acuerda.
¿Y si perdiera progresivamente la percepción de esta ciudad? Pero aún en la red de recuerdos olvidables no quiero borrarme ni uno solo. Resulta casi insoportable pensar en la pérdida, la deriva anticipada, intempestiva. Y sin embargo Buenos Aires también se construye con pérdidas, momentos memorables que alguien dejó alguna vez, en algún lugar, quién sabe dónde...
