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viernes, 18 de septiembre de 2009

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Festejan el cumpleaños del niño, cinco añitos. Las tías y abuelas no dejan de charlar y aprovechan para comer los deliciosos sándwiches de miga. Los de jamón y queso, aceitunas y huevo, son los preferidos. Comen y comen.
En la panadería, los recortes del pan de miga utilizados para el armado de esos mismos sándwiches llegan de contrabando a manos de una misteriosa mujer. De edad avanzada, lleva consigo un carrito de mandados desde donde saca los recortes para distribuirlos estratégicamente en la esquina de Rodríguez Peña y Lavalle, los tira sobre la vereda, quedan montañas de pan que con la lluvia se empastan y provocan que los transeúntes se resbalen.
Las palomas degluten, se lanzan en picada desde los cables. ¿Qué la lleva a esa mujer a hacer lo que hace? ¿Cree en verdad que las palomas en la ciudad morirían de hambre de no ser por su ayuda alimenticia? Establece una forma de dependencia, un hábito, crea vínculos con esos animales putrefactos que barnizan la vereda con sus sustanciosas defecaciones.
Mientras, en algún bar de la ciudad, la gente come sándwiches, siempre sándwiches, deliciosos…