Después de una jornada laboral frente a una pared y una computadora sale a la calle. Se encuentra con lo de siempre: las palomas sobre el cable de la calle Lavalle, el sol entre los edificios y un poco de viento. Las pupilas, a pesar de estar acostumbradas, se adaptan con dificultad al cambio de luz natural.
En una esquina algo le llama la atención, son plantas fucsias, rojas, verdes, blancas. Sigue observando y descubre una prolongación de los colores pero en una manta, un niño allí adentro con una pequeña cara que se asoma y la madre abrazándolo. Ambos están en una quietud total, contemplativos. Ella no resiste la tentación de capturar la imagen así que saca el celular pero encuadra de forma rápida y desprolija. La mujer ahora descubre la mano que apunta y esa mirada atenta.
Ya en la computadora, con las fotos en tamaño grande ve que la imagen es pura ausencia. La mujer y el niño lograron mantener ese instante privado y único, pero también la fotógrafa lo retiene en su memoria como la presencia absoluta de lo irrepetible, único y maravilloso, el más puro instante.
